LA POLITICA EXTERIOR DE LA ADMINISTRACIÓN BIDEN

Arturo Guillén*

Fuente: Alainet

La actual administración estadounidense, encabezada por el demócrata Joe Biden, ha efectuado cambios importantes en materia de política interna y de política económica que podrían ser calificados como progresistas (Arturo Guillén. “La recuperación de la economía estadounidense y la política económica de Joe Biden. Nuestra América XXI: Desafíos y alternativas, núm. 57, julio 2021). Sin embargo, no sucede lo mismo en materia de política exterior. En este terreno no sólo se mantiene la política imperialista en los términos definidos por sus antecesores, sino que se recrudecen las represalias y las sanciones en contra de las naciones definidas como enemigos: China, Rusia, Irán, Siria, Corea del Norte, Cuba, Venezuela y en general los países que defienden su soberanía política y mantienen políticas diferentes a las enarboladas por las potencias occidentales.

La dominación global estadounidense siempre ha requerido de la existencia de enemigos externos, reales o inventados. En el periodo de la “Guerra Fría” y de la partición del mundo en dos bloques, el enemigo era el comunismo, y en su nombre se erigió una formidable economía de guerra que mantiene al mundo en el borde del holocausto nuclear. Con el derrumbe de la Unión Soviética en 1991 y, sobre todo, a partir del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el enemigo fue el terrorismo, etiqueta que engloba tanto a los grupos terroristas islámicos, como los cárteles internacionales de la droga o los Estados nacionales definidos como “fallidos”.

Desde hace medio siglo, Estados Unidos ha experimentado un proceso oscilante, pero innegable hacia la declinación de su hegemonía mundial y hacia la emergencia de un orden internacional multipolar. Este proceso se profundizó con la crisis global que comienza en 2007, y continúa hoy en el marco de la llamada “crisis del COVID”. China se ha convertido en el epicentro de la economía mundial, pues ostenta el liderazgo en materia económica y comercial y compite con éxito en innovación científica y tecnológica.

Es común en los medios occidentales presentar a China como la segunda potencia mundial, detrás de Estados Unidos. En realidad, si se compara a ambas potencias mediante el PIB total en términos de PPP (paridad de compra de las monedas), es decir, descontando los efectos distorsionadores de los tipos de cambio, China rebasó a Estados Unidos desde 2013. En 2020, el PIB conjunto de China y China Hong-Kong representaba el 18.7% del PIB mundial, mientas que Estados Unidos alcanzaba el 15.1% (véase gráfica 1). La brecha tiende a ampliarse en favor de la potencia asiática, en virtud de que controló mejor la pandemia del Covid y su economía se está recuperando a mayor velocidad que la estadounidense (véase cuadro 1).

Cuadro 1. Crecimiento del PIB (% interanual )
AñoChinaEUJapónZona Euro
2020- I-6.8-5-2.2-3.7
2020-II3.2-31.4-28.1-11.7
2020-III4.933.422.912.4
2020-IV6.5412.7-0.6
2021-I18.36.4-3.9-0.3
2021-II7.96.5N/D2
Fuente(s): National Bureau of Statistics of China, Hong Kong Census and Statistics Department, BEA y Eurostat.  

Fuente: Elaboración propia con datos de World Economic Outlook database, IMF.

* Incluye Hong Kong

China es, con mucho, el principal centro acreedor del mundo. En 2020 registró un superávit comercial de 535 mmd, lo que representa el 3.6% de su PIB. China se ha convertido en el principal exportador de capital en forma de inversión extranjera directa (IED). Según datos de la UNCTAD, en 2020, y aún en el marco contraccionista de la crisis, los flujos de salida de IED de China superaron a los de Estados Unidos y a los de cualquier otra potencia capitalista. Estos alcanzaron 133 miles de millones de dólares (mmd), por encima de los 116 mmd registrados por Japón y de los 93 mmd registrados por Estados Unidos. Si se incluyen los flujos de salida de IED de Hong Kong-China, las exportaciones de capital chinas se elevan a 235 mmd, más dos veces y media los flujos estadounidenses.

La amenazada hegemonía financiera estadounidense se mantiene por la dominación que todavía ejerce sobre los mercados financieros, lo que le permite seguir al comando de la emisión y circulación de capital ficticio, la cual garantiza al capital monopolista-financiero la apropiación de abultadas rentas monopólicas, a la vez que permite la  preservación de la centralidad de un dólar debilitado en el sistema financiero internacional. EUA conserva además la supremacía militar, aunque las distancias con sus rivales chino y ruso se han acortado. Por añadidura, las llamadas “guerras perpetuas” han desembocado en fracasos rotundos. La desordenada retirada del ejército estadounidense en Afganistán después de 20 años de intervención hacen recordar la huida de Saigón al triunfar la revolución de Vietnam, y prefiguran el probable destino de su presencia en el Medio Oriente.

