De pandemias, mujeres y flores

Yeny Paola Suarez*
Monika Meireles**

Las mujeres que luchan se encuentran": una guía sobre feminismo  latinoamericano - LatFem
Fuente:LatFem

La doble o triple jornada laboral de las mujeres no es algo novedoso. Salir al mercado laboral, y, luego de completar su jornada, regresar a casa y asumir el rol no remunerado de cuidado de la familia es el pan diario de la gran mayoría de nosotras. En tiempos de excepción, como en el confinamiento generalizado que la pandemia ha provocado, “estar en casa” se convirtió, para las mujeres, en sinónimo de la sufrida confluencia en un solo espacio de la jornada remunerada y de la jornada de trabajo no remunerado; a la que se agregó el cuidado de los niños en la escuela televisiva o por internet. Se traslaparon las esferas personales con las profesionales y el resultado solo podría ser uno: mujeres agotadas.
Sin embargo, por más doloroso que sea el escenario arriba descrito, este continúa siendo la expresión de la cotidianidad de mujeres que cuentan con cierto “privilegio”, pues son parte de la minoría de la población económicamente activa que ha podido migrar su actividad remunerada a la modalidad remota. Por ejemplo, el “teletrabajo” – “Zoom-chamba” en un castellano mexicano ya más fiel a la realidad digital – es imposible de ser realizado por la gran mayoría de trabajadoras del sector informal. Y no nada más eso, incluso trabajadoras del sector formal, tanto del segmento productivo como de los servicios, tampoco han visto posible llevar a sus casas el trabajo.

entre los efectos de la pandemia podemos esperar un importante retroceso en el proceso de fortalecimiento de la autonomía de las mujeres y de profundización de las distintas formas de desigualdad de género que acometen a la región


