Brasil:pandemia, vacunas y otros males crónicos

Un manifestante sostiene una bandera de Brasil junto a colchones con rosas que simbolizan las más de 300.000 víctimas de coronavirus.
Fuente: El País

Eduardo Perondi*

Brasil se enfrenta actualmente al mayor colapso sanitario y hospitalario de su historia; así es como la Fiocruz, destacada institución pública en ciencias y tecnología de la salud, describe el escenario actual en el país que se volvió epicentro mundial de la pandemia. Hacia finales de marzo, son más de 300 mil muertes comprobadas por covid-19, aunque el número real podría ser ya cercano a los 400 mil.

En prácticamente todo el territorio nacional, se verifican hospitales desbordados, filas de miles de personas en espera de una cama de terapia intensiva, falta de medicinas, altas tasas de transmisión que generan nuevas cepas, aumento de la mortalidad, especialmente en adultos jóvenes y población sin comorbilidades, así como de muertes por otras enfermedades causadas por inasistencia médica. (Fiocruz, 16/03/2020, https://cutt.ly/Yx90yn7).

Un genocidio cualificado

Según el experto en salud Carlos Fidelis Ponte, el presidente Jair Bolsonaro es el primer responsable por la situación actual de Brasil, por menospreciar la amenaza de la pandemia llamándola “gripecita” y por no articular un plan nacional para combatirla. A esto se agregan otras omisiones del presidente: promocionar aglomeraciones populares, negarse a utilizar mascarillas, recomendar medicamentos sin eficacia comprobada como hidroxicloroquina, atrasar la negociación y dificultar la compra de vacunas, ignorar los riesgos de intentar alcanzar la inmunidad del rebaño, generando nuevas mutaciones más peligrosas, entre otras. (Programa Faixa Livre, 19/03/2021)

La pandemia también es selectiva. Reproduce las desigualdades existentes en la sociedad brasileña: mata más a la población negra y pobre que viven en condiciones precarias y tienen menos acceso a servicios de salud (Ribeiro et al, 2021, < https://cutt.ly/Ix3wmq5&gt;).

Se trata de un genocidio, afirman voces múltiples de la sociedad. El gobierno hizo un cálculo frio de que las muertes por Covid-19 pueden llegar a 500 mil sin que tuviera mayores consecuencias políticas. En tanto la tragedia aumenta, el país se mantiene en una situación de excepción, avanza la agenda económica de liquidación nacional y se hacen casi imposibles las manifestaciones populares en las calles.

Sin que esto sea suficiente, Bolsonaro lanzó una operación de persecución a los que lo critican. Utiliza de la Ley de Seguridad Nacional, un resquicio normativo de las dictaduras, para perseguir a los críticos –profesores, youtubers, periodistas, ciudadanos– por supuestamente ofender el honor del presidente. El esfuerzo es en vano, el protofascista Bolsonaro no escapará del ajuste de cuentas con la historia. La duda es, ¿cuánto tardará?

El lockdown a manera brasileña

Los alcaldes y gobernadores de los Estados tienen su cuota en la tragedia. Como las muertes y el colapso hospitalario les afectan de manera más cercana, muchos han tenido un discurso más responsable. No obstante, pocos han pasado del discurso a la práctica, y la mayoría aplica la modalidad de lockdown a manera brasileña: el encierro sólo en las madrugadas. Aunque en condiciones insalubres y precarias, la gente debe salir de sus casas a trabajar, por lo cual el nombre apropiado debería ser toque de queda.

El empresariado brasileño también ha protagonizado momentos repugnantes. En primer lugar, por la presión que hacen para no cerrar sus negocios. Acosan a los trabajadores para que acudan sí o sí, aunque sin equipos de protección y hacinados en el transporte público. En el momento álgido organizaron los llamados “acarreos de la muerte” para protestar en contra del lockdown y por la libertad. Con la llegada de las vacunas, se cuelan impunemente por las filas designadas para población médica y mayor de edad para vacunarse a oscuritas antes que los demás.

El individualismo y la falta de solidaridad con el sufrimiento ajeno están presentes en el conjunto de la sociedad. El negacionismo de las redes digitales sigue teniendo un papel importante para que muchos dejen de cuidarse, o menosprecien la amenaza que significa la pandemia, hasta que alguien del entorno cercano padezca de Covid-19 y así darse cuenta lo que significa vivir una crisis sanitaria sin precedentes.