La emergencia de China como principal centro económico del mundo ha motivado que Estados Unidos la considere la mayor amenaza a su hegemonía global y la coloque como el enemigo principal, en el marco de su política exterior y de su política comercial. Esta posición antichina es la dominante en la política exterior estadounidense desde la administración de B. Obama y se recrudeció durante el gobierno de D. Trump, quien bajo la divisa de “America First”, aplicó severas represalias comerciales, las cuales siguen vigentes.

J. Biden ofreció en su campaña electoral revisar su política exterior. Entre sus principales objetivos está el regresar al multilateralismo. Por ello decidió fortalecer sus alianzas con las potencias occidentales de la OTAN, regresar al Acuerdo de París y a la Organización Mundial de la salud (OMS) y reintegrarse al acuerdo nuclear con Irán. Sin embargo, se trata de un multelateralismo tramposo, que no significa la búsqueda de un orden multipolar democrático,  sino de la realineación con sus aliados históricos occidentales para confrontar y aislar a China, Rusia y a los países que EUA considere antidemocráticos porque no “cumplen” con los estándares estadounidenses (Saxe Fernández, John, “Grave ofensiva imperial”. La Jornada, 29 de julio de 2021).

En relación con China, el gobierno de  Biden sostiene la línea agresiva de Trump, enfocando su ofensiva en una supuesta defensa de la democracia y la libertad que hipócritamente EUA dice representar y encabezar. En la agenda de política comercial 20201 emitida por la Casa Blanca se señala que:

“La Administración Biden reconoce que las prácticas comerciales coercitivas e injustas de China dañan a los trabajadores estadounidenses, amenazan nuestra ventaja tecnológica, debilitan la capacidad de recuperación de nuestra cadena de suministro y socavan nuestros intereses nacionales. Abordar el desafío de China requerirá una estrategia integral y un enfoque más sistemático que el enfoque fragmentado del pasado reciente […] La Administración de Biden se compromete a utilizar todas las herramientas disponibles para enfrentar la gama de prácticas comerciales desleales de China que continúan perjudicando a los trabajadores y empresas estadounidenses […] También hará que una de las principales prioridades sea abordar los abusos generalizados de los derechos humanos del programa de trabajo forzoso del gobierno chino, el cual tiene como objetivo a los uigures y otras minorías étnicas y religiosas” (White House, 2021. Trade Policy Agend).

Esta posición ha sido refrendada por el Departamento de Estado, quien considera que China quiere presumiblemente cuestionar el “orden internacional abierto” que supuestamente rige en en la actualidad.

“[…] El desafío que plantea China- afirma- es diferente. China es el único país con el poder económico, diplomático, militar y tecnológico para desafiar seriamente el sistema internacional estable y abierto: todas las reglas, valores y relaciones que hacen que el mundo funcione de la manera que queremos, porque en última instancia sirve los intereses y refleja los valores del pueblo estadounidense”. Y advierte que:

“Nuestra relación con China será competitiva cuando deba ser, colaborativa cuando se pueda y contradictoria cuando deba ser. El denominador común es la necesidad de involucrar a China desde una posición de fuerza ” (https://www.state.gov/a-foreign-policy-for-the-american-people/)”.

La creciente rivalidad entre China y Estados Unidos no sólo es comercial o tecnológica, sino que tiene un fuerte contenido geopolítico y trastoca las alianzas entre las potencias, así como la alineación de los países periféricos con esos bloques.

Como se dijo arriba, el regreso de Estados Unidos al multeralismo con Biden, lejos de impulsar la creación de un sistema internacional multipolar basado en reglas uniformes y consensuadas, conduce a la fragmentación y a la división del mundo en dos bloques confrontados. Por un lado las potencias occidentales y sus aliados, bajo la dudosa bandera de representar “la libertad y la democracia” y, por otro lado, Rusia y China junto a los países juzgados desde Occidente como autoritarios o dictatoriales. ¡El choque de las civilizaciones prefigurado por S. Huttington! En un documento elaborado por la Casa Blanca intitulado Proclamación en la semana de las naciones cautivas(https:www.whitehouse.gob/briefing-room/presidential-actions/2021/07/16), Estados Unidos se autoproclama como la democracia “más fuerte y duradera del mundo”, por lo que se abroga “la responsabilidad de liderar en casa y en el extranjero, no sólo con el ejemplo de nuestro poder, sino con el poder del ejemplo”.

