ELECCIONES, ACUERDO CON EL FMI Y AJUSTE EN ARGENTINA

Gabriela Roffinelli*

Elecciones legislativas en Argentina

En Argentina el pasado 14 de noviembre se realizaron las elecciones legislativas de medio turno (2019-2023), en las que se renovaron un tercio de la Cámara de Senadores y la mitad de la Cámara de Diputados. Se impuso la oposición de derecha, Juntos por el Cambio, por un margen de casi el 10% a nivel nacional, sin embargo, el Gobierno de Alberto Fernández celebró haber evitado una derrota mayor de la esperada, considerando los resultados de las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) realizadas dos meses antes.

El Frente de Todos evitó la crisis gubernamental que se avecinaba; el presidenciable en 2023, Mauricio Macri anticipaba triunfante -durante los comicios- que Juntos por el Cambio “iba a ayudar a que la transición sea lo mejor posible”. El oficialismo recuperó votos con respecto a las PASO, principalmente, en la provincia de Buenos Aires, por lo que se mantiene como primera fuerza en Diputados, aunque no alcanzaron para retener el quórum propio en el Senado.

El Frente de Izquierda y los Trabajadores-Unidad (FITU) hizo una muy buena elección, con un 6% de los votos se posicionó como tercera fuerza a nivel nacional y obtuvo cuatro diputados: uno por la provincia de Jujuy, dos por la provincia de Bs. As. y uno por la ciudad de Buenos Aires. Y en varios distritos del conurbano bonaerense con un 8 y 10% del apoyo de los electores obtuvo varios concejales. Evidentemente, parte de la base electoral del kirchnerismo se inclinó por la izquierda, desilusionada con gobierno de Alberto Fernández que no ha cumplido con sus promesas electorales de reactivar la economía, recuperar el poder adquisitivo de salarios y jubilaciones.

La ultraderecha liberal se destacó como la novedad ya que obtuvo un 5% de apoyo a nivel nacional.  Destacándose el 17% de Ciudad de Buenos Aires y el 6% de provincia de Bs. As. obtenidos por las listas encabezadas por los economistas ultraliberales Javier Milei y José Luis Espert respectivamente. La ultraderecha liberal son una fuerza colectora de votantes de derecha de JxC y de votos bronca ante la elevada inflación (52,1% interanual) en curso. No obstante, todo hace prever que votarán en sintonía con JxC en el Congreso.

Según información oficial la participación del electorado alcanzó el 71%, cinco puntos más que en las primarias, con lo que se convierten -a excepción de 200- en unas de las más bajas participaciones electorales desde 1983. Más de 10 millones de empadronados no se presentaron a votar, siendo el voto obligatorio. Al ausentismo se le sumaron cerca de 1,1 millón de votos en blanco o impugnados. A diferencia de 2019, cuando fueron las elecciones presidenciales, se evidencia que el descontento social –que arrastra varios años de crisis económica- no se canalizó a través de la contienda electoral.

El ajuste del Fondo

En la noche de las elecciones, mientras se conocían los resultados electorales, a través de un mensaje grabado Alberto Fernández convocó a la mayoría parlamentaria la oposición de derecha y a los representantes del FdT– a apoyar el acuerdo con el FMI.  Anunció que enviará al Congreso en los primeros días de diciembre un programa económico de varios años que denominó: “Programa Económico Plurianual para el Desarrollo Sustentable”.  Este programa –del que todavía se desconoce su contenido concreto– “contemplará los mejores entendimientos que nuestro gobierno haya alcanzado con el staff del FMI en las negociaciones que lidera nuestro ministro de economía, Martín Guzmán, sin renunciar a los principios de crecimiento económico e inclusión social a los que me he referido previamente».  Pero está claro que el FMI no tiene intenciones de flexibilizar sus exigencias, no aceptó prorrogar los plazos de repago 20 años, ni eliminar la sobre tasa que cobra por el excesivo endeudamiento.

