Arremetida Imperial Contra El Gran Caribe

Pasqualina Curcio Curcio*

América Latina. Guerra contra el imperialismo y el coronavirus – ANRed
Fuente: ANRed

Después de 62 años de bloqueo criminal, en flagrante violación del principio de no injerencia y del derecho internacional, y a pesar del clamor de 186 países que anualmente votan a favor de levantar las mal llamadas sanciones, el gobierno de los EE.UU. en plena pandemia, arremete contra el pueblo cubano.

En el marco de una guerra no convencional, el imperialismo norteamericano ha promovido un conjunto de acciones que buscan generar desestabilización económica, social y política en la Isla


En el marco de una guerra no convencional, el imperialismo norteamericano ha promovido un conjunto de acciones que buscan generar desestabilización económica, social y política en la Isla para luego, con el poder de sus medios hegemónicos de comunicación posicionar la matriz de opinión responsabilizando al gobierno cubano y justificar ante el mundo un corredor humanitario que no es otra cosa que el eufemismo de la intervención militar. Entre 2020 y 2021 han aplicado 243 nuevas medidas coercitivas unilaterales que han derivado en escasez de alimentos y medicamentos, además de la suspensión de las remesas a familiares. Adicionalmente han promovido y financiado manifestaciones violentas en las calles que, aunque están focalizadas en 12 lugares, muestran a través de los medios como un estallido social.
A estas acciones se le suman los ataques informáticos y la manipulación de la información con calumnias y mentiras. Sin ninguna evidencia ni pruebas, los medios de comunicación hegemónicos han afirmado de la supuesta represión de los cuerpos de seguridad para controlar el orden en la Isla, hablan de desaparecidos, fallecidos y torturados. Informaciones que han sido debidamente desmentidas por los voceros de la revolución cubana, entre ellos su canciller.
Mientras tanto, a diferencia de lo que muestran los medios hegemónicos de comunicación, las calles de Cuba se encuentran en total normalidad mientras el pueblo junto con su gobierno combaten la pandemia de manera exitosa, registrando las tasas más bajas de contagio y de mortalidad a la vez que desarrollan vacunas contra la covid-19 para el mundo entero.
Paralelamente, en Venezuela, país también bloqueado y asediado en el marco de una guerra no convencional que el imperialismo inició en 1999 y que intensificó luego de la partida física del Comandante Chávez, se registró una nueva arremetida a través del intento de una incursión militar en la frontera con Colombia por parte de grupos paramilitares y terroristas (http://diariovea.com.ve/padrino-lopez), así como acciones violentas también a cargo de paramilitares en una zona de la capital (http://www.minci.gob.ve/más-de-20 paramilitares colombianos). Acompañaron estas acciones con un intento de magnicidio denunciado por el propio presidente Nicolás Maduro (https://www.vtv.gob.ve, 11-07-2021).
Hechos que se han ido desarrollando en el Gran Caribe mientras se perpetraba el asesinato del presidente Jovenel Moïse de Haití a manos de mercenarios colombianos (https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-57759824). Por su parte, y siguiendo en el Caribe, EE.UU. anunció nuevas medidas coercitivas unilaterales contra Nicaragua (https://www.telesurtv.net/2021221-0019.html).

El contexto

Esta arremetida se da en un contexto en el que el imperialismo estadounidense pierde cada vez más espacio y poder en la geopolítica mundial, tanto en los ámbitos económico, militar, energético y tecnológico, situación que ha sido visibilizada pero también amplificada por la pandemia. Es pública y notoria la incapacidad del gobierno de EE.UU. para contener la propagación de la Covid-19 en su territorio, así como, la pobreza, la indigencia y la miseria consecuencia de un sistema que ha fracasado para dar respuesta a las mayorías.
Las protestas contra el racismo, pero además la fuerte represión por parte de los cuerpos de seguridad muestra la flagrante violación de los derechos humanos en ese país. En un escenario en el que presenta la mayor deuda externa del planeta con reservas internacionales que apenas cubren el 2% de sus pasivos, esto por mencionar algunos indicadores. En contraste, países como por ejemplo China, registraron un crecimiento de su economía en 2020 y su deuda externa puede ser cubierta con sus cuantiosas reservas internacionales.
La decadencia, cada vez más inminente y notoria del imperio estadounidense se manifiesta en su desespero, que además de hacerlo cada vez más peligroso, lo ha llevado no solo a declarar la guerra comercial a China y bloquear además países como Rusia, sino a intensificar, en el marco de la Doctrina Monroe de “América para los americanos”, sus acciones contra los países de Nuestra América, en este caso, Nicaragua, Cuba y Venezuela.

Es pública y notoria la incapacidad del gobierno de EE.UU. para contener la propagación de la Covid-19 en su territorio, así como, la pobreza, la indigencia y la miseria consecuencia de un sistema que ha fracasado para dar respuesta a las mayorías.

Los objeticos y estrategias del imperialismo

No es casual esta arremetida contra el Gran Caribe, forma parte de los objetivos y estrategias anunciados por el jefe del Comando Sur Craig Faller en marzo 2021 quien afirmó ante los senadores de su país lo siguiente:
“Las amenazas al hemisferio occidental son persistentes, son reales y representan un riesgo extraordinario para nuestro país […]. Estas amenazas incluyen a potencias emergentes (ESA) como la República Popular China, Rusia e Irán que activamente buscan aprovechar las democracias incipientes y frágiles en esta región y buscan explotar los recursos de la región y la proximidad a los Estados Unidos, y Organizaciones Terroristas y de Delincuencia Organizada (TCO) que ejecutan todas las formas de actividades ilícitas para obtener ganancias a expensas del estado de derecho y, lo que es más importante, de las vidas de todos los que han sido afectados en el camino” (https://www.armed-services.senate.gob/Faller_03-16-21).
Al respecto y refiriéndose a las amenazas en el hemisferio continuó diciendo Faller “Unos actores regionales malignos dentro de nuestro vecindario, como Cuba, Venezuela y Nicaragua, perpetúan la corrupción y desafían la libertad y la democracia al abrir la puerta a las ESA y TCO a expensas de su propio pueblo. Las TCO son una amenaza directa para la patria estadounidense. No podemos enfrentarnos a tan desalentador desafío por nuestra cuenta. La única forma de contrarrestar estas amenazas es fortalecer a nuestros socios en la región, y debemos formar NUESTRO equipo para ganar esta competencia estratégica. Si nuestros vecinos son más fuertes, todos somos más fuertes.” (Idem.).
El gobierno de EE.UU. teme al avance de China en nuestra región, particularmente en lo que a lo económico se refiere, así como la presencia de Rusia que, según Faller, señaló en el mismo documento, está proyectando su poder militar en la Región con el apoyo de Venezuela y Nicaragua.
En este escenario, las estrategias de EE.UU., entre otras, según informó Faller se basan en “desarrollar la preparación y mejorar nuestras capacidades, la interoperabilidad y el conocimiento del dominio de los socios. Este es un componente vital de nuestra estrategia, lo que nos permite realizar ejercicios multidominio con nuestros socios y construir interoperabilidad y preparación que mejoran nuestra capacidad colectiva para proteger la región. Estar en el campo, con presencia en Cooperative Security Locations en El Salvador, Colombia y Curazao, y un sitio de operaciones de avanzada en Honduras, sede de la Fuerza de Tarea Conjunta Bravo (JTF-Bravo)”.
En resumen, el decadente imperialismo estadounidense se siente amenazado por la presencia de potencias como China, Rusia e Irán en la Región, en lo que siempre consideró su patio trasero y “su territorio”. Derrocar gobiernos y procesos que son malos ejemplos como Cuba, Nicaragua y Venezuela constituye el objetivo central del gobierno de los EE.UU. en estos momentos. No es casual la arremetida imperial contra el Gran Caribe, ante lo cual, los pueblos de Nuestra América debemos estar más alerta que nunca y sobre todo más unidos.

*Venezuela, GT Crisis y Economía Mundial y GT Estudios Sociales para la Salud., economista, profesora de la Universidad Simón Bolívar.

Biden Y El Gabinete Golpista Sobre Nuestra América

Anibal García Fernández*

13 tesis a propósito del trumpismo imperialista de Tillerson y su  expedición por A. Latina
Foto: Alainet

Según la Rand Corporation, de 1975 a 2018 fueron transferidos 47 billones (trillones en inglés) de dólares de la clase trabajadora estadounidense al 0.1% más rico, el cual controla el 20% de la riqueza de Estados Unidos. El país que gobernó Trump terminó 2019 con 34 millones de pobres y hacia diciembre de 2020 con poco más de 10 millones de desempleados, afectando más a la población afrodescendiente, hispana y asiática. Para 2021, The Economist estima que alrededor de 11 millones de inquilinos no podrán pagar el alquiler derivado de la larga crisis económica a la que se suma la que deja la pandemia.
En este panorama se llevaron a cabo elecciones el 3 de noviembre. El 14 de diciembre el decimonónico colegio electoral, conformado por 538 compromisarios, eligieron a Joe Biden como el próximo presidente, quién asumirá el 20 de enero de 2021, año en que el FMI pronosticó un crecimiento del PIB en 3.1% para EE.UU. (ver NA XXI, no. 49).
Cierto tipo de analistas liberales, consideran “un cambio” relevante con la llegada de Biden al poder. Sin embargo, para Nuestra América hay algunas continuidades que muestran la política imperialista hacia la región. Por lo tanto, es necesario conocer esas continuidades en la conformación del gabinete y nexos con el sector privado para desmontar la idea de cambio y visibilizar los intereses de la élite de poder que tendrá la administración Biden.

Cierto tipo de analistas liberales, consideran “un cambio” relevante con la llegada de Biden al poder. Sin embargo, para Nuestra América hay algunas continuidades que muestran la política imperialista hacia la región.

El gabinete del sector privado

Biden ha expresado su interés en “restaurar el papel del hegemón del capitalismo mundial”. Como señaló Carlos Fazio, en otras administraciones demócratas, esto ha sido al margen de la ONU y el derecho internacional (La Jornada, 30 de noviembre, 2020). Para llevar a cabo esta restauración, Biden ha conformado un gabinete que “haría historia” por su diversidad; sin embargo, casi todos son viejos conocidos de la política.
En el Departamento de Estado estará Anthony Blinken, quien pasó por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) y miembro del Council on Foreign Relations (CFR). Ha sido señalado porque apoyó el uso de la fuerza militar en Irak, Siria y Libia. Es cofundador de la empresa consultora WestExec Advisors que, según The Intercept, ha beneficiado el acercamiento entre el Silicon Valley y el Departamento de Defensa.
Avril Haines será la primera Directora de Inteligencia Nacional. Asesora de Obama entre 2013 y 2015. Fue asesora adjunta de la CIA y consejera del Comité de Relaciones Exteriores del Senado entre 2007 y 2008, cuando Biden lo presidía. Ha defendido el uso de “técnicas de interrogatorio mejorado” (tortura) y fue la responsable del uso de drones en Pakistán, Somalia y Yemen.
Jake Sullivan será asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca. Fue asesor de Biden cuando fue vicepresidente y trabajó con Hilary Clinton. Es partidario del “uso de herramientas no militares” para separar a China, Rusia y Cuba de Venezuela. La continuidad más sólida entre el establishment estadounidense es derrocar al gobierno de Caracas, empleando una batería de sanciones económicas, bloqueos, incursiones militares, propaganda, lawfare, entre otras.
Alejandro Mayorkas será el primer latino y migrante en ser Secretario de Seguridad Interna. Nacido en La Habana fue secretario adjunto de Seguridad Nacional entre 2009 y 2013. Es considerado el “arquitecto” del programa de protección de deportación a jóvenes migrantes, DACA.

Biden ha conformado un gabinete que “haría historia” por su diversidad; sin embargo, casi todos son viejos conocidos de la política.


En el aspecto económico destacan Janet Yellen, quien fuera titular de la Reserva Federal. Está propuesta para ser la Secretaria del Tesoro, siendo la primera mujer en dirigirlo desde que Alexander Hamilton fuera su primer titular en 1789. Yellen fue la encargada de normalizar la política monetaria de la FED tras la crisis financiera de 2008. Como subsecretario del Tesoro estará Adewale Adeyemo (nacido en Nigeria). Es miembro del CSIS y experto en temas de estrategia comercial y política macroeconómica y geopolítica, además es presidente de la Fundación Obama y miembro de Aspen Strategy Group y del Golden State Opportunity Foundation. Más importante aun para Nuestra América, es asesor político de BlackRock (BR), uno de los fondos de inversiones más grande del mundo y con amplia presencia en varios países de América Latina. BR fue uno de los grandes financiadores de campañas demócratas y republicanas. En 2020 invirtió 670,839 dólares en financiamiento de campañas electorales, según Open Secrets y se suman a los montos dados por sus CEO.
Como Representante de Comercio de EE.UU. estará Katherine Tai, abogada de asuntos de comercio. De ser aprobada por el congreso, sería la primera mujer con ascendencia asiática en ocupar el puesto en el marco de una guerra comercial, por recursos estratégicos con China, y la disputa por mercados en Nuestra América y África.
Por último, destaca Juan González. Asesor de campaña de Biden con quien lleva más de diez años trabajando. Es colombiano, especialista en RRII y escribe constantemente en Foreign Policy. Estudió en la American School Foundation. En 2004 trabajó en el Departamento de Estado, oficina Colombia y coincidió con Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos y otros políticos. González fue pieza clave para el ingreso de Colombia a la OCDE y la firma del TLC con EE.UU. Trabajó junto con Thomas Shannon, Arturo Valenzuela y Dan Restrepo, arquitectos de la política exterior de Obama hacia América Latina, o sea, los responsables directos de los vínculos golpistas en Nuestra América.