La vida en emergencia

Para el grueso de la población brasileña el Covid-19 llegó en un contexto muy difícil: el país llevaba más de cinco años de crisis económica, explosión del desempleo, reducción de los ingresos del trabajo, inflación de alimentos y falta generalizada de perspectivas sociales. El fantasma del hambre obliga a que la pandemia se enfrente en las calles.

El auxilio de emergencia impulsado por el Congreso sirvió como un aliento durante algunos meses de 2020, alcanzando casi a la tercera parte de la población. Al ofrecer poco más de la mitad del valor del salario mínimo, mejoraron las condiciones de aislamiento social y se produjo un fenómeno interesante: aumentó en 3% el ingreso promedio de los hogares en comparación a lo que serían los ingresos habituales del trabajo. (Ipea, Carta de Conjuntura n° 48, 2020). Es decir, la situación de emergencia es la que vive gran parte de la clase trabajadora brasileña en tiempos de “normalidad”.

Pese a su importancia, el gobierno dejó de pagar el auxilio de emergencia en los primeros meses de 2021, cuando empeoró la situación sanitaria. Tras mucha presión social, se aprobó una nueva ronda de pagos en un valor mucho menor, que no alcanza ni el 25% del precio de una canasta alimenticia.

A vacunar al rebaño

La tragedia parece cobrar factura a Bolsonaro, con el aumento del rechazo a su gobierno y cacerolazos durante sus apariciones públicas. “Fuera Bolsonaro” es la consigna. Hasta los grandes capitalistas pasaron a exigir una postura firme –no su renuncia, obviamente– de enfrentamiento a la pandemia, pues se dieron cuenta de que el atraso perjudica sus ganancias. De la noche a la mañana, el Presidente se puso mascarilla y se volvió defensor de la vacunación masiva. El genocida es también el animador de auditorio oficial.

La tardanza en la adquisición y las continuas ofensas a países productores de vacunas han causado que la inmunización avance lentamente, con sólo el 8,2% de la población habiendo recibido hasta ahora al menos una dosis. Esto se suma al acaparamiento global en el cual 75% de las vacunas se quedan en sólo 10 naciones más poderosas, como lo reconoce la misma ONU.

Ante la demanda de India y Sudáfrica a la OMC, para suspender las patentes de productos para combatir el Covid-19, el gobierno brasileño, por puro vasallaje imperial, prefirió aliarse a las naciones ricas y rechazar la medida que facilitaría la fabricación de vacunas internamente.

Autosuficiente en la producción de inmunizantes en la década de 1980, el sector farmacéutico brasileño –e industrial en general– ha venido siendo destruido en las últimas décadas. Actualmente se importa el 90% de los insumos farmacológicos. Como medida de emergencia, el agronegocio ofreció al gobierno reconvertir parte de sus 30 fábricas de vacunas animales para la producción de inmunizantes contra el coronavirus. Triste ironía acerca de las prioridades del patrón de acumulación neoliberal: Brasil es soberano en la producción de vacunas para el ganado, pero no para su gente.

El sistema está enfermo

En el peor momento de la crisis sanitaria, Brasil se volvió un referente mundial del mal manejo de la pandemia, y un exportador de nuevas cepas con mayor potencial de contagio y letalidad. Una amenaza en especial para sus vecinos sudamericanos y para los que mantengan filtros fronterizos débiles.

Pero el ejemplo brasileño denota sobre todo la amenaza que implica la adopción de criterios de mercado para enfrentar una crisis de salud, la falsa dicotomía entre defender la economía y la vida, tal como se vio también en los Estados Unidos y otros países. Lejos de representar simplemente una anomalía patológica, la postura genocida del Presidente Bolsonaro representa una forma de administrar la crisis, acorde a la lógica capitalista que produjo este tipo de personaje. El sistema es el que está enfermo y no hay vacuna que lo cure.

* Brasil, Sociólogo y doctor en Estudios Latinoamericanos    

Brasil bajo la fuerza y la farsa

Eduardo Perondi

La farsa bolsonarista

En la semana en que fue protocolada la 42ª solicitud de impeachment del Presidente Jair Bolsonaro, se le diagnosticó el coronavirus. Nadie sabe a ciencia cierta cuándo contrajo la COVID-19, pero esto le sirve para desviar la atención de lo importante y seguir promocionando la cloroquina y otros engaños.
La burla genocida que ha alcanzado a más de 84 mil muertos (24 de julio), es parte de una táctica de mentiras, polémicas y desinformación que ha puesto en marcha Bolsonaro para eludir las responsabilidades que le corresponden como gobernante de 210 millones de personas en medio de una pandemia. Distrae a las masas mientras la “boyada pasa” y avanza el proyecto del imperialismo y del Estado brasileño. El guion viene preparado por estrategas de la bandera de barras y estrellas, misma que besa el presidente mientras declara que “Brasil está por encima de todos”.