Desde el Frente de Todos insisten en que el acuerdo con el Fondo se realizará “preservando el crecimiento económico y la inclusión social”.  Pero en concreto el gobierno busca un acuerdo para pagar una deuda fraudulenta que financió la fuga de capitales (como denunció el Banco Central  https://www.elcohetealaluna.com/los-100-de-macri/) y la campaña presidencial del Ingeniero Macri

(https://www.infobae.com/politica/2020/07/28/un-asesor-de-trump-revelo-).

Por ahora no se conocen los detalles del acuerdo con el FMI (las negociaciones son secretas), pero lo que está claro es la injerencia del organismo en la formulación de la política económica del gobierno actual y de los futuros –sean del color que sean–; la que se reducirá a la implementación de las consabidas recetas de ajuste: déficit fiscal (recortes en educación, salud, viviendas, infraestructura, etc.), liberar el mercado cambiario y devaluar, aumentar las tarifas de los servicios públicos y la puesta en marcha de las contrarreformas estructurales: reforma laboral, previsional y tributaria, que supongan más recursos para que el Estado pueda comenzar a pagar en 2026 los U$S 45 mil millones pendientes. No por casualidad, el ex ministro de economía del macrismo, Nicolás Dujovne expresó: “lo mejor que hicimos fue dejarles al Fondo Monetario Internacional”.

El gobierno intenta convencer de que, una vez cerrado el acuerdo con el Fondo, vendrán inversiones y un rebrote de la economía que se derramará sobre todos los sectores. Pero según información del periódico Ámbito (26-11-2021) que pudo “reconstruir de distintas fuentes al tanto de las conversaciones, el Fondo, como es habitual en sus recetas, exige un pronto tránsito al superávit fiscal vía ajuste y un acelerado ritmo de acumulación de reservas para garantizar el repago de la deuda. Así, le advierte al Gobierno que una reactivación económica rápida iría a contramano de esa premisa”.  Un crecimiento del PBI mayor al 2,5%, para el Fondo, impulsaría las importaciones y ralentizaría la recuperación de las reservas.  Es decir, ajuste, devaluación y estancamiento económico es lo que promueve el FMI para los próximos años.

La organización popular la única alternativa a los ajustes fondomonetaristas

A 20 años de la crisis del 2001, se profundiza la pobreza (40%), el desempleo y la precarización laboral. Los salarios pierden poder adquisitivo por cuatro años consecutivos, según revelan cálculos del CIFRA-CTA la caída de los salarios es mayor que hace 20 años “mientras entre el Tequila y 2001 la participación de los sueldos en el ingreso bajó del 40% al 35% y luego volvió al 40%, ahora viene de desplomarse en seis años del 52% al 40%”

(https://www.baenegocios.com/columnistas/El-metaverso-feliz-del-Fondo-Monetario-que-no-ajusta-20211111-0178.html).

El ajuste fondomonetarista sólo agudizará aún más los niveles de pobreza, indigencia, precarización laboral y desempleo, sólo augura tiempos sombríos y de incertidumbre para quienes vivimos de nuestro trabajo.  Es un Déjà vu con la crisis social de hace 20 años. Pero si algo nos ensañaron las movilizaciones del 2001, es que la respuesta a los problemas sociales sigue transitando por la organización y la lucha solidaria, soberana y transformadora de las y los trabajadores y de todas las y los oprimidos que resisten en las calles, los barrios, los sindicatos, los territorios y las organizaciones populares a las permanentes embestidas del capital sobre el presente y futuro de los pueblos.


* Argentina, GT Crisis y Economía Mundial, coordinadora.

Argentina: la lucha feminista. Los Derechos sociales se conquistan en las calles

Gabriela Roffinelli*

Fuente: Sabes.cl

El próximo 8 de marzo, habrá movilizaciones –con limitaciones impuestas a raíz de la pandemia– de una cantidad innumerable de agrupaciones, gremios y colectivos feministas en el mundo entero contra la precarización de la vida, los feminicidios, el acoso, la violencia patriarcal, por la legalización del aborto, por la igualdad de derechos laborales y en todos los órdenes de la vida.
Particularmente, en Argentina el 8 de marzo se festejará la reciente promulgación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Resultado de la incansable lucha de las mujeres en contra del aborto clandestino, unos 450 mil por año que han cobrado miles de vidas, mayormente, de mujeres y niñas que provienen de familias trabajadoras y pobres. Exponiendo que el acceso a la salud sexual y reproductiva de calidad está marcado por una dramática desigualdad de clases.