De hecho, en un reciente informe especial publicado la Comisión Económica para la América Latina y El Caribe (CEPAL), titulado “La autonomía económica de las mujeres en la recuperación sostenible y con igualdad”, la institución vaticina que entre los efectos de la pandemia podemos esperar un importante retroceso en el proceso de fortalecimiento de la autonomía de las mujeres y de profundización de las distintas formas de desigualdad de género que acometen a la región. Entre los elementos que contribuirán a esos resultados esperados, en términos económico-sociales, se encuentran: a) el incremento de la feminización de la pobreza, con la significativa presencia de las mujeres encabezando los hogares en situación de pobreza; b) el desempleo azotando de manera más intensa a los puestos de trabajo femeninos; y c) las mujeres son la presencia mayoritaria en el sector informal.
Por el mismo informe, nos enteramos que el 56,9% de las mujeres en América Latina está trabajando en sectores económicos más vulnerables –restaurantes, hoteles y comercio en tiendas físicas– en los que se anticipa que serán los más afectados negativamente por la pandemia, tanto por el cierre de puestos de trabajo como en términos de reducción de ingresos. Siguiendo la misma fuente, las mujeres son la vasta mayoría de los trabajadores en el servicio doméstico remunerado en la región y el 76% de ellas no cuenta con ningún tipo de cobertura de protección social.
Además, podemos preguntarnos: ¿quiénes están asumiendo la limpieza, ahora exhaustiva, de los lugares de trabajo (oficinas, bancos, hospitales, fábricas, almacenes etc.)?, ¿quiénes asumen el cuidado de las familias cuando se enferman y deben recuperarse en casa?, ¿quiénes asumen ahora roles de maestras y responsabilidades educativas de hijos e hijas en las condiciones de confinamiento?, ¿qué pasa con las mujeres que no pueden trasladar su trabajo a la casa?, ¿de qué manera la pandemia agudiza la situación de las mujeres que viven de la informalidad o que simplemente deben vivir de lo que su trabajo genera a diario?
Desde muchas perspectivas podemos situar las múltiples formas en que se expresan las tareas del cuidado que, como vemos, son esenciales para la reproducción social y que se encuentran bajo nueva carga de tensión con la crisis provocada por la pandemia. Si antes existían grandes desigualdades en la división sexogenérica del trabajo, con la pandemia se ha agudizado la brecha laboral, multiplicado las actividades del cuidado y las varias expresiones de la violencia de género. Incluso podemos dar un ejemplo de asimetría con corte de clase al interior del género: las mujeres de los sectores populares no suelen acceder al mercado de los cuidados, por lo que la posibilidad de “tercerizar” los cuidados es un privilegio exclusivo de quienes tienen capacidad de pago.
Ahora, si pensamos en un caso en específico para entender un poco mejor la situación de las trabajadoras en nuestro subcontinente, quizás nos quede más claro la compleja trama de desigualdades de género que la pandemia vino a profundizar. Así, nos vamos a detener en el análisis del caso en la cosecha de flores en la periferia de Bogotá. Para entender cómo la pandemia significa el claro empeoramiento de sus condiciones de trabajo remunerado y de sobrecarga en las actividades de cuidado, queremos recuperar inicialmente en qué condiciones se daba su doble jornada en el periodo pre-pandemia; a propósito del pasado 14 de febrero, día internacional de las y los trabajadores de las flores, resignificando la fiesta de San Valentín festejada con flores provenientes de la precariedad laboral y el abuso de los bienes ambientales de las zonas donde se cultivan.
La agroindustria de las flores es uno de los sectores más fuertes de la economía colombiana, representa uno de los productos privilegiados en los más de 16 Tratados de Libre Comercio (TLC) firmados por Colombia. Esta industria representa una de las principales fuentes de empleo de la Sabana de Bogotá, la cual cuenta con al menos 75 mil hectáreas sembradas. A este sector generador de empleo acceden principalmente mujeres que trabajan en áreas de siembra, corte y empaque de flores para la exportación.
Desde hace varios años, organizaciones sindicales y sociales han denunciado las condiciones de explotación en las que se encuentran las personas que trabajan en este sector de la agroindustria, denuncias principalmente sobre sus condiciones de salud por exposición a agrotóxicos, largas jornadas laborales con movimientos repetitivos, cambios bruscos de temperatura, entre otros, que desmejoran considerablemente sus capacidades laborales; esto sumado a bajos salarios y condiciones de contratación precarizadas con limitada o nula posibilidad de sindicalización. Sin embargo, eso no significa que ellas no estén organizadas. De hecho, la Red Popular de Mujeres de la Sabana son una muestra del poder de organización de las trabajadoras y extrabajadoras de las flores.
Son difíciles las condiciones de las mujeres que trabajan en este sector, sobre todo por las actividades que desempeñan. Por un lado, el trabajo remunerado: las mujeres que trabajan en esta industria parten del cuidado de las flores desde que se cultivan, pasan por todo el proceso hasta su exportación para llegar finalmente a los festejos de quienes la consumen, en un ciclo de actividades que se caracteriza por recibir bajos salarios. Por otro lado, podemos nombrar el trabajo cuidado de estas mujeres al llegar a sus hogares.
Las mujeres que trabajan en esta industria son mujeres de sectores populares, muchas de ellas, responsables absolutas de la economía de sus familias (“madresolterismo”), y, por lo tanto, protagonistas principales del cuidado. Y no se trata solo de eso, la situación general de la pandemia y la movilidad diaria a sus trabajos las pone en riesgo a ellas y sus familias, y en esta situación de crisis sanitaria y económica, se agudizan las condiciones laborales precarias en las que se encuentran en la medida en que deben aceptar negociaciones cada vez más desfavorables por tener algún sustento.

La agroindustria de las flores es uno de los sectores más fuertes de la economía colombiana, representa uno de los productos privilegiados en los más de 16 Tratados de Libre Comercio (TLC) firmados por Colombia


Como vemos, el mundo de los cuidados se mueve, es un abanico enorme de perspectivas desde donde podemos analizar esta relación social y económica de los patrones patriarcales que sostienen un modelo capitalista en crisis, que en el contexto actual de COVID-19 ha demostrado la centralidad de este tema, develando que el rol tradicional de las cuidadoras sigue estando presente en gran parte de los núcleos familiares y sociales.
Finalmente, vemos como, particularmente, en este 8 de marzo tendremos una conmemoración de la lucha de las mujeres cargada de cifras lamentables. Desde que comenzó la pandemia se han disparado las llamadas de emergencia de atención por violencia y los casos de feminicidio aumentaron, lo que nos muestra que el maltrato en los hogares permanece arraigado, es decir, esta sobre carga de labores del cuidado en los hogares sin reconocimiento económico y social viene, para muchas mujeres, acompañada del temor de ser maltratadas en sus propias casas. Lo que nos demuestra que nuestra labor como académicas y activistas es multiplicar nuestra participación en los movimientos feministas, presionar e insistir en políticas públicas que mejoren la situación de las mujeres, deteniendo el retroceso en derechos que la pandemia está agudizando y promoviendo una agenda de acción realmente comprometida con la disminución de las desigualdades de género.

* México, Maestrante en el Programa de Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional Autónoma de México (PPELA-UNAM).
** México, GT Crisis y Economía Mundial, Investigadora del Instituto de Investigaciones Económicas (IIEc-UNAM).