En suma, la politica exterior estadunidense impulsada por Biden es tan agresiva e imperial como la practicada por sus predecesores. Si bien ha abandonado la política unilateral seguida por Trump y ha retornado  a algunos organismos e iniciativas multilaterales, su slogan de que “América está de regreso” (America is back) significa, como ya se dijo, un multilateralismo excluyente y agresivo, orientado a preservar su hegemonía, mediante el acoso a China, Rusia y aliados. China continúa siendo considerado el “enemigo principal” y las confrontaciones con el gigante oriental no solamente siguen vivas, sino que se han agudizado más que en la era de Trump, como reconoce el diario The New York Times (https://www.nytimes.com/2021/07/20/world/asia/china-biden.htm). Las represalias comerciales no se han eliminado sino que se han recrudecido y los peligros de roces militares en el Mar de China se acrecientan. Estados Unidos ha fortalecido sus lazos con sus aliados asiáticos de Japón, Corea del Sur e India para trazar una política común de aislamiento de China, a la vez que fortalece militarmente a Taiwán y se entromete en los asuntos internos de China al apoyar abiertamente al movimiento opositor de Hong-Kong.


* México, GT Crisis y Economía Mundial, Profesor-investigador de la UAM-X.

La recuperación de la economía estadunidense y la política económica del gobierno de Joe Biden

Arturo Guillén

EEUU anticipa un boom económico tras la crisis del covid
Fuente: El Periódico

El mundo está saliendo de la peor recesión económica de su historia moderna, mientras la pandemia del coronavirus comienza a ser controlada en varios países gracias a los programas de vacunación. Sin embargo, si algo destaca es la profunda desigualdad social y entre las naciones, tanto en lo que se refiere a la recuperación económica como con respecto al control de la pandemia y la distribución de las vacunas.
En el flanco económico mientras que China y Estados Unidos, los dos principales centros económicos del globo, han registrado espectaculares repuntes, Europa y Japón aún se encuentran en recesión. La Zona Euro registra una recesión de “doble zambullida”, con dos trimestres consecutivos de decrecimiento (gráfica 1).

Gráfica 1

Fuente: Elaboración propia con datos de National Bureau of Statistics of China, Hong Kong Census and Statistics Department, BEA y Eurostat.