El próximo 8 de marzo, habrá movilizaciones –con limitaciones impuestas a raíz de la pandemia– de una cantidad innumerable de agrupaciones, gremios y colectivos feministas en el mundo entero


El tratamiento de la Ley del aborto era una de las promesas de campaña del actual presidente Alberto Fernández, pero ante la profundización de la crisis económica y sanitaria manifestó públicamente su intención de postergarla para el 2021: “no es el momento”. Pretendía evitar abrir un frente de disputa con sectores aliados a su gobierno cercanos al Papa Bergoglio, quién justo antes de que se abriera el debate en la cámara de diputados expresó “el Hijo de Dios nació descartado para decirnos que toda persona descartada es un hijo de Dios”. Sólo la presión popular obligó al presidente a cumplir con su promesa electoral en su primer año de mandato.
Desde 1921 el código penal reconocía el aborto en casos de violación o de peligro para la vida y la salud de la mujer, pero la implementación de ese derecho sólo se ha realizado de forma excepcional, después de sortear muchos obstáculos. El 8 de marzo de 1984, finalizada la dictadura militar, se realizó la primera marcha en favor de la legalización del aborto y de ahí continuaron ininterrumpidamente los encuentros, campañas y movilizaciones. En los años 90 se realizó la primera presentación de un proyecto de ley. Sin embargo, recién en 2015, el debate ganó fuerza en favor de la aprobación de la mano de las protestas en contra de los feminicidios, que dio lugar al movimiento Ni una menos. Se comenzó a denunciar las múltiples caras de la violencia de género, entre la que se encuentra la de negar el derecho a la interrupción del embarazo a niñas y mujeres abusadas sin recursos económicos en los hospitales públicos, obligándolas a gestar y parir, muchas veces, poniendo en riesgo sus vidas.
La conquista de la legalización del aborto constituye un valioso aprendizaje para las nuevas generaciones acerca de que los derechos sociales se conquistan con la organización popular y otorga fuerza a las miles de mujeres de Nuestra América que luchan en pos de que el aborto deje de ser clandestino y penalizado en sus países.
Al mismo tiempo, proliferan las manifestaciones contra los feminicidios frente a la “¿inoperancia?” de las instituciones del Estado. Sólo en los primeros 23 días del 2021, en Brasil se registraron alrededor de 50 víctimas de feminicidio, una media de cuatro mujeres muertas por día. Entretanto en Colombia, durante las dos primeras semanas del 2021, 18 mujeres fueron asesinadas. En México un promedio de 10 mujeres diarias son víctimas de feminicidio. Y en Argentina, en los primeros 40 días del año ya se registraron 44 casos de feminicidios a razón de una mujer cada 22 horas. El confinamiento impuesto por la pandemia implicó un aumento significativo de la violencia contra las mujeres. Indudablemente, el rechazo a los feminicidios, los abusos y la violencia de género será uno de los motivos convocantes centrales para este 8 de marzo en toda la región.

recién en 2015, el debate ganó fuerza en favor de la aprobación de la mano de las protestas en contra de los feminicidios, que dio lugar al movimiento Ni una menos