Continuidades hacia América Latina

Aunque Trump y varios medios internacionales hegemónicos, mencionaron que América Latina no importaba, lo cierto es que el Trumperialismo (https://www.celag.org/publicacion/trumperialismo/) le dio continuidad a algunas políticas hacia la región: continuó deportando migrantes, amplió el muro del odio con México, continuó con la guerra híbrida sobre Venezuela, Cuba y Nicaragua, profundizó las relaciones de dependencia con México, renovando el TLCAN, amplió la presencia de las empresas estadounidenses en la región y tuvo como objetivo detener la entrada de Rusia y China.
Biden, que en ocho años como vicepresidente con Obama, visitó 16 veces América Latina ha declarado que el objetivo para la región es fortalecer la democracia, combatir la corrupción y el cambio climático, promoviendo energías renovables y aumentar la presencia del capital estadounidense en la región y contener a Rusia y a China.
En un informe de CELAG (https://cutt.ly/WhCGi84) se sugieren cambios y continuidades con mayor detalle. Para terminar, es necesario un breve recuento de la Administración Obama, de la cual participó Biden y varios de sus miembros de gabinete.
En tiempos de su vicepresidencia, Biden instigó o por lo menos supo del golpe infame contra Manuel Zelaya en Honduras en 2009 (en donde estuvo implicado Tomas Shannon); el intento de golpe contra Correa en Ecuador (2010); de la remoción de Lugo en Paraguay en 2012 (en donde estuvo Liliana Ayalde como embajadora de EE.UU.); del golpe judicial y parlamentario contra Dilma en Brasil en 2014 (de nuevo con Liliana Ayalde como embajadora tras la salida de Tomas Shannon); y de las constantes sanciones y ataques contra Venezuela.
Los procesos golpistas de la década anterior, que tuvieron como objetivo, la supuesta “restauración de la democracia” tienen detrás la lucha contra la corrupción y el lawfare (https://cutt.ly/5hDDURG). De nuevo, la corrupción forma parte de los objetivos de Biden.
Serán claves los puestos dentro del Departamento de Estado, sobre todo los relacionados a América Latina, los cambios en las embajadas, así como las publicaciones de think tanks (CSIS, CFR, Atlantic Council) pues la administración Biden dependerá más de las decisiones de especialistas y burócratas repartidos en todo el aparato institucional estadounidense. Tras cuatro años de Trumperialismo (¡con 74 millones de votos!), EE.UU. profundiza sus divisiones económicas, socio-raciales, políticas y de clase.

*México, GT Crisis y economía mundial y GT Antiimperialismo: perspectivas transnacionales en el sur global. Estudiante del doctorado en el Posgrado de Estudios Latinoamericanos, UNAM.

A Domestic Assesment Of The U.s. Elections:The Significance Of The Latino Vote In 2020

Gonzalo Santos*

Por qué los demócratas no han ganado (abrumadoramente) el voto latino en  EEUU? - Infobae
Imagen: Infobae

In this first commentary, I will not assess the 2020 U.S. elections in terms of the impact it will have internationally, but focus on the domestic impact. I will address the international impact in the next commentary, with an emphasis in U.S.-Latin American relations, in general, and U.S.-Mexico relations, in particular.
I begin with the role of Latinos in this year’s elections. Recently, the L.A. Times published an article on why Latinos in the Rio Grande Valley disproportionally voted for Trump (here), giving the false impression that such outcome characterized a national Latino trend. The L.A. Times is emblematic of the national press’s sudden discovery of, and puzzlement over, the diverse Latino electorate.
Against an avalanche of flawed and alarmist articles, the fact remains that in 2020 most Latinos of Mexican-origin, Central Americans, Dominicans and Puerto Ricans –who together added up to over 83% of Latinos in 2018– did not vote for Trump, by a large margin; from the lowest pro-Trump vote rate of 23% among Mexican-origin, to 26% among Puerto Ricans, and 29% among Central Americans. The Cubans (and probably the Venezuelans and Nicaraguans) indeed went for Trump 52% but they represent a small –if overly reported– portion of the Latino electorate.
For a better understanding of what happened in 2020, contrast the mainstream media coverage with Juan Gonzalez’s sober and accurate analysis here, aired on Democracy Now!, or explore yourself the quite nuanced behavior of Latino voters here.

the fact remains that in 2020 most Latinos of Mexican-origin, Central Americans, Dominicans and Puerto Ricans –who together added up to over 83% of Latinos in 2018– did not vote for Trump


Overall, 32% Latinos voted for Trump, indeed, but that’s not remarkable if compared with Bush II and McCain, as shown in the chart below (from Juan Gonzalez’s presentation) – unless you are as flabbergasted that some Latinos voted for their immigrant community tormentor as I was when Latinos voted in similar amounts for Reagan, who was then causing a bloodbath in Central America, and later Bush II, who turned rogue after 9/11, tossed “compassionate conservatism” out the window, and only saw potential terrorists crossing the Mexican-U.S. border. What those precedents and current results tells us is that, actually, the pro-Republican Latino base –even in the Trump era– remains as reliable, hovering around a fourth to a third, as the much larger white pro-Republican vote has been since the 1970s, hovering around 50-60%.(See Graphic 1).

 What is remarkable, though, is the huge increase – 63.4%, or 8 million more voters – in the Latino voter turnout in 2020, compared to 2016.


 So where do all these facts lead us, in terms both of the Latino electorate and the overall dynamics and outcome of the 2020 elections? Here’s my take, summarized in ten points:

  1. The weight of the Latino electorate is now equal to that of Blacks and will only grow. This is very good news. Latinos have reached critical mass in the political life of this country, and henceforth may assert their political power more successfully.
  2. Against that assertion of Latino political power stands the very large block of white conservative voters that has also mobilized against them and other people of color in the United States. The significant growth of Trump’s voters in 2020 is almost entirely attributed to the lion’s share of the almost 6 million extra white voters in 2020, whereas the even larger growth of Biden voters (compared to Hillary voters) is almost entirely attributed to the lion’s share of the 8 million extra Latino votes, the 3.5 extra Black voters, and the 900,000 extra Asian voters, who together add up to an impressive 12.4 million extra voters of color. It was this huge avalanche of extra voters of color – twice that of extra white voters that flipped AZ, PA, GA, MI, MN, who came out to vote in huge numbers in the great urban centers (Phoenix/Maricopa, Philly, Atlanta, Detroit, Minneapolis), overwhelming the extra white voters that also came out to vote in the sea of red rural counties surrounding them.
  3. That the majority of Cuban/Venezuelan/Nicaraguans voted for Trump and the GOP may be mostly attributed to the enduring legacy of cold war ideology in these communities, above and beyond their own social and material interests (cut of family remittances or travel, denial of asylum or TPS rights, dealing with rampant anti-Latino xenophobia, etc.). It’s as absurd as if the Mexican American vote would still be defined by the Porfirian exiles who came as a result of the Mexican Revolution, but it is what it is. The Cubans, Venezuelans, and Nicaraguans held up in terrible refugee camps on the Mexican side of the border, blocked from even applying for asylum or TPS, and deported back to their countries, have their American ethnic compatriots to thank for that! (Gráfica 2).
  4. The much smaller pro-Trumpian vote among Mexican/Central American/non-Cuban Caribbeans is mostly attributed to the enduring appeal of patriarchal ideology (the sizeable gender gap between Latino and Latina voters is due to the still strong vestiges of machismo and militarism/gun worship, on the one hand, and the deep culture of empathy and caring, on the other), as well as traditional conservative religious beliefs regarding women’s role and reproductive rights. There’s also the traditional Republican bent of the small, medium, and large Latino business class, as we recently witness with the CEO of Goya Foods. The good news here is that this appeal to ultra-conservatism is only noticeable among older Latino cohorts; among the younger cohorts (<45 years old), these factors vanish and the pro-Trumpian vote is miniscule (the young and middle-aged Latino preference for Bernie Sanders was strong in the primaries, in fact the highest among all ethnic groups.)
  5. There are two general take-aways from the 2020 election. One is that the American people is much more intensely politicized and mobilized, with record turnouts in the elections as well as in the street demonstrations in 2020, on both camps. The other take away is that the American people is much more intensely socially polarized by race/ethnicity along a single, bright white – non-white color line. And, with the percentage of white women who voted for Trump’s reelection growing from 52% in 2016 –despite a white woman running for president– to 55% in 2020 –despite a woman of color running for vice-president–, one can see that this color line has gotten brighter and overrides, at least for white women, gender and class (I call it toxic femininity). This is the real elephant in the nation’s room that the mainstream media is papering over with all that wishful talk of partisan reconciliation for the good of the country, without mentioning the urgent need for racial reconciliation among the bottom 99 percent, so as to address the vast inequalities that has continued to favor the mostly-white Top One Percent.
  6. The 2020 general election was fought ON THE RIGHT OF THE POLITICAL SPECTRUM, a battle not muffled or diminished by either voter suppression or the pandemic, fought between a multiracial coalition led from the center-right (the alliance of white liberals, white disaffected Republicans, and a massive block of Black & Latino voters), and a white right-extreme right coalition led by the latter. Although both grew in size and potency, the result was a draw in the balance of power.
    The most startling surprise of this election was that the Democratic Establishment strategy of running Biden as the “not-Trump candidate” –decent, empathic, capable–, reneging on or hiding from all the Sanders progressive planks, and entirely focusing on chasing those elusive white conservative voters, did not yield any tangible results. They did not peel any Trump voters away, who not only remained loyal to him, but actually grew in numbers, despite the disastrous performance, constant scandals, and appalling pandemic failure of the Trump first term. Back during the primaries, I predicted this would be the outcome if the Dems insisted in pursuing their wild-goose chase for Trumpist voters. I advocated instead building a strong united front of the center and the progressive left, led by whomever won the primaries. This appeal was repeated when Biden won the primaries, but it quickly fell on deaf ears among Biden liberals, habitually hostile to the left and too afraid of giving “socialist” fodder to the rabid right. I kept warning that going into the general election without a liberal-progressive alliance –which should have been sealed with a progressive VP choice and the announcement of a liberal-progressive Unity Cabinet– would not defeat the GOP or Trumpism, and that the Dems were risking losing the national election to Trump just to block the ascent of progressive politics in America. I was proven right on the first count, sadly, and almost proven right on the second, too close for comfort. I am relieved Biden won by slim margins in the flipped states that gave him the victory, but it could have and should have been by a landslide.
  7. The incontrovertible fact of this election is that Trumpism and its main vehicle –he GOP– came out, despite Trump’s defeat, not just unscathed, but strengthened! If there ever were optimal conditions present to rout an inept, unfit incumbent president by a landslide, a tsunami of disaffected voters, and punish the party that enabled him and never dared to defy him, it was in these elections. Instead, Trump barely lost in the few flipped states –no thanks to whites, who came out ever stronger for him!– and so, the despicable Trump lackeys in the GOP not only held on to most of their Senate seats, and possibly will retain control of it, but actually grew in the House of Representatives (McCarthy does have, incredibly at this point, reason to celebrate!). But take note, liberals and progressives: an autopsy of the House results shows that all those Dems that lost their seats did not support Medicare for All, whereas all those that fought hard and won in the competitive districts did.
  8. In summation, the patent failure of the Dems to attract Trumpist white voters with their strictly centrist, conciliatory message, which did not make a dent on the disturbing resurgence of white supremacy, white nationalism, xenophobia, and even fascist ideology among an even larger sector of the white American electorate, points towards the inescapable conclusion that the only way forward in confronting and defeating this growing threat to American democracy we call Trumpism, the only way to protect, preserve and expand on the multicultural social contract that took generations of struggles to win, will be embracing new, progressive leadership willing to champion much more progressive policies, and support our grassroots, militant, social movements and collective actions.
    The main lesson is that the political center has proven incapable of stopping the rise of the extreme right and it will continue to present a menace unless an equal and opposed force rises to vanquish it. If the unjustified and obsolete chokehold liberals have on the Democratic party continues much longer, as it appears to be set for the next four years, the extreme right will effectively sabotage the Biden presidency and come back roaring to power after four years, with no one in the weakened center able or even willing to stop them, conceding defeat to neofascists “gracefully,” as they did last time with Obama/Biden.
  9. Going forward: This is the moment to celebrate the defeat of Trump, albeit dangerously narrow, weep the self-inflicted Dem setbacks in Congress, regroup all progressive social forces, and launch many new, militant, progressive campaigns and struggles –both within in the halls of power by pushing the Biden administration and the liberal Dems in Congress, state legislatures, and local governments, combined with asserting people power in the streets of America. The progressive wing of the Dems grew in strength –the Squad doubled in size!– and are more than ready to help lead the charge from the inside, if the Dem leadership don’t block them. The social movements have also matured immensely since they allowed themselves to be coopted, misled, and even betrayed by the Obama administration. Biden/Harris must understand their role and enable the left, not the right, in the next, transitional period.
    A robust, mobilized progressive electorate can and will sweep the election in 2022 and put Harris in the White House and retake Congress in 2024. There is room for centrists, of course, even disaffected, honest conservatives, but they can’t and shouldn’t attempt to lead the next phase of the struggle. They –the Dem Establishment, now surrounded on all sides by very hostile forces hell bent on blocking them– had their chance to defeat Trumpism and cobble a truly winning coalition in 2020; they failed. It’s time for them, their mild and corrupt ways, and their perennial delusions of who & what they are truly dealing with, to step aside and let the American people, under new and much more bold and courageous leadership, rise up and soundly defeat the Trumpists with a new, better vision of the future and a better blueprint to move the nation and the world forward.
  10. For many reasons, if I am to be honest after observing the failures in vision, leadership and strategy of the Democrats, I cannot say I am optimist in the immediate period ahead, what with the relentless, virulent growth of Trumpism among white folks and the persistent absence of a vision and strategy to confront and defeat it. The social movements give me much more hope they will remain scrupulously autonomous, increasingly unified, and firm on their intersectional demands. In the meantime, we shall soon see whether the Biden team returns to their old habits. Check who Biden chooses for his Cabinet –it will show whether his administration is just going to be more of the same in the increasingly dysfunctional American Duopoly, or whether real change is coming. As for Trump and his present scandalous attempts to stay in power with the pliant support of most Republicans, I believe Trump will fail, but not before laying the groundwork for waging relentless political guerrilla warfare from the outside in the Biden period. I predict that by Day One of the Biden administration, any semblance of a bipartisan honeymoon will be over and the partisan war will recommence, despite policy concessions and cabinet appointments to appease the unappeasable Republicans, with Trumpism – now 71 million strong and loyal to Trump – putting relentless pressure on both parties and the nation as a whole.
    Are you ready for that, America? Are you ready to rumble?