La distribución de las vacunas entre los países es un reflejo vívido de la injusta concentración del poder económico y político. El Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, informó que más de 130 países no han recibido una sola dosis de las vacunas, y denunció que el 75% de las inmunizaciones aplicadas hasta el momento se ha concentrado en tan sólo diez naciones, todas ellas desarrolladas. (ONU, ONU noticias, 17 de febrero, https://news.un.org/es/story/2021/02/).
La recuperación de la economía estadounidense y de otras economías centrales ha sido impulsada, en gran medida, por los masivos y sin precedentes programas de estímulo monetarios y fiscales. En el caso de EUA, la Reserva Federal (FED) aceleró sus programas de “flexibilización cuantitativa”, que no es otra cosa que la creación de dinero de la nada mediante la compra de títulos públicos y de las grandes corporaciones, con el fin, se supone de estimular la inversión y el empleo. Los activos totales en manos de la FED se incrementaron casi al doble en el curso de la pandemia, al pasar de 4 billones de dólares (trillions) a comienzos de 2020 a 8 billones en la actualidad. A nivel global, lo que incluye a los bancos centrales de Estados Unidos, el Banco Central europeo, Japón y China, sus activos alcanzan la friolera de 29 billlones de dólares, contra 19 billones al comienzo de la pandemia (Yardeni, Edward (15 de junio del 2021), Central Banks: Monthly Balance Sheets. https://www.yardeni.com/pub/peacockfedecbassets.pdf). El presidente de la FED afirmó en marzo pasado que:
“Estamos desplegando estos poderes crediticios en un grado sin precedentes [y] … continuaremos utilizando estos poderes con fuerza, proactividad y agresividad, hasta que estemos seguros de que estamos sólidamente en el camino hacia la recuperación»(Brooking, 2021, What’s the Fed doing in response to the COVID-19 crisis? What more could it do? https://www.brookings.edu/research/fed-response-to-covid19/ , 30 de marzo).
Por su parte, la administración Biden logró la aprobación de un programa de estímulo fiscal por 1.4 billones de dólares, el cual incluye pagos por 1,400 dólares mensuales a la mayoría de los ciudadanos y un bono adicional de 600 dls. a quienes reciben el seguro de desempleo, lo que se viene a agregar a los apoyos aprobados por Trump. Este programa representa el 40% del presupuesto federal y el 9% del PIB Además, está a discusión en el Senado un ambicioso programa de infrestructura por 1.7 billones.
La infraestructura estadounidense se encuentra entre las más rezagadas de los países desarrollados. Las inversiones públicas en infraestructura han caído del 2,7% del PIB al 0,7%, mientras que China gasta tres veces más que EE.UU. 
El plan de infraestructura se divide en cuatro grandes paquetes. El primero se refiere a  infraestructuras “clásicas” como carreteras, puentes, etc. (621,000 millones de dólares). Otros 165,000 millones irían para el transporte público, y a otros rubros relacionados. Un segundo paquete de alrededor de 400,000 millones estaría destinado a la “infraestructura humana” o de “cuidados”. El tercer gran monto va para la lucha contra el cambio climático. El último paquete concierne a la competición geoeconómica y geopolítica. Una parte importante de éste se centra en inversiones en I+D (180,000 md) para mantener la posición de líder en innovación tecnológica (Real Instituto Elcano, 2021, “El plan de infraestructuras de Biden: qué, cómo, por qué y contra quién”, 24 de abril, https:/blog.realinstitutoelcano.org).
La política de Biden para enfrentar la crisis contrasta con las políticas seguidas por sus antecesores. Si bien utiliza mecanismos similares como los programas monetarios de flexibilización cuantitativa y recupera la política fiscal como mecanismo contracíclico, se distingue de ellos tanto en la magnitud de los estímulos como en la orientación de los mismos. Se trata de un programa de clara orientación keynesiana enfocado a estimular el consumo privado y la inversión pública. En la gráfica 2 se ofrece una comparación de las magnitudes del programa de Biden en relación con los de Obama y con los aplicados por Rooselvet en el transcurso de la Gran Depresión de los treinta. Como se puede observar, su monto es superior al autorizado por Obama despúes de la crisis global de 2007-2008 e incluso superior al de Roosevelt. Pero a diferencia del programa de rescate de Obama que se concentró en el salvamento de las instituciones financieras y de las grandes corporaciones, el actual programa se enfoca preferentemente a compensar las pérdidas de ingreso del ciudadano medio.
El programa económico de Biden enfrenta grandes obstáculos. Las contradicciones entre el Partido Republicano y el Partido Demócrata lejos de haberse atenuado con las elecciones presidenciales, se han acrecentado. En realidad, Estados Unidos es un país profundamente dividido desde hace muchos años. Las contradicciones se exhiben en el plano económico, pero también en el terreno político, tal como se ha patentizado en los cambios impulsados en varios Estados gobernados por republicanos para restringir los derechos de los electores. Estas acciones y otras como el asalto violento al Capitolio ejecutado por activistas de ultraderecha e incitado por Trump, han encedido las alarmas. R. Reich, exsecretario del Trabajo de Clinton. advierte que la democracia estadounidense está en peligro.
“La democracia – afirmó – está enfrentando una crisis existencial. La desigualdad e injusticia están bajo ataque. Y las fuerzas del fascismo se están reorganizando. Si no actuamos ahora para proteger la democracia, temo que podemos perderla para siempre durante la próxima década (2021, citado por Brooks, “American Curious”, La Jornada, 7 de junio, https://www.jornada.com.mx/2021/06/07/opinion/027o1mun).

Fuente: Tomado de Sánchez-Vallejo María Antonia, (20 de marzo del 2021). Biden se viste de Roosevelt. El País. https://elpais.com/economia/2021-03-21/biden-se-viste-de-roosevelt.html