En toda Nuestra América se advierte que las luchas feministas avanzan con fuerza contra la discriminación, la desigualdad y la violencia de género y seguramente se lograrán en el mediano plazo importantes mejoras en las condiciones de vida de las mujeres. Es cierto, que el feminismo no implica necesariamente posiciones anticapitalistas y mucho menos socialistas, no obstante, las luchas feministas que apuesten a terminar de raíz con las múltiples opresiones y desigualdades reinantes tendrán que articularse con la vida social, es decir con el corazón de las relaciones sociales — relaciones de explotación y dominación de seres humanos y naturaleza— que conforman nuestras sociedades capitalistas periféricas.
Como señala Ellen Meiksins Wood “el capitalismo podría sobrevivir a la erradicación de todas las opresiones específicas de las mujeres por su condición femenina, mientras que, por definición, no podría sobrevivir a la erradicación de la explotación de clase” (Democracia contra capitalismo, 2000). Esto significa que el orden social capitalista se nutre de múltiples opresiones: de género, étnicas, culturales y otras muchas, sin embargo, no tiene necesidad estructural específica de ellas para su reproducción.
Estamos atravesando tiempos históricos de gran incertidumbre. La pandemia del coronavirus expuso una de las caras más duras de la crisis civilizatoria a la que nos arrastra el capitalismo contemporáneo. Pese a las múltiples advertencias acerca de la proliferación de las enfermedades virales, los países no estuvieron preparados para enfrentar la pandemia porque la salud de millones de personas no depende de criterios humanitarios, sino de las “furias del interés privado”, de los negocios de las corporaciones. Que “como en cualquier esfera de la producción, lo único que importa es producir plusvalor, apropiarse, en el producto del trabajo, de determinada cantidad de trabajo impago” (Marx, El Capital Tomo III, pág. 247).
Asimismo, no estamos ante una crisis económica coyuntural más, una etapa previa a un gran “reinicio” de prosperidad, como promete Klaus Schwab Presidente Ejecutivo del Foro Económico Mundial. Estamos ante una crisis estructural que el capital viene arrastrando desde la década de los 70s del siglo pasado y que se manifiesta con todo dramatismo en la degradación de las condiciones sociales de vida para la gran mayoría de los pueblos y de la clase trabajadora (Samir Amin, Más allá del Capitalismo Senil, 2003).
Lo excepcional del momento histórico que atravesamos nos recuerda la exhortación de la revolucionaria alemana-polaca Rosa Luxemburgo frente a la Primera Guerra Mundial: “aquí el capitalismo descubre su cabeza de cadáver, aquí confiesa que su derecho a la existencia ha caducado, que la continuación de su dominación ya no es compatible con el progreso de la humanidad” (La crisis de la socialdemocracia “El folleto de Junius”). Rosa comprende dramáticamente que la verdadera disyuntiva a la que se enfrenta la humanidad no es “civilización o barbarie”, sino “socialismo o barbarie” porque la civilización moldeada por el capitalismo no ofrece alternativa humanista posible, sólo en una civilización construida sobre las bases del socialismo es posible un futuro para la humanidad. Por tanto, urge que las múltiples luchas por la emancipación del género, como así también, por la igualdad social, por los derechos democráticos, contra la devastación ecológica, por la autodeterminación y muchas otras confluyan con la meta socialista por la emancipación humana.

* Argentina, GT Crisis y Economía Mundial, co-coordinadora. Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas. Miembro de SEPLA.

Tiempos de pandemia y de crisis de la civilización capitalista

Sin duda, la pandemia nos ha enfrentado a la naturaleza profundamente inhumana del orden social capitalista.

Gabriela Roffinelli

Mucho se ha escrito en estas semanas acerca de la pandemia del COVID-19 y de sus correlatos económicos, políticos y sociales. Sin duda, la pandemia nos ha enfrentado a la naturaleza profundamente inhumana del orden social capitalista. La pregunta es si la constatación de la barbarie a la que estamos siendo arrastrados alcanzará para movilizarnos y aplicar el “freno de emergencia”, como alertaba W. Benjamin.

La pregunta es si la constatación de la barbarie a la que estamos siendo arrastrados alcanzará para movilizarnos y aplicar el “freno de emergencia”

Si bien, por ahora, nos falta mucha información acerca del origen del COVID-19, es seguro que la pandemia es producto de la crisis capitalista: a) de las décadas de políticas de ajuste que han desmantelado los servicios públicos de salud y de investigación médica y farmacológica en la gran mayoría de los países (donde los hubo, claro está) y b) de la expansión de relaciones sociales de producción, distribución y consumo regidas por las exigencias de valorización del capital, no por mejorar la calidad de vida de la mayoría de la población, sino basadas en su creciente explotación.