The main lesson is that the political center has proven incapable of stopping the rise of the extreme right and it will continue to present a menace unless an equal and opposed force rises to vanquish it.

Paisaje después de la batalla: Estados unidos y las elecciones de 2020

Jorge Hernández Martínez*

Protestas contra Donald Trump frente a la Casa Blanca en Washington.
Imagen: Público

Una conocida película polaca de 1970, Paisaje después de la batalla, presentaba un matizado panorama de incertidumbre y desconcierto, esperanza y frustración, ante la devastación que dejaba la Segunda Guerra Mundial. A través de la mirada del protagonista, se descubre que muchas cosas cambiaban, pero que otras, no tanto. La conflagración había terminado, mas el derrotado totalitarismo fascista sería sustituido por otro, de distinto signo, permaneciendo situaciones que parecían destinadas a quedar en el pasado. 

La sociedad norteamericana y las perspectivas

La situación que se dibuja en la sociedad norteamericana al terminar el proceso electoral en 2020 podría evocar un cuadro parecido. La semejanza tiene que ver más con la situación de la sociedad civil y de la cultura, que con el sistema político y la práctica gubernamental. En este sentido, las iniciativas que introducirá el nuevo gobierno se instrumentarán en un terreno de fertilidad relativa o limitada, ya que los resultados de las recientes elecciones han dejado ver, en medio de no poca ni efímera incertidumbre, que junto al predominio popular y del Colegio Electoral a favor de Joseph Biden, existe una tendencia ideológica conservadora, de extrema derecha. Ello se palpa en el respaldo recibido por Donald Trump con más de 70 millones de votos, seguido por la adhesión a su figura mediante movilizaciones públicas, proclives a la violencia, que se suman a su empeño en aferrarse a la presidencia.

los resultados de las recientes elecciones han dejado ver, en medio de no poca ni efímera incertidumbre, que junto al predominio popular y del Colegio Electoral a favor de Joseph Biden, existe una tendencia ideológica conservadora, de extrema derecha


Expresiones ideológicas como las referidas han tenido presencia anterior en la historia norteamericana, según lo muestra la segunda mitad del decenio de 2010, a punto de concluir, en los tres resultados electorales precedentes. En los casos de 2008 y 2012, a causa del triunfo y reelección, respectivamente, de Barack Obama, un presidente de piel negra, que despertó fuertes sentimientos de racismo y nativismo, se produce el reavivamiento de viejas conductas colectivas, a través de los existentes grupos de odio. Así ganan espacios los neonazis, los “cabezas rapadas” (skinheads), el Movimiento Vigilante, las Milicias, las Naciones Arias, el Movimiento de Identidad Cristiana, entre otros, que hasta entonces tenían un bajo perfil, a los que se añadió el naciente Tea Party, haciendo gala de no menos extremismo derechista. En 2016, resurgen algunos de ellos, alentados por la victoria de Trump, al sentir el amparo de un presidente que los cobijaba cuatro años atrás, y la necesidad de defenderle ahora, en 2020, ante la derrota electoral.
Las tendencias de mayor beligerancia florecen en Estados Unidos en escenarios de crisis, a causa de divisiones desde comienzos del siglo, que se entrelazan con los efectos de las que habían tenido lugar en las tres últimas décadas de la pasada centuria, en medio de diversas contradicciones.
Tales tendencias han tenido un contrapeso no despreciable, coexistiendo con las que -con raíces en los movimientos sociales, canalizando intereses y actividades de minorías étnicas y raciales, grupos discriminados por su orientación sexual, de sindicatos y de un sector del Partido Demócrata-, poseen también antecedentes en la sociedad civil y han actuado como contracara de ellas, como Occupy Wall Street, y el entramado de fuerzas de Bernie Sanders, cuando en 2016 y 2020 se proyectó como precandidato demócrata, encarnando una propuesta autodenominada socialista, que en el entorno estadounidense es calificada “de izquierda”, cuyo radicalismo reformista alcanzó una considerable capacidad de convocatoria, enfrentando tanto a la tradición política liberal como al ideario de los conservadores y de la extrema derecha. Entre las bases de apoyo electoral con que contó Biden, los seguidores de Sanders actuaron como una fuerza importante y ocupan un lugar en el tablero de posiciones políticas que el nuevo presidente tiene ante sí, bajo el signo de una crisis inconclusa, en el que se disputan preferencias e influencias.

Las tendencias de mayor beligerancia florecen en Estados Unidos en escenarios de crisis, a causa de divisiones desde comienzos del siglo, que se entrelazan con los efectos de las que habían tenido lugar en las tres últimas décadas de la pasada centuria, en medio de diversas contradicciones.


Estados Unidos se enfrenta hoy, en ese tablero, a los retos y oportunidades del cambio y la continuidad, en circunstancias marcadas por los efectos desoladores de una crisis múltiple, que no tendrá soluciones inmediatas ni sencillas, toda vez que incluye ante todo, como enorme problema humano, el de los estragos del Coronavirus, con miles de contagiados y fallecidos, en una sociedad dividida no sólo en términos partidistas o ideológicos, en cuyo estado de ánimo ha calado la cosecha “trumpista”. Junto a ello, se ubican en primer plano los estremecimientos profundos de la economía, cuya solución no es independiente del control efectivo de la epidemia, en medio de un clima social convulso, definido por conflictos y contrapuntos en torno a temas polarizantes, en los que confluyen factores espirituales, como la religiosidad y la identidad, que por definición no poseen una connotación política, pero que la adquieren, por implicación, en las contiendas electorales. En el cuadro descrito, como reacción ante las crisis, florece una ideología de extrema derecha que profundiza las contradicciones habituales, entre liberales y conservadores, en compañía de la citada proyección “de izquierda”, con la cual el “trumpismo” pretendía demonizar la imagen de Biden y la opción demócrata.
Los resultados electorales: fruto de la crisis y expresión de las contradicciones

Los resultados de las elecciones de 2020 incluyen lo que sucedió y lo que no ocurrió: Biden obtuvo el triunfo y Trump no consiguió la reelección.
El Partido Demócrata pudo recuperarse de su crisis interna, alcanzar un alineamiento alrededor de su candidato, atraer a una parte de las bases que apoyaron a Trump en 2016 y ganar espacios en determinados estados con inclinaciones republicanas. Sin embargo, no se produjo el esperado “sunami azul”, como se denominó al pronóstico que vaticinaba que los demócratas obtendrían una victoria sobresaliente. Tampoco aconteció la aplastante derrota del Partido Republicano, según se preveía, al mantener espacios significativos en el Congreso, permaneciendo su mayoría en el Senado, junto al predominio en la Corte Suprema.
La votación muy favorable a Biden fue acompañada, como ya se señaló, por una no desestimable preferencia por Trump, bastante sorprendente, si se toman en cuenta los niveles de desaprobación de su gestión de gobierno y las expresiones negativas que reflejaban las encuestas. Las manifestaciones públicas sostenidas de rechazo a la violencia racial y de crítica a la política gubernamental de Trump fueron parte del contexto en que se realizaron los comicios. Pero también se insertaban en él las reacciones fanáticas y no menos masivas de los grupos de odio que pretendían impedir o limitar las presuntas acciones fraudulentas en los centros de votación.
Al sumar y restar, puede concluirse que los resultados electorales fueron fruto de la prolongada crisis múltiple, de sus efectos acumulados y concatenados, así como expresión de las profundas divisiones existentes, no sólo en el sentido partidista, concernientes a las preferencias por uno u otro candidato, sino desde el punto de vista ideológico y simbólico. Se verificó en ellos cuán polarizada estaba la nación ante el amplio e importante abanico de asuntos: empleo, estabilidad económica, impuestos, inmigrantes, armas de fuego, seguridad ciudadana, la violencia, medio ambiente, discriminación racial, política exterior.
De alguna manera, cobra vigencia la imagen, en condiciones distintas, de la advertencia de Lincoln, en el contexto de crisis y contradicciones conducente a la Guerra Civil, pronunciada en su discurso ante la Convención Estadual Republicana de Illinois, en Springfield, el 16 de junio de1858, al decir que “una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse […] no espero que derrumbe, lo que espero es que deje de estar dividida […] se convertirá en una cosa o en la otra”.
Biden tiene ante sí un arco tal de conflictos que difícilmente pueda solucionarse con acciones como las contenidas en la Plataforma del Partido Demócrata, o con las intenciones planteadas en el discurso que pronunció al conocer su victoria, donde expresó que se había postulado a la presidencia para “restaurar el alma de la nación” y “lograr que Estados Unidos vuelva a ser respetado en todo el mundo”. Cualquier semejanza, por cierto, con las frases de Trump que prometían situar a “Estados Unidos, primero”, y “recuperar la grandeza” del país, no es simple coincidencia, si bien es válida la intención de subrayar el inicio de un nuevo camino, lo cual le ofrece una gran oportunidad. El desafío, en cambio, será el de cambiar las cosas, en un marco de decadencia capitalista, logrando que al cambiarlas, no sea más de lo mismo o todo quede igual.

*Cuba, GT Estudios sobre Estados Unidos y Profesor del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), Universidad de La Habana.

Eu: De La Rebelión Social A La Electoral*

Guerra contra Rusia y China
Foto:Infobae

Alejandro Álvarez Béjar**

La elección más importante de la historia contemporánea de EU, pues se juega la continuidad o el rechazo de un proyecto neofascista de dominación global, no dará un resultado el mismo 3 de noviembre, pues hubo más de 99 millones de votos adelantados (por correo o en casillas especiales por la pandemia), difíciles de contar rápido, lo que vuelve atractiva y probable la tentación de madrugar proclamándose victorioso al cierre del día.
Situación inédita, además, porque Donald Trump deslegitimó las elecciones por un presunto fraude y amenazó con desconocer su derrota. Esto, atizó el activismo telefónico de centenares de miles llamando a votar en estados cruciales y, de otros tantos, coordinando alertas de movilización por si Trump intenta parar el conteo de casillas o rechaza reconocer el triunfo de Joe Biden.
En el país de las encuestas, una semana antes del 3 de noviembre, la mayoría de los sondeos de intención de voto daban a Biden una ventaja promedio de 10% sobre Trump y adelantaban vuelcos históricos en Texas (que ha sido republicano durante décadas), Arizona, Wisconsin, Minnesota, Iowa y Michigan, en los que ganó Trump en 2016, además de preludiar el dominio demócrata en el Senado y un peso mayor dentro de la Cámara de Representantes. Pero dado su oligárquico sistema de elección indirecta, el resultado dependerá de los estados claves en el Colegio Electoral.