Las diferencias no solo existen entre demócratas y republicanos, sino tambien en el seno de cada partido. En el partido demócrata coexisten un ala moderada dominante en el Ejecutivo, vinculada al gran poder económico, y un sector progresista identificado con los intereses de los trabajadores y de las minorías raciales y sociales: negros, latinos, el feminismo, la comunidad gay, etc. Por su parte entre los republicanos, predomina un sector, al parecer mayoritario, nacionalista, xenófobo y facistoide identificado con Donald Trump, al lado de un sector minoritario también de ideología conservadora, pero más articulado con el llamado “Estado profundo” (deep state).
En el momento actual la confrontación se centra en el Senado en torno al programa de infraestructura propuesto por Biden. Mientras Biden insiste en la idea de lograr un acuerdo bipartidista aunque éste implique renunciar a ciertos objetivos del programa, los republicanos en bloque han rechazado aprobarlo. Proponen reducir su monto casi a la mitad, lo cual no ha sido aceptado por la Casa Blanca. El sector progresista y otros demócratas han señalado que es mejor olvidarse de las negociaciones en el Senado y avanzar por su propia cuenta. Los opositores al programa consideran que el plan es demasiado ambicioso y que la expansión del gasto público y del déficit que involucraría su aplicación llevaría a detonar la inflación. Además se oponen tajantemente a la propuesta del gobierno de elevar los impuestos a las corporaciones del 21% al 28%.
El eventual impacto inflacionario de los programas de estímulo ha suscitado un amplio debate. El pensamiento conservador y monetarista considera que el costo inflacionario será alto. Incluso economistas identificados como heteredoxos como L. Summers, piensa que el enemigo a vencer ahora no es la deflación sino la inflación, y que existe el el peligro de entrar en una etapa de “estanflación” similar a la de los años setenta, cuando la tasa de inflación alcanzó el 20%. Se inclina igualmente porque la FED realice un giro en la política monetaria para contener las presiones inflacionarias (CNN, htpps://edition.cnn.com/2021/05/12). En sentido opuesto, el Nobel de Economía, P. Krugman, no cree que el repunte inflacionario sea duradero, ni piensa que el contexto sea parecido al de los 70’s. Esta posición es compartida por el responsable de la FED, J. Powell y la Secretaria del Tesoro, Y. Yellen, quienes se resisten a disminuir los estímulos y a modificar el rumbo de las políticas macroeconómicas.
Es cierto que la inflación ha repuntado en la mayoría de los países, en mayo los precios al consumidor en EUA aumentaron a una tasa anualizada del 5%, muy por encima del 1.4% registrado en 2020. Sin embargo, coincido en que el contexto es muy diferente al de los años setenta y que el repunte de precios sería transitorio. Las alzas actuales de precios son el resultado combinado de un choque de oferta que provocó el confinamiento y un choque de demanda vinculado a la demanda diferida durante la pandemia y a los impactos de los estímulos. Ambos choques tenderán a atenuarse conforme se extienda la vacunación, se eliminen las restricciones a la movilidad y se vayan retirando los estímulos.
El problema principal más bien está en otro lado. La creación formidable de dinero fiduciario no se he traducido en una mayor inversión, sino que se está trasladando a la esfera financiera y está generando una nueva burbuja financiera, una nueva explosión de capital ficticio y de sobrenedeudamiento, que tarde o temprano estallará en una crisis de deuda-deflación, como las que han acompañado al capitalismo desde la década de los ochenta.

2021: La Pandemia Del Covid-19 Y La Crisis Económica Global En Su Laberinto

Arturo Guillén*

Covid-19 en la economía mundial: impulso y retroceso
Foto: Alainet

Ha concluido uno de los años más difíciles de la historia moderna por la gravedad y extensión de la pandemia del coronavirus COVID-19 y por la crisis económica global que detonó su aparición. La recesión económica iniciada en marzo es la peor contracción que ha enfrentado el capitalismo desde la Gran Depresión de los años treinta.
Al terminar 2020 surgió un rayo de esperanza, al aprobarse y comenzar a aplicarse en algunos países, dos vacunas desarrolladas por laboratorios estadounidenses: la vacuna de Pfizer y la de Moderna. Por su lado, Rusia comenzó a aplicar la vacuna Sputnik, la cual se encuentra aún en fase 3 de experimentación, al igual que la vacuna china CoronaVac. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) existen actualmente 48 vacunas experimentales, de las cuales sólo once han alcanzado la fase 3. El que en menos de un año se hayan desarrollado varias vacunas, constituye sin duda un gran logro científico. Sin embargo, la pandemia está muy lejos de haberse controlado. Por el contrario, tiende a expandirse con mayor velocidad en muchos países. Los índices de contagio, mortalidad y hospitalización son ahora más altos que cuando, durante el verano, se decretaron las medidas de distanciamiento y de restricción de la movilidad, lo que ha orillado a muchos gobiernos a endurecer nuevamente las restricciones, lo que sin duda repercutirá en la agravación de la crisis económica. A los rebrotes viene a agregarse el descubrimiento de dos variantes de la cepa, las cuales parecen ser más contagiosas.

La recesión económica iniciada en marzo es la peor contracción que ha enfrentado el capitalismo desde la Gran Depresión de los años treinta.