La mayoría de los países, donde se desmantelaron y mercantilizaron los servicios de salud pública, tuvieron poca capacidad de reacción frente a la pandemia, dado el precario estado de los centros de salud: falta de camas, respiradores, mascarillas, guantes y, fundamentalmente, la reducción de las plantillas del personal de la salud.  Se multiplican en varios países los testimonios desgarradores de médico/as y enfermero/as que nos dicen, por ejemplo, que ante la falta de respiradores “elegimos a quién tratar y quién no, según la edad y las condiciones de salud”.  Y todavía no tenemos casi información acerca de cómo se desarrolla el COVID-19 en sociedades como las africanas con sistemas de salud inexistentes, sin infraestructuras básicas, cuyas poblaciones padecen años de desnutrición crónica y de convivencia con enfermedades, como la malaria, el sida, la tuberculosis y otras enfermedades tropicales. La ONU estima que el coronavirus podría ocasionar en esa región hasta 300 mil muertos y arrastrar a 27 millones a la pobreza extrema.

Situación que se agrava, además, por el desmantelamiento de la investigación médica pública que ha quedado en manos de laboratorios privados, es decir bajo criterios de rentabilidad no bajo criterios de bien público. Los oligopolios de la industria farmacéutica no tienen interés en realizar investigaciones no rentables sobre las enfermedades infecciosas que, hasta ahora, afectaban mayormente a los pobres del continente africano y asiático.

En EUA, de las 18 grandes compañías farmacéuticas, 15 han abandonado por completo el campo de la investigación y desarrollo de nuevos antibióticos y antivirales.  Se orientan a campos más rentables, como las medicinas para el corazón, los tranquilizantes adictivos y los tratamientos para la impotencia masculina. (Davis, La Jornada 13/04/20).

Pero decíamos al comenzar, la pandemia se consecuencia del desmantelamiento de los servicios públicos de sanidad y del abandono de las investigaciones médicas en pos de su mercantilización, pero también de la propia mundialización de las relaciones de producción capitalista, que encierran una dinámica de destrucción (no solo por guerras) que pone en peligro los fundamentos naturales de la vida humana en el planeta.   

Por un lado, las prácticas productivas se hacen cada vez más con base en el despojo del medio ambiente, con la contaminación del aire, el agua potable, los suelos, el calentamiento global, la destrucción de los ecosistemas y de la biodiversidad que multiplican las catástrofes mal llamadas “naturales”: sequias, inundaciones, incendios incontrolables, huracanes, etc. etc. Por otro lado, la mundialización capitalista multiplica, no sólo la circulación de capital y mercancías, sino también de enfermedades, de virus y de bacterias a una velocidad inusitada y, como señalan los biólogos Lewontin y Levins, si el sistema público de salud de una nación ya ha sido diezmado por el ajuste estructural de la economía, entonces la explicación completa de la epidemia incluye al virus y al Banco Mundial.

En estos días, el FMI pronostica que la crisis global económica del coronavirus será la más profunda desde la Gran Depresión.  Según su presidenta, Georgieva “hoy, el mundo teme el peor derrumbe económico en 80 años, en una crisis sanitaria y económica a la vez, que afecta al lado de la oferta y de la demanda, y que ha castigado a todas las grandes potencias. Una crisis como ninguna otra”.

En los artículos publicados en la anterior edición de Nuestra América XXI y en el Observatorio de COVID-19 de CLACSO, compañeros del GT de Crisis y Economía Mundial, como Katz, Guillén, Gambina, Días Carcanholo, Rojas y Arrizabalo, entre otros, señalaban con abundantes datos que la actual crisis mundial no la produjo la pandemia, sino que ésta adelantó la crisis en curso, cuyas raíces se encuentran en los límites históricos que enfrenta el capital global para su valorización.  Asimismo, se pone en evidencia que entraron en crisis las políticas de liberalización del orden capitalista, llamadas neoliberales, que fueran la respuesta de las clases dominantes ante la crisis de rentabilidad de los grandes capitales a fines de los años 60 y comienzos de los 70.