La fuerza detrás de la farsa

Muchos creen que las clases dominantes ya no apoyan a Bolsonaro, y que éste sólo sigue en el mando porque lo sostiene la cúpula militar. En efecto, más de 6 mil oficiales de las Fuerzas Armadas ocupan cargos en el gobierno. Políticas fundamentales vinculadas a la Salud pública durante la pandemia o la Fiscalización Ambiental en la Amazonia, están bajo mando directo de uniformados. Un general, Braga Neto, también se encarga de hacer un contrapunto “desarrollista” ante la hegemónica agenda de liquidación nacional del Ministro de Economía encabezada por el chicago-boy Paulo Guedes.

Bolsonaro sigue siendo la mejor opción para que avance la agenda dominante: profundizar la superexplotación de la fuerza de trabajo, quitar las trabas ambientales/institucionales para la libre marcha destructiva del patrón económico neoliberal, mercantilizar sectores estratégicos y servicios esenciales como petróleo, electricidad, bancos públicos, agua, correos, salud, educación y pensiones


Sin embargo, el gobierno es avalado –de manera abierta o indirecta– por el conjunto del bloque empresarial, conformado por las finanzas, el agro, industriales y servicios, pese a sus contradicciones de intereses y constantes disputas internas. La gestión del presidente también es avalada por los poderes Judicial y Legislativo y por la mayoría de los partidos. Muchos de los representantes de estos sectores expresan cierta incomodidad con Bolsonaro, por su mal manejo de la pandemia, sus amenazas golpistas, su coqueteo con el fascismo. Cínicamente, tratan de deslindar sus nombres del hombre a quién ayudaron a tomar la presidencia en 2018, con quien se abrazaron durante el golpe de 2016 y en todos los fraudes económicos-judiciales-electorales posteriores.
No obstante, ninguna fracción importante del capital o poder del Estado defiende su destitución. Cuando Bolsonaro sube el tono, militares lanzan juras de amor a la Constitución, avanzan investigaciones sobre los crímenes de sus hijos, algún magistrado le derrumba un decreto, el Congreso fija alguna concesión social. Según dotados analistas, los contrapesos y las instituciones republicanas están funcionando. De esta manera se vela la complicidad de las clases dominantes y poderes institucionales con el proyecto que el Estado brasileño pone en marcha mucho antes de la llegada de Bolsonaro.

La esencia desnuda del Estado

La erosión del Estado democrático liberal es un hecho visible en Brasil, pero es tendencia global. Se dice que la proliferación de los “Estados de excepción” pone en suspenso la democracia. ¿O serían las ilusiones democráticas? Sí, porque el Estado, como nos recuerda Mészáros, es parte fundamental del orden sociometabólico del capital. En momentos de gran conflicto, como la crisis estructural de esta época, opera para mantener dicha orden a toda costa, bajo la ley y bajo la ilegalidad.
Rescatar al capital de la quiebra financiera imponiendo austeridad a los pueblos, asegurar rentabilidad a los inversionistas en detrimento de la vida, expandir la producción enajenada y destructiva que implica superexplotación humana y el colapso climático. Difícil compatibilizarlo con algo que se pueda llamar democracia. Por eso, los recurrentes golpes a presidentes legítimos, fraudes electorales, gobiernos autoproclamados, etcétera. Polarización social y lo que Beinstein denominó “guerra de baja intensidad” son los mecanismos para desestabilizar naciones y para normalizar otras bajo regímenes de barbarie.
El debate político se encuentra mediado por redes sociales y tutelado por corporaciones especializadas en llevar la discusión por el ámbito visceral: la política de odio, el binarismo, disputas de valores, el otro como enemigo. Por estos medios se instrumentaliza el racismo, machismo, xenofobia, clasismo, todos muy arraigados dentro y entre cada realidad local, a veces incluso en cada átomo social familiar, lo cual engendra una forma política que los excluye mutuamente y dificulta que se unifiquen en un piso común.
Todas estas tendencias vienen siendo aplicadas por el Estado en Brasil desde 2013, cuando las bases económicas y sociales del capitalismo dependiente entraron en crisis.