Una cosa es contar con vacunas, y otra muy distinta su distribución masiva y equitativa entre la naciones y la población. La Organización Mundial de la Salud (OMS), advirtió que las vacunas son una parte importante de la batalla en contra del COVID-19, pero no acabarán por sí solas con la pandemia, ya que habrá reinfecciones y no está asegurado que protegerán de por vida al receptor. Por su parte el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, señaló que las repercusiones sociales y económicas del COVID-19 “son enormes y van en aumento”, por lo que sería ingenuo creer que una vacuna pueda revertir los daños causados por la pandemia, que durarán años o incluso décadas. La OMS advirtió que la llegada de las vacunas no significa el fin de la pandemia (https://www.infobae.com/america/mundo/2020/12/04).
Como sucede siempre en el capitalismo donde la naturaleza, la riqueza y hasta los males se reparten desigualmente, los países ricos ya se han apropiado de las vacunas. Estos países han asegurado la compra del 50% de las vacunas que se producirán durante 2021. Estados Unidos, Reino Unido y Canadá han comprado tres veces la cantidad de vacunas necesarias para vacunar al total de su población. La pandemia misma se irradia desigualmente entre las clases sociales de cada país, así como entre las naciones ricas y pobres. Baste un dato, mientras América Latina y el Caribe concentran solo el 8.5% de la población mundial, allí se localizan el 18% de los contagios de COVID y el 29 % de las muertes, revelando este último dato las precarias condiciones de vida de las grandes mayorías, así como el deterioro histórico de los sistemas de salud y de seguridad social, agravado durante treinta años de neoliberalismo.

La pérdida de vigor de la recuperación se observa más claramente cuando se revisan los datos de empleo.


Las perspectivas de una salida rápida de la crisis económica tienden a desvanecerse. La pretendida salida en “V” de la crisis fue una hipótesis naive sin bases, una ilusión sembrada por las élites. A la incertidumbre provocada por los rebrotes y mutaciones del virus, así como por los nuevos confinamientos y restricciones decretados por muchos gobiernos, se suman la propia lógica de la recesión, y los problemas estructurales irresueltos de la crisis de 2007-2009.
Una mirada panorámica de la situación de la economía estadounidense convalida la validez de lo planteado, aunque las dificultades para superar la recesión no se circunscriben a ese país, sino que se replican, con matices y diferencias, en la mayoría de los países, en los centros capitalistas y en las periferias, con excepción de China y algunos países del sureste asiático que lograrán crecer en 2020.
Durante el tercer trimestre de 2020, la economía de Estados Unidos (EUA) creció 7.4%, o 33.1% en términos anuales. No obstante este fuerte repunte, el PIB se mantiene aún 3.5% por debajo del nivel pre-pandemia. Debido al rebrote y a los nuevos confinamientos, es probable que al cerrar el año la caída sea mayor. En octubre pasado, el FMI pronosticaba una reducción anual del 5.8%.
La pérdida de vigor de la recuperación se observa más claramente cuando se revisan los datos de empleo. Si bien la tasa de desempleo abierto, debido a la reapertura de algunas actividades, ha bajado desde el 14.7% que alcanzó en abril al 6.7% de la fuerza de trabajo en noviembre, las cifras de las solicitudes de seguros de desempleo constatan que la recuperación de plazas se ha estancado desde septiembre y comenzó a repuntar en diciembre (véase gráfico 1). El número de nuevas solicitudes, según el último reporte, llegó a 858,000 personas, mientras que el número de solicitudes continuas, es decir de quienes se mantienen en el desempleo, asciende a más 5 millones y medio. El desempleo afecta con mayor fuerza a los grupos poblacionales de ingresos más bajos y a las minorías negras y latinas. Las escenas de “hombres de calle” y las filas de solicitantes de comida gratuita se han multiplicado en las grandes urbes, lo que hace recordar imágenes de la Gran Depresión de los treinta.
Mientras muchas actividades productivas languidecen, las bolsas de valores y las operaciones en activos especulativos como el oro, el bitcoin y los inmuebles, alcanzan nuevos récords al amparo de un régimen de acumulación dominado por las finanzas. Durante la pandemia el ingreso se ha concentrado en manos de unas cuantas corporaciones que se benefician de los confinamientos, así como de los poseedores de grandes fortunas que las reproducen en los mercados financieros. Según un estudio del Institute for Policy Studies, los 651 multimillonarios más ricos de EUA han incrementado sus fortunas en más de un billón de dólares desde el inicio de la pandemia, lo que supera el total de la asistencia federal para combatir la pandemia y la crisis. (Citado por David Brooks. “Las cúpulas política y económica avanzan hacia la era pos-Trump”, La Jornada, 17 de diciembre, 2020).
La recuperación ha dependido y sigue dependiendo de los paquetes monetarios y fiscales de salvamento. Al cierre de diciembre el Congreso estadounidense aprobó un nuevo programa fiscal por 900 mil millones de dólares. Si bien este programa, como los anteriores y los que vengan, contribuirá a mantener a flote la tambaleante recuperación estadounidense, lo hace al costo de elevar el nivel de endeudamiento a niveles muy preocupantes. La deuda total del mundo se sitúa actualmente en 277 billones de dólares, un incremento de 15 billones respecto de 2019. Este nivel es equivalente al 365% del PIB mundial.
El entorno recesivo acompañado de las tendencias manifiestas a la deflación (el FMI estima que los precios al consumidor en los países desarrollados solo se incrementarán este año 0.8%), presagian una nueva crisis de deuda-deflación una vez que la burbuja financiera se desinfle.
Las perspectivas estanflacionarias de la economía del maltrecho centro hegemónico del capitalismo, ya han cobrado su factura en los movimientos del tipo de cambio del dólar. La tendencia a la depreciación de la divisa clave se ha acentuado con “la crisis del coronavirus”. Tan solo entre enero y el 15 de diciembre de 2020 el dólar se devaluó 8.4% respecto al euro (véase gráfico 2). El proceso devaluatorio del dólar se registra también con respecto de otras monedas fuertes como el franco suizo y el yen japonés. Y no se diga frente a monedas virtuales como el bitcoin, o activos especulativos con valor intrínseco como el oro. El dólar, aunque continúa siendo el eje del sistema monetario internacional, comienza a resentir su deterioro, manifestación del ascenso multipolar, y del debilitamiento hegemónico de Estados Unidos frente a China.