¿Cómo será el día después de la pandemia? Los representantes del establishment económico mundial proponen una mayor intervención del Estado para paliar la crisis. La editorial del Financial Times pide “reformas radicales”. Y, en el Washington Post, McArdle pide: “Subsidiar todo”.  ¿Pero es factible pensar en un cambio de rumbo pos pandemia en el sentido de reeditar estrategias fiscales redistributivas? Resulta legítimo preguntarse si los poderes dominantes del capital mundial, regidos por lógica de superar los problemas de rentabilidad, ¿estarían dispuestos “por buena voluntad” a la aplicación de políticas distributivas? O ¿sólo están pidiendo un salvataje para las grandes empresas (frente a sus competidoras chinas) como aconteció durante la crisis de 2007/2008?

La crisis del capitalismo no es una crisis económica, financiera y sanitaria coyuntural, sino una crisis del sistema en su conjunto.  Una crisis civilizatoria de sociedades que se constituyen sobre relaciones sociales regidas por la lógica de los negocios, por la maximización de la rentabilidad del capital.  En palabras de Marx, de sociedades en donde individuos recíprocamente indiferentes constituyen su nexo social a través del dinero.

En estos días, el modelo de sociedad capitalista por antonomasia, Estados Unidos, muestra imágenes dramáticas de fosas comunes con miles de muertos y una total desaprensión por el cuidado de los pobres que no pueden pagar los servicios de sanidad.   Al mismo tiempo, la principal potencia imperialista, como parte de sus criminales intentos por lograr su recomposición económica y política en la hegemonía mundial, profundiza su presencia militar en Nuestra América, envía tropas a las fronteras de Venezuela y mantiene el bloqueo criminal contra Cuba. En contraste, la isla envía médicos a Italia, España, Haití y muchos otros países.

La crisis se descargará sobre las poblaciones laboriosas, que sufriremos, aún más, la explotación laboral, la desocupación, la marginación, el deterioro de las condiciones de vida, la pérdida de derechos sociales y el despojo de nuestros bienes comunes. En estas semanas asistimos a reducciones de salarios, suspensiones masivas, aumento del desempleo, aumento de los índices de pobreza e indigencia a nivel global. Es posible que muchos gobiernos pretendan afianzarse, en una clara deriva conservadora, con más control social a través de la tecnología, pero también con fuerzas represivas en las calles.

Las rebeliones populares, no es que sigan latentes, sino que se mantienen pese a las mayores dificultades con el aislamiento preventivo

Pero nada es definitivo. Las rebeliones populares, no es que sigan latentes, sino que se mantienen pese a las mayores dificultades con el aislamiento preventivo, como los episodios en Argentina de protestas de trabajadores frente a los despidos de empresas y de  movilizaciones en demanda de alimentos para asistir a los comedores populares, en Italia o España los trabajadores que se niegan a trabajar sin las medidas de protección básicas o en Colombia con las protestas de los trabajadores informales en reclamo de apoyos económicos por parte del gobierno. Y seguramente irán en aumento frente a la magnitud de la crisis en curso.

La crisis (económica y sanitaria) hace palpable que nos encontramos ante el abismo capitalista.   Hoy más que nunca, socialismo o barbarie.

Ante las salidas gatopardistas de las clases dominantes, urge la acción organizada e independiente de los de abajo en pos de una vida digna para las grandes mayorías.  La crisis (económica y sanitaria) hace palpable que nos encontramos ante el abismo capitalista.   Hoy más que nunca, socialismo o barbarie.

Gabriela Roffinelli, argentina, coordinadora del GT de Crisis y Economía Mundial. Miembro de SEPLA y FISyP.