La elección más importante de la historia contemporánea de EU, pues se juega la continuidad o el rechazo de un proyecto neofascista de dominación global, no dará un resultado el mismo 3 de noviembre


Las elecciones presidenciales en EU giraron drásticamente hace meses, primero por una oleada de protestas masivas contra el racismo y la brutalidad policíaca (entre mayo y octubre), luego por agregarse el reclamo de los trabajadores “esenciales” y la población en general ante el torpe manejo presidencial de la pandemia de COVID19, después por el colapso de la economía (el PIB cayó 31.7% en lo que va del año) y la entrada de la pandemia en fase que exhibe nuevo carácter y extensión. Multiplicando la brutalidad policíaco-militar y paramilitar contra manifestantes pacíficos, Trump perpetró crímenes de lesa humanidad y selló una avalancha electoral en su contra.

Trump: ¿doble víctima del COVID19?

Trump minimizó los riesgos de la pandemia, descalificó a sus autoridades científicas en salud, retiró a EU de la OMS, trivializó la explosividad de los contagios y las muertes por el coronavirus, restó importancia al confinamiento, publicitó falsos remedios, criticó el uso de cubre-bocas y hasta se victimizó como “contagiado” y recuperado de COVID19, sin lograr empatía entre la población, más bien afianzando el repudio.
Electoralmente, comandó disrupciones: el desmantelamiento de casillas (en Kentucky las redujeron de 3,700 a menos de 200, htpps://www.democracynow.org/2020/6/22), eliminación de electores (en Wisconsin purgaron a 129 mil votantes, en su mayoría demócratas, https: http://www.truthourt.org, 29/07/2020); llenó los distritos más pobres de “observadores” supremacistas blancos para “cuidar” las casillas el día de la elección; sobre todo, apostó a desarticular algunas oficinas de correos, amenazó con quitarle presupuesto federal a ciudades gobernadas por demócratas (como NY, Chicago, Portland) y ser bastiones de la “izquierda radical”, aceleró durante años el nombramiento de cientos de jueces federales hasta culminar con prisa la nominación de Amy Coney Barrett, católica ultraconservadora, para tener mayoría en la Suprema Corte de Justicia (a la que legalmente tocaría resolver un eventual conflicto electoral); amenazó con la explosión del “terrorismo islámico” en EU, si ganaba Biden; y en Florida, alardeó su atractivo populista sobre el voto latino, diciendo que él en EU y AMLO en México, “eran las mejores opciones”.


Cuatro escenarios: batalla legal, violencia provocadora, triunfo popular, transición pactada

Quedaron así delineados cuatro escenarios poselectorales a cual más delicados y probablemente combinables: uno, insistencia en el fraude para desconocer un resultado electoral adverso a Trump y resolverlo en la Suprema Corte; dos, ataques violentos de supremacistas blancos contra fuerzas anti-Trump para provocar, intimidar, desacreditar y dividir la gran coalición electoral nacional que se ha formado, tácita o explícitamente (David Brooks, “La Mayoría Ascendente”, en “Democratizar EU: el gran reto de BLM”, La Jornada, 30/10/2020, p. 24); tres, que dada una votación arrolladora, la victoria de la coalición anti-Trump se imponga en medio de grandes manifestaciones, aún al riesgo de menores coletazos de violencia racista local y/o estatal; cuatro, que por la contundencia de la votación y un probable pacto entre las élites, ocurriera una tersa transmisión del poder.

En el corazón de la más poderosa e influyente economía, la batalla contra el neoliberalismo fascistizante está en buenas manos: jóvenes, valientes y ya experimentados luchadores. Vaya toda la solidaridad del pueblo mexicano.


Así, el 4 de noviembre comenzará otra fase crucial: contar todas las casillas y todos los votos por correo, repudiar el fraude, anular políticamente la violencia supremacista blanca, impulsar el control de la pandemia, reactivar la economía atendiendo las necesidades de los trabajadores y de los micro, pequeños y medianos empresarios, la lucha climática, desplegar una cultura de solidaridad, de reparación de daños, priorizando la destrozada vida comunitaria y las instituciones públicas: educación, salud, seguridad social, agenda con la que Biden no tiene ningún compromiso completo explícito.

Una rebelión social que devino rebelión electoral

Apenas a unos meses de haber iniciado la pandemia de COVID19 (fines de mayo hasta finales de octubre), EU vivió el movimiento social antirracista más complejo, largo y profundo de su historia contemporánea, pues llenó las calles de más de 150 ciudades y 4000 pequeños poblados, contó entre 15 y 30 millones de participantes, miles de ellos recibiendo una dosis extrema de brutalidad policíaca, militar y paramilitar, ordenada por Donald Trump supuestamente para “imponer la ley y el orden” (Álvarez, Alejandro, “La Rebelión de 2020 en EU. Un recuento desde México”, Revista del STTRM, agosto de 2020, en prensa). Se estimó que el 70% de los manifestantes tenía entre 18 y 25 años de edad, aunque en rigor fueron protestas multigeneracionales y multirraciales con negros, blancos, latinos, asiáticos, expresando su repudio total a la brutalidad policíaca, basada en un racismo institucionalizado durante décadas con una policía fuertemente militarizada, un sistema judicial sesgado en contra de la gente pobre y de color, el sistema penitenciario saturado con 2.5 millones de presos en su mayoría jóvenes negros y latinos y convertido en negocio privado gracias a iniciativa legal de Joe Biden.
Un estudio de CIRCLE, partiendo de que los “Millenials” y la “Generación Z” son 37% del electorado nacional, constató que en Florida, Carolina del Norte y Michigan los votantes menores de 29 años habían emitido 607,907 votos anticipados (700% más que los votos que los mismos votantes efectuaron en 2016) y que esos jóvenes están preocupados por el medio ambiente y el cambio climático (https://www.truhout.org/articles/1/31/2020). La rebelión social, devino rebelión electoral.
Eso coincide con el ascenso político de actores sociales crecidos en parte fuera y en parte dentro del espectro político partidista: el movimiento de defensa de la vida de los negros, (“#Black Lives Matter”), el movimiento de las mujeres por la equidad y contra la violencia de género, las luchas de los ambientalistas contra el cambio climático; y el repudio socio-comunitario a los ataques xenófobos contra los migrantes. Además, coaliciones como la “Campaña por el Pueblo Pobre”, lanzada en 2018 como espacio común en más de 40 estados “para el combate a los demonios del racismo, la pobreza de más de 140 millones de personas, la devastación ecológica, el militarismo y la economía de guerra, así como la distorsionada narrativa moral del nacionalismo religioso en USA” (https://www.poorpeoplescampaign.org/about).
Y Kayros, organización del “Centro Por las Religiones, los Derechos y la Justicia Social” (que reúne a generaciones de líderes religiosos y comunitarios), cuyos liderazgos activos son rasgos novedosos de la lucha actual, ambas demuestran que la lucha tiene espontaneidad y creatividad, pero, sobre todo, raíces histórico-sociales muy estructuradas (https://www.poorspeoplecampaign.org/about).
En el corazón de la más poderosa e influyente economía, la batalla contra el neoliberalismo fascistizante está en buenas manos: jóvenes, valientes y ya experimentados luchadores. Vaya toda la solidaridad del pueblo mexicano.

*Nota al cierre el 3 de noviembre de 2020.
** México, Profesor de Tiempo Completo y miembro del Centro de Análisis de la Coyuntura Económica, Política y Social (CACEPS), Facultad de Economía, UNAM, miembro del Comité 68 y de la dirección colectiva de SEPLA-MÉXICO.

Tío Sam: Descompuesto, Cayendo En Picada

James Martín Cypher*

Guerra contra Rusia y China
Foto: El Viejo Topo

¿Qué entendemos por una elección presidencial en los EE.UU.? Cada cuatro años la gente, bajo la premisa equivocada de que este país Dios-bendito, es el modelo para todo el mundo, andan en una locura frenética para seleccionar a un candidato entre solamente dos partidos podridos con candidatos confeccionados, sin programas o ideas. Ambos partidos gastan miles de millones de dólares en ejercicios propagandistas sin propósito o efecto.

El circo llegó

Desde afuera es un circo. Desde adentro es algo sin par: los ciudadanos volvieron a su comportamiento cuando tendrían seis años de edad, esperando la Navidad: tratan, como si fuera posible, de mandar su carta a Santa Claus, pidiendo una bicicleta flamante. Esta demencia social quedaba por unas tres semanas antes del 3 de noviembre, con las emociones inestables crecientes hasta la gran noche del día tres.
Unas semanas después todo es olvidado, para ser repetido en la próxima ronda. Dado que es “una democracia”, sin voto directo, es el barroco colegio electoral la institución que manda. Puede ser como en 2016 que el que “ganó” recibió 2.8 millones de votos menos que la candidata que perdió, o aún peor. No importa. Las instituciones sagradas, como el colegio electoral, son intocables. Así se comporta este país soberbio, es tan “magnifico” que no se puede concebir que haya que cambiarlo de fondo: no es cosa solo de re-imaginar el sistema electoral sino que hay una gama de instituciones que lo necesitan, como el mal llamado “sistema” de salud. Orquestado bajo las reglas del libre mercado, 17.7% del PIB en 2019 se gastó en salud (47% más que Canadá). Pero, no hay capacidad o imaginación para iniciar un cambio necesario.
Es el círculo perfecto de la futilidad. Las cosas no funcionan pero no se puede pensar en el cambio porque es el país ejemplar. Es la tierra de la libertad; la envidia de todos. Por lo menos nos lo dicen y se repiten aún en sus sueños.

Hundido por la pandemia

El 4 de noviembre estableció su récord de casos pandémicos —103,000. Por no entender el concepto de los bienes públicos ni el hecho de que el acceso a la asistencia médica es un derecho humano, el país quedó hundido por los efectos de la pandemia y una política no tan escondida de “cada uno para sí mismo”. Por no enfrentar la pandemia, un cuarto de millón de estos ciudadanos ha fallecido —más de 80% “ancianos” con gran incidencia entre los latinoamericanos y afroamericanos, casi todas gentes de la clase obrera, de la población “desechable”. Es el país, indiscutiblemente, número uno (como siempre) ya, ahora, cayendo en picada por sus daños autoinflinjidos. A veces un poco de esta realidad es filtrada hacia los equipos de los sobreenvejecidos escleróticos líderes del Congreso en Washington, pero en general no notan esta realidad porque de ser operativos claves del Estado nacional se encierran en una burbuja en Washington sin ser distraídos por la situación penosa cotidiana de la ciudadanía.

Atrofia

Los ejemplos posibles de la atrofia política del Congreso norteamericano no tienen límite. Pero, hoy en día, lo más llamativo debería ser el hecho de que decidieron irse de vacaciones dos semanas para celebrar el día de la Independencia (cuando las políticas fiscales de rescate implementadas en la primavera habían sido despilfarrados durante el verano). Regresando por unos días en agosto, tuvieron que tomar su derecho a otras vacaciones de casi tres semanas.
A unas semanas antes de la elección, el Congreso no había actuado. Salvo unas políticas inesperadas, improvistas y parcialmente esforzadas que fueron inventadas a regañadientes por el equipo del inquilino de la Casa Blanca (como el veto temporal a los desalojos forzados para los inquilinos que fue declarado entre septiembre y diciembre), el Tío Sam no tiene ni timón ni brújula. Con los mega-gastos Keynesianos desde abril ya gastados (unos $ 2.9 billón), a partir de septiembre algunos de los desempleados pudieron recibir 300 dólares por semana bajo el programa LWA hasta fines de octubre. Para muchos —incluyendo los 751,000 ingresados a este ejército en la última semana de octubre— ahora no hay más remedio que desnudar a Pedro para vestir a Pablo por medio de las extensiones de las cuotas mensuales de las tarjetas de crédito. El efecto neto ha sido un gran impulso en la inequidad dado que las políticas fiscales y las bizantinas de la Reserva Federal han sido captadas y entregadas al gran capital por un ejército de cabilderos y abogados en Washington, todos creados para entregar las arcas públicas a los adinerados. Hablamos en este caso de unos 2 billones de dólares reservados para los empresarios, de no contar la bolzaza desembolsada por la Reserva Federal. La generosidad de la Reserva Federal no es ninguna nimiedad, ciertamente que no lo es. Los créditos extendidos para nivelar los mercados financieros (y para engrasar palmas) han sido estimados, según el Washington Post (Whoriskey, 5 de octubre, 2020), en cerca de 4 billones de dólares.
Para los obreros era solamente de 884 mil millones de dólares ($2,695 por persona), una parte distribuida directamente a los contribuyentes y otra parte limitada para los desempleados. Del total gastado por el gobierno federal solamente 16 % fue dirigido a la salud pública. Dos terceras partes de este programa de rescate sin precedente fueron reservadas para el uno por ciento más adinerado.
Pero, por encima de los gastos directos de corte Keynesiano estaba una expansión de créditos sin par emitida por la Reserva Federal. No sería sorpresivo si la cantidad estuviera por encima de cuatro billones de dólares, dado que entre marzo y mediados de junio los holdings de la Fed aumentaron en 2.2 billones, según un análisis de la Institución Brookings publicado el 19 de junio.
El alcance del desempleo —los que han sido tocados durante la crisis desde marzo hasta medianos de septiembre, según la encuesta de Pew publicado el 24 de septiembre— es cosa sin precedente: en conjunto unos 52 millones han experimentado un periodo de desocupación. Entre ellos solamente 23 millones han vuelto a conseguir un empleo, muchos de ellos con un salario menor que antes. Pero la ruina no paró con estas cifras: los que fueron exentos de la experiencia traumática (si no fatal) de quedar sin un puesto de trabajo, en el país neoliberal sin límite, fueron, en una proporción considerable, castigados brutalmente: unos 16.6 millones trabajadores han sufrido un corte en sus horas semanales y/o una caída en su pago horario. Entonces, sin exagerar, podemos decir que, en conjunto, casi 69 millones—es decir 43 por ciento de la fuerza de trabajo empleado antes de la crisis—ha sufrido la ansiedad, la pena y la pérdida de estatus que es el destino de los que han sido echados para afuera, para ser tirados en el desguace social.