El mundo no está solamente ante un problema médico aislado -una nueva pandemia-, ni solo frente a una crisis económica que surgió repentinamente con el COVID, sino que se trata de una sindemia, de un proceso en el que interinfluyen lo “natural” y lo social. Desde la crisis económica de 2007 se evidenció que las crisis contemporáneas son procesos multidimensionales, en los que se interrelacionan varias crisis, las que, a su vez, tienen una dinámica propia. El colapso ambiental, la crisis energética y las crisis económicas se superponen, lo que hace que sean fenómenos inéditos que señalan los límites del capitalismo y de un régimen de acumulación y de consumo basado en el consumismo, el abuso de los combustibles fósiles y la financiarización del excedente económico.

*México, GT Crisis y Economía Mundial, Profesor-investigador, UAM-I.

La crisis económica global del “Coronavirus y América Latina”

Arturo Guillén

La pandemia del coronavirus se expande por todo el mundo y junto con ella se profundiza la crisis económico-financiera global. La pandemia fue solamente el detonador de la crisis económica, no su causa de fondo. En realidad, el capitalismo arrastra desde hace medio siglo una tendencia al estancamiento, que se profundizó con la gran crisis de 2007-2008. Las políticas monetarias de tasas de interés cero y de programas no convencionales de flexibilización cuantitativa (Qe), salvaron al capitalismo de caer en una depresión, pero no lograron modificar el carácter anémico de la inversión productiva. La Gran Recesión de 2008-2009 cedió su lugar al Gran Estancamiento. Y al mantenerse intacto un régimen de acumulación dominado por las finanzas, se desbordó una especulación irrefrenable en las bolsas de valores y en los mercados financieros. La montaña de capital ficticio acumulada durante los últimos 10 años y financiada en gran medida con deuda, estalló como un globo. La pandemia atrapó al capitalismo con los dedos en la puerta.

La crisis económica se desenvuelve en dos planos: en la esfera financiera y en la esfera productiva. Ambas se retroalimentan. En el plano financiero, la crisis arrancó con el crac bursátil en febrero de este año, el cual hizo perder a las bolsas alrededor de 30% de su valor en unos cuantos días; rápidamente se transformó en una crisis de liquidez que puede empujar a la insolvencia a muchas corporaciones altamente endeudadas y/o muy afectadas por el confinamiento, por el práctico cierre de las fronteras y por el trastocamiento de las cadenas globales de valor (CGV). Particularmente han resultado afectados las líneas aéreas, la industria automotriz y de autopartes, el turismo y los servicios. 

La recesión en las actividades productivas se ha desparramado como la espuma en toda la economía mundial. La recesión es una realidad que se despliega con inusitada rapidez en todos los países desarrollados y pronto envolverá, quizá con más fuerza y durabilidad, a los países subdesarrollados de las periferias. El economista K. Rogoff, quien si bien se identifica con el mainstream, es un estudioso de las crisis económicas, señaló que está recesión será más profunda que la Gran Depresión de los años treinta. El Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Steven Mnuchin, pronosticó que la tasa de desempleo en los EUA llegará al 20%, el doble de la alcanzada en el pico de la Gran Recesión de 2007-2008). Tan sólo en cuatro semanas las solicitudes de seguro de desempleo llegaron a más de 21 millones.

La mayoría de los gobiernos y bancos centrales de los países desarrollados actuaron con rapidez y han implementado programas monetarios de Qe para inyectar liquidez y evitar, de esa forma, la casi inevitable ola de quiebras empresariales. La  Reserva Federal de EUA instrumentó un paquete por 700 mil millones de dólares para la compra de todo tipo de obligaciones. Medidas similares aunque en montos menores, fueron aprobadas por el Banco Central Europeo y el Banco de Japón. Y en forma inusitada –dado que durante las últimas décadas los gobiernos habían sido renuentes a usar la política fiscal como mecanismo contracíclico– el Congreso estadounidense lanzó un plan de estímulos fiscales por 3 billones de dólares, el cual incluye apoyos a corporaciones en problemas y familias, subsidios acrecentados de desempleo y recursos para contener la pandemia.