La administración de la crisis brasileña

La larga crisis económica que enfrenta Brasil fue agravada por la pandemia y la actual recesión mundial. Bolsonaro sigue siendo la mejor opción para que avance la agenda dominante: profundizar la superexplotación de la fuerza de trabajo, quitar las trabas ambientales/institucionales para la libre marcha destructiva del patrón económico neoliberal, mercantilizar sectores estratégicos y servicios esenciales como petróleo, electricidad, bancos públicos, agua, correos, salud, educación y pensiones, donde todavía tiene peso el control estatal o la lógica de derechos sociales.
Bolsonaro también asegura que el paquete de recursos públicos destinados para combatir la crisis y la pandemia – equivalente a 4,6% del PIB o 90 mil millones de dólares– quede en manos del comité de bancos y grandes compañías. El 86% de las “Pymes” que buscaron préstamos fueron rechazadas, cumpliendo la promesa de Guedes de que no se perdería dinero salvando pequeñas empresas. Bolsonaro y Guedes se presentaban al país como los “héroes” de las clases medias y la pequeña burguesía, cuando hoy sólo les cierran las puertas y las orillan al empobrecimiento y a la guerra civil.
Justamente por eso, Bolsonaro todavía cumple un papel importante para el control social autoritario y militarizado que requiere la aplicación de esta ofensiva contra el pueblo. Una contrarrevolución preventiva, como enseñó Florestan Fernandes. La explosión del desempleo, miseria, hambre y falta de perspectivas para millones de brasileños(as) van a generar muchos brotes de resistencia, huelgas y grandes movilizaciones populares, alternativas solidarias, etcétera.
El Estado brasileño se prepara para combatirlas con la fuerza militar, con intervenciones exhaustivamente ensayadas en Haití, después en Río y otros estados. Además, parte del trabajo sucio será tercerizado a las “milicias” paramilitares. La violencia estatal limitada a ciertos espacios segregados de las ciudades. La violencia paramilitar en el campo y en las periferias metropolitanas para generar un entorno de violencia, miedo y asesinatos a veces aleatorios y otros muy selectivos, como el de Marielle Franco. Por cierto, ¿quién mandó matarla?
¿Un “golpe dentro del golpe”?

La narrativa de deslegitimación del Estado, tras años de Operación Lava Jato, sigue muy presente, alimentada por la destapada putrefacción creciente del Estado.

Cuando se siente presionado, Bolsonaro amenaza con un autogolpe. El chantaje posee algo de fuerza y otro tanto de farsa. Representa un recurso último en su estrategia que no puede ser descartado, porque se conoce la historia y se sabe que la crisis actual va a generar aún más ingobernabilidad. Pero la amenaza de Bolsonaro cumple, además, el fin de mantener la imagen farseada del “mito” y un espacio que él ocupó muy bien en la política: la de un político anti-sistema, que supuestamente no puede hacer cosas buenas porque no lo deja el Congreso ni la Suprema Corte, instituciones corrompidas. La narrativa de deslegitimación del Estado, tras años de Operación Lava Jato, sigue muy presente, alimentada por la destapada putrefacción creciente del Estado.
Esto, aunado a las polarizaciones que alimenta el gobierno, sigue siendo efectivo para asegurarle un apoyo todavía significativo entre la población. Tampoco hace falta que la mayoría le apoye. Michel Temer era avalado por sólo 4% y aun así logró destrozar los derechos laborales, congelar gastos sociales y concluir su ilegítimo mandato, gracias al “gran arreglo” con la Suprema Corte, el Congreso, la partidocracia. Todos coludidos.
Lo anterior no significa que Bolsonaro tiene futuro asegurado. Primero porque el destino del proyecto de las burguesías dependientes está asociado a las disputas imperialistas, en el ámbito geopolítico global. Cambios en esta dimensión pueden escalar las contradicciones intraburguesas, con efectos sobre el aparato estatal. Pero, sobre todo, falta entrar al escenario la clase trabajadora, el pueblo en las calles. Dada la pandemia, no se sabe cómo y cuándo esto va a ocurrir. Este es el factor con capacidad de cambiar los rumbos del proyecto dominante que camina hacia la barbarie.