Del total gastado por el gobierno federal solamente 16 % fue dirigido a la salud pública. Dos terceras partes de este programa de rescate sin precedente fueron reservadas para el uno por ciento más adinerado.


Claro, la gracia salvadora e inesperada fue el programa de rescate del corte Keynesiano, inesperado porque una mafia de la ultraderecha en el Senado tuvo que apoyar una política expansiva impresionante. Los apoyos fueron suficientes para que más de 40% de los desempleados pudiera rebasar los salarios recibidos en el mercado laboral. Este golpe a su santo inspirador (siendo Milton Friedman o Ayan Rand), este choque contra la llamada “disciplina del mercado” se atora en las gargantas de los Senadores más poderosos; pero tuvieron que aceptar la legislación aprobada por la Casa Blanca. Por supuesto, después de unos meses, el equipo de ultraderecha del Estado regresó 180 grados y ahora aboga por una política de negligencia basada en la teoría chapucera de inmunidad colectiva junto con su odio por las políticas Keynesianas.

Weimar

Dado que, en gran medida, los salarios medianos reales crecieron más que el PIB, los obreros han tenido razones materiales para votar por el presidente Trump: entre 2016 y 2019 el PIB creció 7.7%, mientras el ingreso medio para los blancos aumentó 9.7% y el de los latinoamericanos subió 10.4%. Para los afroamericanos la cifra fue 7.8%. Era un periodo de tres años de crecimiento salarial sin par desde el llamado “auge de Clinton” entre 1992 y 2000. Por tales razones, entre muchas otras, incluyendo la creación de medio millón de puestos de trabajos manufactureros resultado tal vez de la política de “América Primero”, subió el voto para Trump entre las elecciones de 2016 y 2020.
Pero, el día 5 amaneció nublado en Washington, el jefe máximo estaba muy cerca de ser derrotado. Un elefante herido es un animal feroz. Una victoria para Biden sería estrechísima. En tal caso, va Trump a duplicar el argumento de la ultraderecha durante la República de Weimar (1918-1933, después de la derrota de Alemania en la Guerra Primera Mundial), la derrota fue una puñalada traicionera. Respaldado con casi la mitad del voto, va a culpar a los que no son “realmente Americanos”. Es decir, el aumento de 65% en el voto latinoamericano sería —según la ultraderecha— la causa de su derrota. Entonces, va a entrar en una campaña de desestabilización, con el tortuguismo en el Senado combinado con denuncias mediáticas constantes. Con una pizca de margen de victoria en el colegio electoral, los Demócratas van a presidir sin legitimidad frente a una tormenta desencadenada. Cualquier intento para ayudar al pueblo será denunciado como la ruina de la nación, si no la aparición del temido “socialismo”.
Con una deuda pública que ha crecido 31% entre julio 2019 y 2020, los Republicanos (y algunos del otro partido) van a parar el Keynesianismo. Sin eso va a caer la economía, así o asá, alimentando una oposición. Cayendo en picada, dando forma a un Weimar II, con tropas de choque envueltas en la bandera y alentadas por sus sueños étnico-nacionalistas, parece que el Tío Sam ha llegado ahora a un punto muerto que sobrepasaría por mucho las capacidades del equipo neoliberal de un presidente llamado Biden, aunque para el medio ambiente implicaría esperanzas marginales.

*Estados Unidos, Centro de Estudios del Desarrollo, Universidad Autónoma de Zacatecas.

El “Resurgimiento Americano” Que No Logró Trump*

Claudio Katz**

Foto: DW

Trump concluye su presidencia con tres crisis simultáneas que jaquean su ambición de otro mandato. Buscó utilizar el poderío geopolítico -militar de Estados Unidos para recuperar el liderazgo económico de su país. Con esa finalidad encaró durísimas negociaciones para extender al plano comercial, los privilegios monetarios que mantiene el dólar. Intentó revertir el enorme déficit de intercambios con 100 naciones, reclamó ventajas para las exportaciones y penalidades para las importaciones. Presentó esa demanda, como una insólita reparación al trato internacional injusto que afronta el coloso del Norte. Motorizó una virulenta agenda mercantilista y tensó la cuerda de todas las tratativas. Propició acuerdos bilaterales sustitutivos del multilateralismo y cuestionó ciertas normas del libre-comercio. Pero impulsó ajustes en los convenios vigentes y no un retorno al viejo proteccionismo.
Intentó aprovechar las ventajas que la primera potencia conserva en las finanzas y exigió mayor preponderancia para los bancos, los bonos del Tesoro, Wall Street y la FED. También buscó preservar la supremacía tecnológica, mediante crecientes exigencias de cobro por los derechos de propiedad intelectual. Reclamó nuevas retribuciones por las patentes, para acrecentar las ganancias capturadas con la comercialización de esos servicios.

Trump concluye su presidencia con tres crisis simultáneas que jaquean su ambición de otro mandato. Buscó utilizar el poderío geopolítico-militar de Estados Unidos para recuperar el liderazgo económico de su país.


Trump esperaba forjar un nuevo equilibrio entre los sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. Apuntaló los negocios de las empresas con cadenas de valor en otros países e incentivó también la recuperación de las compañías locales, afectadas por la competencia mundial. El primer grupo reúne a los gigantes del comercio, las finanzas, la tecnología y la comunicación (Microsoft, Google, Facebook, Amazon, City-Group, Wall Mart). El segundo sector aglutina a los proveedores del Pentágono, las petroleras, los sojeros y las empresas centradas en el mercado interno (Lockheed, General Dynamics, Exxon, Chevron, General Electric, Bank of America).
Trump apostó a forzar la sumisión de los países competidores. La contención del rival asiático fue la prioridad del magnate. China bordea el pedestal de la economía mundial, al cabo de varias décadas de asombrosas tasas de crecimiento e inversión. Trump puso fin a la amistosa relación con un socio transformado en competidor, que ahora batalla por la hegemonía mundial.
Trump trató de repetir con el gigante oriental el sometimiento que Reagan logró con Japón en los años 80. Ese país fue obligado a restringir exportaciones, revalorizar el yen y financiar el Tesoro estadounidense. Esa subordinación condujo a un estancamiento de la economía nipona, que persiste al cabo de varios experimentos fallidos de reactivación keynesiana.
El magnate también buscó afianzar las ventajas de Estados Unidos sobre Europa. Aprovechó la existencia de un aparato estatal unificado, frente a competidores transatlánticos que no logran extender su unificación monetaria al plano fiscal o bancario. Incentivó esas fragilidades para impedir cualquier desafío europeo.
Bajo la apariencia de una gran improvisación, el ocupante de la Casa Blanca concibió un ambicioso plan de recuperación de la economía estadounidense. ¿Qué logró en cuatro años?

Magros resultados

La estrategia de Trump dependía de la disciplina de sus aliados (Australia, Arabia Saudita, Israel), la subordinación de sus socios (Europa, Japón) y la complacencia de un adversario (Rusia) para forzar la capitulación de otro (China). Pero el magnate no consiguió esos alineamientos y el consiguiente relanzamiento de la supremacía norteamericana falló desde el principio.
La confrontación con China fue su principal fracaso. La acotada reducción del déficit comercial que obtuvo con la guerra de aranceles, no revirtió las desventuras de la economía estadounidense. El tablero previo se mantuvo. China aceptó mayores compras y menores exportaciones, pero no permitió la apertura financiera y el frenó de sus inversiones tecnológicas.

La confrontación con China fue su principal fracaso. La acotada reducción del déficit comercial que obtuvo con la guerra de aranceles, no revirtió las desventuras de la economía estadounidense.


Las represalias afectan seriamente a las empresas yanquis radicadas en Oriente. China es el principal mercado para el agro y para varias ramas manufactureras. Los puestos de trabajo que podrían restaurarse con protección aduanera son amenazados por esa pérdida de adquirientes en Oriente.
La batalla comercial tiene efectos tan contradictorios, como la revaluación del yuan que exige Trump. Esa valorización potencia una divisa que aspira a disputar el señoreaje internacional del billete norteamericano. Además, China no acepta acomodar su política monetaria a los reclamos de un deudor, que ha colocado el grueso de sus títulos en los bancos asiáticos.
Las dificultades para arrastrar a Europa a la confrontación con China fueron semejantes. Pero el deterioro de la relación transatlántica fue detonado por disputas más directas con el Viejo Continente.
Algunas demandas estadounidenses fueron satisfechas. Francia enmendó su proyecto de ‘tasa Google’, Alemania redujo exportaciones para mantener su tajada en el mercado automotor y varios integrantes de la Unión Europea aceptaron adquirir más soja o gas americano. Adoptaron la misma tónica conciliadora de Japón, que accedió a una mayor apertura de su mercado interno. Pero ningún miembro de la coalición occidental renunció a los contratos con China o a su participación en la Ruta de la Seda.
Los conflictos escalaron con la demanda estadounidense de ruptura comercial con Irán. Las grandes multinacionales de Francia y Alemania (Total, Renault, Volkswagen, Siemens, Daimler) vetaron la pérdida de mercado persa que exigía Washington.
Frente a tantas tensiones Trump buscó asegurar la alianza con Inglaterra apuntalando un Brexit definitivo. Pero ni siquiera obtuvo la lealtad de los británicos, que juegan su propia partida en el mundo. Las frustraciones del mandatario yanqui aumentaron con la fallida alianza que propiciaba con Rusia para doblegar a China. Ese boicot facilitó el acuerdo defensivo que finalmente concertó Putin con Xi Jinping.
Esta sucesión de fracasos quebrantó el proyecto de restaurar la “grandeza americana” a costa del resto del mundo. Trump sólo logró inducir un alivio de la coyuntura, preservando todos los desequilibrios de la economía. La pérdida de competitividad industrial persistió, con mayor deterioro del medio ambiente por la renovada explotación del carbón y el shale-oil. La desregulación financiera acentuó los riesgos de nuevas burbujas y la retracción de ingresos por los beneficios impositivos concedidos a los grandes capitalistas agravó el déficit fiscal.

Obstáculos en América Latina

Trump recordó que, para recuperar primacía en el mundo, Estados Unidos necesita exhibir poder en su propio hemisferio. Por eso asfixió a los países latinoamericanos con paquetes recargados de mercantilismo (Guillén, Arturo, “El gobierno de Trump frente a la crisis global y el estancamiento económico” en Cuadernos de Economía Crítica Año 4, no. 8, 2018).
Presionó a la Argentina con la elevación del arancel al biodiesel y difundió una lista de doce naciones infractoras de las normas de propiedad intelectual. A Brasil no sólo le impuso limitaciones al ingreso del acero y el aluminio. Demandó también la presencia norteamericana en el negocio aeronáutico y en las licitaciones de obra pública manejadas por empresas locales.
El magnate puso la lupa en la contención del intercambio comercial de China con América Latina, intentando repetir con China la política de presión utilizada para disuadir la presencia europea. El Viejo Continente negocia tratados con varios países (México, Chile) o bloques (MERCOSUR), pero sin disputar primacía con Washington. Pero ese antecedente no cuenta frente a China, que confronta con Estados Unidos a otra escala regional y mundial.
El descarnado negociante que maneja la Casa Blanca buscó motorizar en la región los tratados bilaterales que sucedieron al fracaso del ALCA. El camino estadounidense -para acaparar recursos naturales y colocar excedentes- fue desde entonces sustituido por los convenios bilaterales. El gigante yanqui comenzó a negociar acuerdos muy favorables con interlocutores débiles y dispersos.