La crisis pilla a América Latina en una circunstancia en la que varios países de la región ya se encontraban en recesión o en franco proceso de desaceleración económica. Por su condiciones de subdesarrollo, dependencia y extrema desigualdad, las periferias del sistema seguramente resentirán con más fuerza, tanto la propagación de la pandemia como la crisis económico-financiera. A ello, habría que agregar que 30 años de neoliberalismo, con su cauda de privatizaciones y restricción del gasto público, diezmaron sus sistemas de salud y de seguridad social.

Las perspectivas para 2020 anuncian una tragedia. Aunque pronosticar  escenarios en el marco de la incertidumbre radical que vive el mundo, es una tarea difícil y engañosa, lo apuntado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su último informe revela la gravedad de la crisis. Este organismo augura un decrecimiento del PIB mundial de -3% en 2020, 6 puntos porcentuales menos que el registrado en 2019 (2.9%) y 3 puntos por debajo de la caída del PIB registrada durante la Gran Recesión. Para América Latina la situación sería peor, con una tasa negativa de -5.2%.

A los choques de oferta y de demanda causados por las medidas de distanciamiento social, en el caso latinoamericano se agregan el desplome de las exportaciones, tanto primarias como manufactureras; el deterioro de los términos de intercambio; el desplome de las remesas de los trabajadores migrantes; y la salida de capitales tanto de los inversionistas externos como de las élites internas.

Como consecuencia de la recesión y de la ruptura de las CGV, el panorama del comercio exterior es aún más sombrío que el de las economías internas. La Organización Mundial de Comercio estima que el volumen del comercio mundial en 2020 caerá entre el 13 y el 32%, lo que obviamente pone en jaque el modelo primario-exportador y maquilador  adoptado por los países latinoamericanos desde la crisis de la deuda externa. En cuanto a los flujos de capital, la UNCTAD estima que los ingresos por inversión extranjera directa se reducirán entre un 5 y un 15%, mientras que las reinversiones se encogerán como consecuencia de la recesión. Y por lo que respecta a los flujos de cartera a los países emergentes, el Instituto de Finanzas Internacionales registra una disminución de 83 mil MD hasta marzo de este año. A ello hay que agregar la irrefrenable fuga de capitales de las élites latinoamericanas hacia bancos extranjeros y paraísos fiscales.

Frente a este panorama la pregunta obligada es qué pueden hacer los gobiernos latinoamericanos para financiar la lucha contra la  pandemia en medio de sistemas de salud deteriorados y desarticulados, así como para aplicar programas de recuperación económica exitosos. Desde los organismos multilaterales (FMI, Banco Mundial), la respuesta es la tradicional del recetario neoliberal: utilizar las líneas de financiamiento del FMI e iniciar un nuevo ciclo de endeudamiento externo, aprovechando se dice, el bajo nivel de la tasa de interés. Este camino mil veces recorrido y fracasado, en mi opinión, debería ser evitado, salvo que los recursos externos fueran otorgados bajo esquemas de auténtica cooperación para el desarrollo sin condicionalidad ninguna. Tampoco convendría utilizar las reservas internacionales para proteger los tipos de cambio en un entorno de incertidumbre radical. Los llamados a levantar, desde los países de las periferia una moratoria de la deuda externa, no deberían ser desestimados.

Por supuesto que la superación de la epidemia y el retomar el camino de un desarrollo inclusivo, exigirá mayores recursos y una mayor participación del Estado. Ello generará irreductiblemente déficit presupuestales. Por lo mismo, debería abandonarse, al menos mientras dure la emergencia, la práctica de construir superávit primarios para pagar el servicio de la deuda. Deberían implementarse, asimismo, mecanismos novedosos de endeudamiento interno, como la propuesta (ver Bresser Pereira, https://www.facebook.compereira) de que los gobiernos emitan “coronabonos”, los cuales serían comprados por el banco central, en una suerte de flexibilización cuantitativa. Los peligros inflacionarios serían irrelevantes en el contexto depresivo en que nos encontramos. Los retos actuales exigen de América Latina gobiernos más activos e imaginativos que abandonen la rutina de las recetas ortodoxas convencionales, las cuales nos empujarían a una nueva “década perdida”.

Arturo Guillén. México, GT Crisis y Economía Mundial, Profesor-investigador de la UAM-I.