Esta sucesión de fracasos quebrantó el proyecto de restaurar la “grandeza americana” a costa del resto del mundo. Trump sólo logró inducir un alivio de la coyuntura, preservando todos los desequilibrios de la economía.


El equilibrio entre americanistas y globalistas se verifica en el nuevo tratado T-MEC con México y Canadá, que sustituyó al TLCAN. El histriónico mandatario suscribió esa renovación luego de una intensa campaña de insultos, contra “el peor acuerdo comercial de la historia”. La nueva versión fue redactada para satisfacer las heterogéneas necesidades de las compañías yanquis.
Los americanistas de la industria automotriz lograron incrementar la porción de fabricación en suelo estadounidense. Sus pares del agro consolidaron la demolición del cultivo local de granos y oleaginosas. México ya importa el 45% de sus alimentos y consume volúmenes siderales de las sobras que acumulan las cadenas gringas.
Pero también los globalistas de los servicios (Big Data) consiguieron su parte, con las restricciones a las transferencias internacionales de datos.
A su vez las empresas farmacéuticas impusieron protecciones adicionales a las patentes y licencias.
El T-MEC buscará reducir el déficit comercial estadounidense a costa de las compañías asiáticas y europeas, que exportan desde México a Estados Unidos. Introdujo una cláusula para obstruir cualquier acuerdo comercial inconsulto de México con China. Anticipó esa presión forzando a Brasil a suspender los proyectos bioceánicos con financiación oriental. Impuso, además, el mismo congelamiento en los emprendimientos nucleares de Argentina.
Pero el T-MEC no compensa la continuada presencia regional de China, que continúa ignorando todas las demandas de desalojo, con crecientes exportaciones a Brasil, México, Chile, Perú y Argentina. Trump intentará un freno adicional a través de la letra chica del convenio.

Pero no logró extender ese sometimiento al abandono de los grandes negocios con China. Ni siquiera Bolsonaro pudo aceptar las prohibiciones contra al adquiriente del 40% de las exportaciones agro-industriales del país. Los mandatarios neoliberales soportan humillaciones, pero necesitan preservar las lucrativas actividades que Estados Unidos quiere confiscar.
Washington sólo exige sumisión frente a las atractivas ofertas de Beijing. Durante la pandemia, China envió los respiradores y medicinas que el tradicional socorrista del Norte acaparó para su propia población. Además, el viejo conflicto de exportaciones latinoamericanas competitivas con el Norte (soja, trigo, petróleo) vuelve a cobrar relevancia, frente a un comprador chino que pondera complementariedades con la economía regional. Por donde se lo mire, también en América Latina falló el proyecto de recuperación hegemónica estadounidense.
¿Fracaso parcial o definitivo?

Para lograr la reelección Trump no sólo debe disimular el incumplimiento de sus promesas. Necesita también esconder su irresponsabilidad criminal en el manejo de la pandemia. Con negacionismo e improvisación multiplicó el número de muertes, el récord de contagiados y el caos sanitario. Su figura será recordada por la indiferencia ante las fosas comunes. Ahora decidió forzar el retorno al trabajo y la apertura de los colegios, para crear el clima de normalidad requerido para sostener su candidatura. No repara el costo humano de esa aventura.
Trump no logró en cuatro años la recomposición de la economía estadounidense. El resto del mundo no sostuvo esa recuperación y el rival chino continuó ascendiendo. Desplegó exhibiciones de belicismo que no compensaron su impotencia en los escenarios de conflicto. Esas limitaciones acotaron el intervencionismo en América Latina y erosionaron su capacidad interna de mando. Ahora confronta con protestas radicales que lo desafían en la calle.
Este balance de la gestión de Trump es insoslayable para evaluar lo que podría suceder si gana o pierde en noviembre. Su programa no encarna el capricho de un lunático. Expresa una de las estrategias en juego del poder capitalista, que las clases dominantes mantendrán o corregirán después de la elección.

* Véase trabajo completo en la página web del autor.
** Argentina, GT Crisis y Economía Mundial y GT Estudios sobre Estados Unidos. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: http://www.lahaine.org/katz

Estados Unidos: La crisis, la pandemia y la contienda presidencial

Jorge Hernández Martínez

Foto: Alainet

Estados Unidos vive entre crisis recurrentes, en el contexto de la crisis más amplia experimentada por el sistema capitalista, desde fines de la década de 1960 y mediados de la siguiente, cuando alcanzó su mayor expresión, abarcando a la sociedad norteamericana en todas sus dimensiones, hasta la que a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en ese país, impacta a toda la sociedad internacional y empalma con las conmociones ulteriores, derivadas de la recesión de 2007-2009, con efectos que trascienden el corto y el mediano plazo.
La lectura de varios análisis recientes, y la relectura de textos de obligada referencia en el reiterado ejercicio docente e investigativo, motivan las presentes notas. Así, queda claro que cuando se habla de la crisis, se trata de una suerte de un proceso inconcluso, cuyo movimiento, a manera de espiral, incluye, unas tras otras, nuevas crisis, que nacen dentro, o a la luz de, aquella, la que resuena en 1974-1976, habitualmente comparada con la Gran Depresión de 1929-1933. Lo que sucede hoy, según lo afirma Julio Gambina en un trabajo publicado este año en el número 42 del boletín Nuestra América XXI, Desafíos y Alternativas, de CLACSO, es que “ahora estamos en pleno despliegue de una crisis mundial del neoliberalismo, con la novedad que se discute quién hegemoniza el nuevo orden mundial”.

Estados Unidos vive entre crisis recurrentes, en el contexto de la crisis más amplia experimentada por el sistema capitalista, desde fines de la década de 1960 y mediados de la siguiente


La crisis y el ciclo, de ayer a hoy

La secuencia y las secuelas de las crisis en Estados Unidos recuerdan la consideración marxista, de que el sistema capitalista no sólo se reproduce cíclicamente con sus recesiones periódicas, sino aún más, la preeminencia de lo político sobre lo económico, según lo advirtiera Lenin en uno de sus más conocidos trabajos en los que polemizara con Trotsky y Bujarin sobre los sindicatos. En su desenvolvimiento confluyen factores subjetivos, asociados a las relaciones de poder, entre las clases dominantes y las dominadas y a la contradicción fundamental entre el capital y el trabajo.
Esta idea, junto a la planteada por Marx en la Contribución a la crítica de la economía política acerca de la crisis estructural en términos de largo plazo, es particularmente útil a la hora de definir el carácter de la crisis global norteamericana en el siglo XXI a partir de su manifestación en el período 2007-2009 y de su repercusión, en la medida en que además de haber puesto en duda los fundamentos del modelo neoliberal, mostraría la insuficiencia del mercado autorregulado como sustento del proceso de acumulación de capital en esta etapa.
Según lo señalara Jaime Ornelas en su capítulo del libro colectivo Estados Unidos más allá de la crisis, coordinado por Dídimo Castillo y Marco Gandásegui, la magnitud y profundidad de esa crisis estaría determinada por la coincidencia de una crisis cíclica estructural en un entorno globalizado, lo cual conllevaba nuevos problemas, en tanto la superación de la fase crítica del ciclo se realizaría con base en una nueva modalidad de acumulación, sustentada en una relación diferente entre Estado y mercado, para reiniciar el crecimiento de la economía real.
Desde esta perspectiva, los ciclos económicos y las etapas de crisis deben apreciarse como parte de la historia de reconfiguración del sistema capitalista.

Las elecciones de 2020 y la crisis dentro de la crisis

A mediados del año 2020, la sociedad norteamericana se encuentra en la antesala de las esperadas elecciones. En esta ocasión, la coyuntura electoral tiene lugar en medio de una crisis que aún reeditaba síntomas no curados de la antes mencionada, visibles en diferentes planos con independencia y anterioridad a la pandemia, pero que como precisara Valeria Carbone en la revista digital Huellas de Estados Unidos, de la Universidad de Buenos Aires, era profundizada por ésta. Y la crisis, coincidiendo con Josefina Morales, en un artículo aparecido en el sitio Abarlovento informa. Contra viento y marea, es integral, debiendo enfatizarse su dimensión financiera, en términos de sus implicaciones para el endeudamiento público, las empresas y hogares, la deflación con tendencia al estancamiento, como señala Arturo Guillén, y el impacto de la confrontación de Estados Unidos con China, que alcanza el ámbito monetario, todo lo cual gravita sobre la situación interna.
La nación palpita bajo los efectos de los medios de comunicación, que manipulan e incluso, crean, imágenes que llegan a ser tan importantes como la realidad misma. En ese sentido, a diferencia de otros comicios, al tema de los candidatos, el único que suele ser atendido en esas coyunturas, se añade el de la pandemia.
Trump ha navegado entre críticas y adhesiones, siendo absuelto del juicio político al que se le sometió. Los republicanos han permanecido divididos y no cuentan con una agenda compartida, aunque de cara a los comicios se proyecten con cierta coherencia, en función del interés en lograr la permanencia de su partido en la Casa Blanca. Los demócratas han aprovechado la oportunidad brindada por la pandemia y el errático manejo del presidente, aunque en rigor, no disponían de un proyecto alternativo, de recuperación nacional. Su bajo nivel de iniciativa, hasta la reciente crisis, catalizada por la pandemia, no ha satisfecho las expectativas de los que ansiaban un cambio verdadero, en condiciones tan difíciles como las que vive hoy el país, que se ha visto sacudido por la COVID-19. La figura de Biden se ha situado como una alternativa electoral cada vez más viable, y ya se ha convertido en el candidato oficial demócrata.

A ello se suman estremecimientos sociales de grandes proporciones, asociados a reacciones masivas de protesta contra hechos recientes de violencia policial y racismo […] Pero no se pierda de vista que en Estados Unidos, los procesos electorales no están concebidos ni diseñados para cambiar el sistema, sino para mantenerlo, consolidarlo y reproducirlo.

La crisis dentro de la crisis

Estados Unidos se encuentra en un nuevo momento en la crisis estructural sistémica, en la que confluye la crisis sanitaria y la concomitante recesión económica, prefigurada desde hace un tiempo, pero ya definida. Esta última es resultado de fenómenos acumulados y del efecto catalizador de la pandemia, dentro de los marcos del sistema, que una vez más muestra, como lo destaca William Robinson en un artículo publicado recientemente en La Jornada, el carácter cíclico de su crisis, que es también de legitimidad. Estados Unidos existe en el espacio, el tiempo y las crisis.
Los resultados de los comicios de 2020 no conducirán a un período que recomponga equilibrios y consensos, que redefina las relaciones entre Estado y mercado, capital y trabajo. La envergadura de los problemas augura una persistencia de las secuelas de varias crisis, contenidas unas dentro de otras: la política, la cultural y la económica estructural, cuyo desenvolvimiento cíclico parece indicar una depresión prolongada y una recuperación lenta, agravada por la crisis epidemiológica y sanitaria vinculada a la pandemia. Como lo sintetizó Arturo Guillén en el número 43 del boletín Nuestra América XXI, Desafíos y Alternativas, “la pandemia fue solamente el detonador de la crisis económica, no su causa de fondo. En realidad, el capitalismo arrastra desde hace medio siglo una tendencia al estancamiento, que se profundizó con la gran crisis de 2007-2008”. A ello se suman estremecimientos sociales de grandes proporciones, asociados a reacciones masivas de protesta contra hechos recientes de violencia policial y racismo, cuya magnitud y permanencia pueden extenderse y agravar el contexto de crisis descrito, signado también por elecciones. Pero no se pierda de vista que en Estados Unidos, los procesos electorales no están concebidos ni diseñados para cambiar el sistema, sino para mantenerlo, consolidarlo y reproducirlo.

Jorge Hernández Martínez: Cuba, GT Estudios sobre Estados Unidos, profesor del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU), Universidad de La Habana.

Tío Sam sigue contra las cuerdas

James Cypher

Imagen: https://deconstriur.wordpress.com/

Introducción

Presentamos la primera parte de un análisis sobre la crisis estructural de los EE.UU. Planteamos que hay cuatro pandemias. Discutimos ahora el brote de infecciones a partir de febrero de 2020 y lo que está detrás de la crisis del colapsó médico y la pandemia detrás de está pandemia que es la hegemonía del neoliberalismo. En la segunda expondremos, en otro número de este boletín, la pandemia del racismo sistémico y la pandemia madre que es el militarismo norteamericano. No se puede entender la implosión en el “sistema” de salud sin fijarse en las causas estructurales que han dado lugar a la dispareja calamidad actual.

Cinco meses de caída libre

En junio de 2020, EE.UU. lejos de ser un país gozando de su posición como la ´superpotencia única del mundo´, estaba prácticamente hecho trizas: la mañana del 27 los estadounidenses despertaron con la noticia de que todo lo que ha intentado esté país para combatir la gran infección fue en vano, registró el máximo de casos nuevos del Covid en un solo día, 45,498 — 24% más que el máximo anterior, en abril.

No se puede entender la implosión en el “sistema” de salud sin fijarse en las causas estructurales que han dado lugar a la dispareja calamidad actual.


Apenas cinco meses antes, en febrero de 2020, este país estaba enorgulleciéndose por la expansión económica más prolongada en su historia, con la cifra de desempleo más bajo en setenta años. No se mencionaba que era una situación en donde el ritmo de crecimiento de la economía fue anímico —el PIB por persona, a precios constantes, creció en promedio solamente 1.5 % por año entre 2010 y 2019. Aunque, en promedio las cifras son pésimas, el hecho de que dos tercios del crecimiento del PIB real entre 1984 y 2018 fue recibido por los sectores de alto ingreso es más sobresaliente.
En estos 34 años, el ingreso medio real de las familias creció 22 % mientras que el PIB real aumentó 63% (Federal Reserve Bank of St. Louis, “The puzzle of real median household income”, https://fredblog.stlouisfed). Entre 1975 y 2000, las horas trabajadas por familia aumentaron 15%, lo que explica gran parte del aumento (Jared Bernstein, 2004 “The rise in family work hours”, https://www.epi.org/ ). Entre 2000 y 2019, el obrero promedio recibió solamente un aumento real por hora de 8%, mientras que el PIB creció en términos reales 49% (EPI, “State of Working America, Wages” https://www.epi.org/; Federal Reserve Bank of St. Louis “Real GDP” https://fred.stlouisfed.org/series/GDPC1).
En sus últimos respiros, a partir de 2017, el PIB fue hinchado por políticas fiscales engañosas designadas para bajar los impuestos de las grandes corporaciones. Estas, con ingresos extraordinarios, apostaron por la especulación financiera apalancada. De esta forma fueron creándose alucinaciones de una economía avanzada. Las consecuencias nefastas de tales políticas fiscales —facilitando una concentración de la riqueza sin paralelo en la historia humana— pasaron desapercibidas. Igualmente, el aumento de la población en las cárceles, de la población sin techo, en las calles, y de los jóvenes, ahora trabajando arduamente con plazas de tiempo parcial sin posibilidades de mejoramiento, no merecieron la menor atención. De hecho, millones de familias, aunque han conseguido un empleo raquítico, no han salido del agujero adonde fueron tirados por los efectos de la caída extrema de la economía nacional entre 2008-2010 —el bache más profundo del periodo de posguerra hasta la caída estrepitosa de 2020. Mientras tanto, la bolsa llegó a su máximo histórico el 12 de febrero de este año.


El fracasado mercado privado de salud

Entre enero y febrero, los norteamericanos no hacen caso de un brote de infecciones poco usuales en China. Los ideólogos del régimen presidencial y sus aliados mediáticos, cuándo por fin tomaron nota de la situación, a principios de marzo, empezaron a insistir que el riesgo para los EE.UU. podría ser menor, dado que los acontecimientos en Europa registraban señales de una gripa transitoria. El eco de esta línea absurda entre la gente común fue cosa notable. No cabe duda que una parte importante de la población está fácilmente manipulada por unos pocos voceros, mayormente de la ultra-derecha, porque ya casi no leen. En 1984, 63.3 millones de domicilios recibieron un periódico cada día; en 2018 la circulación de estos ha caído a 28.6 millones de hogares.

No existió más que una suma de clínicas médicas y centros de salud, ahora mayoritariamente bajo el control de los fondos financieros de cobertura y las empresas de capital de inversión. Entre estas entidades no había ningún mecanismo de coordinación sino una ´falla del mercado´


Durante marzo, con la infección en plena fase de expansión, las autoridades asignadas para enfrentar las epidemias quedaron casi paralizadas. No existieron instituciones para coordinar las acciones entre los 50 estados, los departamentos de salud pública de más de tres mil condados y las agencias múltiples del gobierno federal dedicadas a la salud. Por lo menos, en cuanto a las capacidades del Estado en el renglón de salud, era un caso trascendental de un estado fallido.
La única forma de controlar los efectos de la pandemia era adoptar las medidas tomadas en Asia para aislar a las víctimas, usando un ejército de trazadores y proveer al sistema médico con las herramientas necesarias (como las pruebas masivas gratis y mandatarios). Pero, al ir más allá de las agencias del sector público para ver las del sector privado que tenían en sus manos las instituciones de la salud (como los hospitales) fue obvio que no existía ningún ´sistema médico´ sino una jungla.
No existió más que una suma de clínicas médicas y centros de salud, ahora mayoritariamente bajo el control de los fondos financieros de cobertura y las empresas de capital de inversión. Entre estas entidades no había ningún mecanismo de coordinación sino una ´falla del mercado´ por completo, dado que cada una de estas cadenas de hospitales y agrupaciones de clínicas funcionaron como islas de autonomía y poder: por un lado, ellos estaban robando a los ciudadanos vía sus seguros médicos usando todo tipo de fraude, así tomaban ventaja de un mercado de 1.2 billones de dólares en 2017; por el otro lado, podían robar al Estado con manipulaciones de facturas y precios absurdos, extrayendo beneficios extraordinarios desde los gigantescos programas de Medicare (con erogaciones de 706 mil millones de dólares en 2017), y Medicaid (con gastos de 582 mil millones de dólares en 2017).
Las compañías se adhieren a la idea neoliberal de que tienen derecho a cobrar cualquier precio que el mercado ofrezca. Por ejemplo, entre las clínicas privadas en Texas se recaudaron desde 27 a 2.315 dólares por la misma prueba de Covid (Sarah Kliff, 17 de junio de 2020, “How the Charges for a Virus Test Sotred to 2,315”, New York Times, p.A1).
Para rematar el asunto, entre febrero y junio resultó que los proveedores del equipamiento médico no pudieron manejar un incremento repentino de la demanda o, en la mayoría de los casos (ya siendo nada más intermediarios con las plantas de producción ahora ubicadas en el Sur global para aprovechar el arbitraje laboral), no pudieron conseguir los materiales necesarios. Entonces, fue una falla en las cadenas de abasto globales —una ´globalización fallida´.

La economía de oferta otra vez

Llegando a fines de junio, este país ha atravesado casi cuatro semanas de “apertura”—permitiendo el reinicio de los negocios y las fábricas, frecuentemente sin orientación normativa en cuanto al uso de mascaras y/o distanciamiento—. Fue cosa decidida por los políticos de los estados y/o de los condados sin ninguna concertación.
Meses antes, del lado del gran capital, las señales de la caída en la tasa de ganancia dominaron. Sin rumbo, el Presidente decidió consultar al despreciable Arthur Laffer (Jonathan Chait, 25 de abril de 2020 “The Fatal Calculations of the Economists Steering Our Public Health” Intlligencer https://nymag.com/intelligencer ). Poco después el Presidente adoptó una línea dura que ha seguido siendo su idea preferida: “No podemos permitir que el remedio sea peor que la enfermedad”. Un acólito de Laffer, Stephen Moore —aunque con dudosas credenciales para ser etiquetado como “economista”— ha llegado a ser un asesor informal clave del régimen en Washington. Declaró, a principios del mayo, que los impactos macroeconómicos desatados por los gigantes programas de estabilización implementados por el banco central y el gobierno federal “no dieron resultado” y que habría que hacer más recortes en los impuestos para las empresas grandes, como ha abogado Laffer desde los ochentas, bajo la charlatana teoría de la oferta (Jim Tankersley, 6 de mayo de 2020 “Trump is Eying more Tax Breaks” New York Times p. B3).
Es decir, que aquí podemos ver que la pandemia detrás de la pandemia es, otra vez, el neoliberalismo (el gato de siete vidas). Entonces, por consenso entre pocos empresarios como los hermanos multimillonarios Koch y Robert Mercer (creador del fondo de cobertura gigante Renaissance) y liderada por los ideólogos claves como Laffer, Moore y Larry Kudlow (director del Consejo Nacional de Economía) la política federal para enfrentar la pandemia a partir de abril ha sido la de ignorar totalmente los efectos de la enfermedad y forzar a los empleados a reanudar sus labores, contra viento y marea. Han intentado “normalizar” la pandemia, con cierto éxito.


Sálvese quien pueda

Pero, llegando al 26 de junio, la moneda está en el aire porque ya hay 29 estados (unos gigantes como California y Texas) en donde los casos están aumentando fuertemente. Los muertos ya alcanzaron 125,344 —fácilmente este número, el más alto del mundo, pudiera doblarse para agosto-septiembre dado el ritmo actual. Lo peor está aún por venir, según los médicos. En estas condiciones ¿sería posible priorizar los negocios y hacer como si no hubiera pasado nada?
Puede ser, porque los ciudadanos han sido condicionados a no tomar nota de los civiles caídos en las guerras interminables. Los estadounidenses han matados miles de inocentes en el globo sur (incluyendo un gran parte de los 2 millones de civiles caídos en la guerra de Vietnam) y muy pocos norteamericanos se sienten afectados. Creen que estos caídos son “muertes colaterales” —no hay otra manera de vencer —. Siempre la política norteamericana ha sido la de esconder los números reales.
Entonces, en este momento el lema es “el espectáculo debe continuar”. Entretanto, las víctimas de la pandemia han sido despersonalizadas —supuestamente son prisioneros, son ancianos pobres, son latinoamericanos o son negros —. Son, en breve, los que no “merecen” la simpatía de los grupos dominantes en el Senado y en la Cámara de Diputados ni de muchos de los gobernadores de los estados, ni la atención de los arrogantes empresarios que apenas han recibido unos billones de dólares desde el erario. Estos “marginados” despreciados son, desde hace mucho tiempo, los enemigos de la sociedad porque no quieren (según la mitología frecuentemente hegemónica difundida por la ultra-derecha) aprovechar las oportunidades que se ofertan en el “país más libre del mundo”. Desde que fue agarrado por el presidente Reagan el argumento de que los pobres no merecen ayuda sino “oportunidad”, éste ha sido una ancla de la doctrina de austeridad del neoliberalismo.
Ahora, tan “cansado” por los gastos públicos de rescate sin precedente durante la primavera —parcialmente dirigidos a la clase trabajadora— el Estado norteamericano, en todos sus niveles, está apostando por una política de hundirse o nadar. Pero ya con una sociedad hundida, una economía con fallas de encendido y una resistencia progresista en aumento (con disturbios y manifestaciones que todavía han continuado desde el 31 de mayo) las tensiones sociales no pueden ser ignoradas o mitigadas con tibias maniobras.

James Cypher, Estados Unidos, Profesor Emérito de Economía. Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), México.

¿Por Qué El Coronavirus Podría Provocar Una Supernova Capitalista?

No hay un árbol mágico de dinero: los «paquetes de rescate» tienen como objetivo rescatar un sistema podrido, y no funcionarán

Por John Smith

No hay un árbol mágico de dinero: los «paquetes de rescate» tienen como objetivo rescatar un sistema podrido, y no funcionarán

“Los rendimientos globales más bajos en 500 años de historia registrada. $ 10 billones de bonos con tasa negativa. Ésta es una supernova que explotará algún día «, tuiteó Bill Gross, el «rey de los bonos» hace cuatro años (Robin Wigglesworth y Joel Lewin, “Bill Gross advierte sobre una pila de bonos de rendimiento negativo de $10 billones de dólares”, Financial Times, junio 10, 2016).

Este día se ha acercado. El capitalismo enfrenta ahora la crisis más profunda en sus varios siglos de existencia. Ha comenzado una depresión mundial que ya está devastando las vidas de cientos de millones de trabajadores en todos los continentes. Las consecuencias para los trabajadores y personas pobres en Asia, África y América Latina serán aún más extremas que para los que viven en Europa y América del Norte, tanto con respecto a las vidas perdidas por el coronavirus como con la amenaza a su existencia para los miles de millones de personas que ya viven en extrema pobreza. El capitalismo, un sistema económico basado en el egoísmo, la codicia y la competencia violenta, revelará más claramente que nunca que es incompatible con la civilización.

El capitalismo enfrenta ahora la crisis más profunda en sus varios siglos de existencia. Ha comenzado una depresión mundial que ya está devastando las vidas de cientos de millones de trabajadores en todos los continentes.

¿Por qué la supernova -la explosión y muerte de una estrella- es una metáfora adecuada de lo que ahora podría estar a punto de desarrollarse? ¿Por qué podría el coronavirus, un organismo con un diámetro del milésimo de tamaño de un cabello humano, ser el catalizador de tal cataclismo? ¿Y qué podemos hacer los trabajadores, los jóvenes y los desposeídos del mundo para defendernos y «dar a luz un mundo nuevo de las cenizas del viejo», en palabras del himno laboral de Estados Unidos, Solidaridad para Siempre?

Para encontrar respuestas a estas preguntas, debemos entender por qué la «crisis financiera global» que comenzó en 2007 fue mucho más que una crisis financiera, y por qué las medidas extremas tomadas por los gobiernos del G7 y los bancos centrales para restaurar un mínimo de estabilidad, en particular, la «política de tasa de interés cero», descrita por un banquero de Goldman Sachs como «el crack de cocaína para los mercados financieros, ha creado las condiciones para la crisis actual (Henny Sender, 2009,»En Wall Street: un tónico que funciona demasiado bien», Financial Times, diciembre 23).

I.- Los “problemas de salud subyacentes” del capitalismo global

La primera etapa de una supernova es la implosión, análoga a la disminución a largo plazo de las tasas de interés que comenzó mucho antes del inicio de la crisis sistémica en 2007, que se aceleró desde entonces, y que cayó a un precipicio justo cuando el coronavirus comenzó su alboroto al inicio de enero de 2020.

La caída de las tasas de interés es fundamentalmente el resultado de dos factores: la caída de las tasas de ganancia y la hipertrofia del capital, es decir, su tendencia a crecer más rápido que la capacidad de los trabajadores y los agricultores para suministrarle la sangre fresca que necesita para vivir. Como dijo Marx, en El capital (vol. 1, Londres, Penguin, p. 342) «la única fuerza impulsora del capital [es] el impulso de valorizarse a sí mismo, de crear plusvalía … el capital es trabajo muerto que, como un vampiro, solo vive absorbiendo trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo absorbe.»

Estos dos factores se combinan para formar un círculo fatal de asombroso poder destructivo. Examinemos sus vínculos más importantes:

Muchas cosas enmascaran y contrarrestan la caída de la tasa de ganancia, convirtiendo a ésta en una tendencia que solo se revela en tiempos de crisis, de las que la más importante ha sido el cambio de producción de Europa, América del Norte y Japón para aprovechar las mayores tasas de explotación disponibles en países de bajos salarios.

La caída de la tasa de ganancia se manifiesta en una creciente renuencia de los capitalistas a invertir productivamente; cada vez invierten más es en marcas, propiedad intelectual y otras actividades parasitarias y no productivas (John Smith, 2017, The Global Economy-crisis or recovery?, https:// http://www.researcggate.net).

Esta huelga de inversión capitalista de larga duración se ve amplificada por el cambio global de producción -aumentando las ganancias al recortar los salarios en lugar de construir nuevas fábricas y desplegar nuevas tecnologías. Esto permite enormes márgenes de ganancia, turbo-cargando la acumulación de vastas riquezas para las cuales los capitalistas no tienen un uso productivo; de ahí la hipertrofia del capital.

Esto, a su vez, da como resultado una disminución de las tasas de interés -a medida que los capitalistas compiten entre sí para comprar activos financieros, suben su precio, y los flujos de ingresos que generan caen-; por lo tanto, caen las tasas de interés. La caída de las tasas de interés y el aumento del valor de los activos han creado lo que es, para los inversionistas capitalistas, el círculo virtuoso definitivo: pueden pedir prestadas grandes sumas para invertir en activos financieros de todo tipo, lo que infla aún más su «valor».

Por lo tanto, la caída de las tasas de interés tiene dos consecuencias fundamentales: la inflación de las burbujas de activos y la acumulación de montañas de deuda. “El efecto combinado de la política de la Fed de una tasa cero de los fondos de la Reserva Federal, flexibilización cuantitativa y compra masiva de instrumentos de deuda a largo plazo aparentemente está haciendo que el mundo sea seguro -por ahora- para la madre de todos los «carry trades» y para la madre de todas las burbujas globales de activos altamente apalancadas.”  (Nouriel Roubini, 2009, «La madre de todos los «carry trades» se enfrenta a una quiebra inevitable», Financial Times, noviembre 1, 2009).

De hecho, estas son las dos caras de la misma moneda: por cada deudor hay un acreedor; cada deuda es un activo de otra persona. Las burbujas de activos podrían desinflarse (si aumenta la productividad) o bien explotarán; el crecimiento económico podría, con el tiempo, erosionar las montañas de deuda, o de lo contrario se derrumbarán.

Desde 2008, la productividad se ha estancado en todo el mundo y el crecimiento del PIB ha sido menor que en cualquier década desde la Segunda Guerra Mundial, resultando en lo que Nouriel Roubini ha llamado «la madre de todas las burbujas de activos», mientras que la deuda agregada (la deuda total de los gobiernos, corporaciones y hogares), que ya era monumental antes del colapso financiero de 2008, ha duplicado su tamaño desde entonces.

El crecimiento de la deuda ha sido particularmente pronunciado en los países del Sur global. La deuda total de los 30 más grandes de ellos alcanzó los $ 72.5bn en 2019 -un aumento del 168% en los últimos 10 años, según datos del Banco de Pagos Internacionales. A China le corresponden $ 43bn, frente a los $ 10bn de hace una década. En resumen, mucho antes del coronavirus, el capitalismo global ya tenía «problemas de salud subyacentes»; ya estaba en cuidados intensivos.

El capitalismo global -que es más imperialista que nunca antes, ya que es más parasitario y más dependiente de los ingresos de la super-explotación en los países de bajos salarios- se dirige inexorablemente a la supernova, hacia el estallido de las burbujas de activos y al derrumbe de las montañas de deudas. Todo lo que los bancos centrales imperialistas han hecho desde 2008 ha sido diseñado para posponer el inevitable día del ajuste de cuentas. Pero ahora ha llegado ese día.

Los bonos del Tesoro de EE. UU. A 10 años se consideran el refugio más seguro y el punto de referencia final con el que se valora toda otra deuda. En épocas de gran incertidumbre, los inversores abandonan invariablemente los mercados de valores y se dirigen a los mercados de bonos más seguros, por lo que a medida que los precios de las acciones caen, los precios de los bonos -también conocidos como «valores de renta fija»- aumentan. Mientras lo hacen, el ingreso fijo que generan se traduce en una tasa de interés decreciente. Pero no sucedió eso el 9 de marzo, cuando, en medio de la caída de los mercados bursátiles, las tasas de interés de los bonos del Tesoro de EE. UU. A 10 años se dispararon. Según un operador de bonos, «estadísticamente hablando, [esto] solo debería suceder cada pocos milenios» (Tommy Stubbington y Colby Smith, 2020, “Los veteranos de la inversión intentan familiarizarse con los mercados ‘quebrados’,” Financial Times, marzo 20, 2020). Incluso en el momento más oscuro de la crisis financiera mundial, cuando Lehman Brothers (un gran banco comercial) se declaró en quiebra en septiembre de 2008, esto no sucedió.

La causa inmediata de este pequeño ataque al corazón fue la escala de destrucción de activos en otros mercados de acciones y bonos, lo que provocó que los inversores se apresuraran a convertir sus inversiones especulativas en efectivo.

Para satisfacer sus demandas, los administradores de fondos se vieron obligados a vender sus activos más fáciles de intercambiar, negando así su condición de refugio seguro, y esto obligó a los gobiernos y a los bancos centrales a tomar medidas extremas y disparar sus «grandes bazucas», es decir, los multibillonarios paquetes de rescate en dólares -incluida una promesa de imprimir dinero sin límite para garantizar el suministro de efectivo a los mercados- (The Economist, 2020, “¿Por qué se ha agigantado la fontanería financiera de Estados Unidos?”, marzo 19, 2020) .  Pero este evento también proporcionó una premonición de lo que está por venir. A final de cuentas, los billetes de dólar, tal como los certificados de bonos y las acciones, son solo pedazos de papel. A medida que miles de billones más ingresan al sistema, los eventos en marzo de 2020 acercan el día en que los inversionistas perderán la fe en el efectivo en sí -y en el poder de la economía y el Estado que la respalda. Entonces habrá llegado el momento de la supernova.

II. La negación del imperialismo por la izquierda y su creencia en el “árbol mágico de dinero”

La gama de la izquierda en los países imperialistas -el ala liderada por Jeremy Corbyn del Partido Laborista en el Reino Unido; la variada tripulación de keynesianos de izquierda como Ann Pettifor, Paul Mason, Yanis Varoufakis; los partidarios de Bernie Sanders en Estados Unidos- están unidos en dos cosas: todos reconocen, en un grado u otro, que el saqueo imperialista de colonias y neo-colonias sucedió en el pasado, pero niegan que el imperialismo continúe definiendo de alguna manera significativa las relaciones entre países ricos y pobres (John Smith, 2019, “Imperialismo detrás de una taza de café”, NA XXI, núm. 35, septiembre).  

Y esta izquierda cree en una u otra versión del «árbol mágico de dinero”, en otras palabras, ven la disminución de las tasas de interés a niveles negativos, no como una luz roja intermitente que muestra la gravedad de la crisis, es decir, no como la fase de implosión de una supernova, sino como una luz verde para pedir dinero prestado para financiar el aumento de la inversión estatal, el gasto social, un «New Deal» Verde e incluso una mayor ayuda exterior. De hecho, no hay un árbol mágico de dinero. El capitalismo no puede escapar de esta crisis, sin importar cuántos billones de dólares pidan prestados los gobiernos o impriman los bancos centrales. Los neoliberales rechazaron el pensamiento mágico, ahora lo abrazan: esto muestra el alcance de su pánico, pero no hace que el pensamiento mágico sea menos fantástico. Los trillones que gastaron después de 2007-8 compraron una década más de vida-zombi para su vil sistema. Esta vez tendrán suerte si obtienen 10 meses, o incluso 10 semanas, antes de que comience la fase de explosión de la supernova.

Coronavirus: catalizador del cataclismo

La pandemia de coronavirus ocurrió en el peor momento posible: el crecimiento en la eurozona se había reducido a cero; gran parte de América Latina y África subsahariana ya estaban en recesión; el efecto estimulante de las grandes donaciones de impuestos de Trump a las corporaciones estadounidenses se estaba desvaneciendo; la guerra comercial entre Estados Unidos y China estaba causando graves interrupciones en las cadenas de suministro y amenazaba con enredar a la Unión Europea; y decenas de millones de personas se unieron a protestas masivas en docenas de países de todo el mundo.

Las tasas de interés ahora están en niveles altamente negativos -pero no si usted es Italia y enfrenta un enorme aumento en su relación deuda/PIB, no si es una corporación endeudada que intenta refinanciar sus deudas, no si es un «mercado emergente». Desde el 9 de marzo, las tasas de interés corporativas se han disparado; de hecho, pocas corporaciones pueden pedir dinero prestado; a cualquier precio. Los inversionistas se niegan a prestarles.

Las corporaciones enfrentan ahora una crisis crediticia, ¡en medio de las tasas de interés negativas mundiales! Es por eso que el Banco Central Europea decidió pedir prestados €750 mil millones de estos mismos inversionistas, y usarlo para comprar los bonos corporativos que estos mismos inversores ahora se niegan a comprar, y por qué la Reserva Federal de los Estados Unidos está haciendo lo mismo en una escala aún mayor. El destino de Italia (y de la Unión Europea) ahora depende de la voluntad del Bundesbank de reemplazar a sus acreedores privados. Su negativa a hacer esto sería la etapa final de la agonía de la muerte de la Unión Europea.

Durante las dos semanas intermedias de marzo, los gobiernos imperialistas anunciaron planes para gastar $4.5 billones en el rescate de sus propias economías en bancarrota. Una cumbre en línea de emergencia del G20 (las naciones imperialistas del G7 más una docena de naciones «emergentes», incluidas Rusia, India, China, Brasil e Indonesia) el 26 de marzo, declaró que «estamos inyectando más de $5 billones a la economía global (Cumbre de Líderes del G20, declaración sobre el COVID-19, 26 de marzo de 2020). Estas palabras son engañosas; ¡por «global» en realidad quieren decir «doméstico»! La respuesta de la «izquierda» en los países imperialistas es aplaudir y decir, ¡tuvimos la razón todo el tiempo! ¡Hay un árbol de dinero mágico después de todo! -aparentemente sin darse cuenta de que esto es exactamente lo que sucedió después de 2008: la socialización de la deuda privada. O que, a diferencia del post-2008, esta vez no funcionará.

Sin embargo, a medida que los gobiernos imperialistas movilizan tardíamente y monopolizan los recursos médicos para enfrentar la crisis del coronavirus en sus propios países, han abandonado a los países pobres a su suerte. La izquierda en los países imperialistas (o podríamos decir la «izquierda imperialista», para abreviar) también ha ignorado el hecho de que no hay nada en estas inyecciones de efectivo de emergencia para los pobres del Sur global. Si eres un «mercado emergente», ¡vete a la mierda y únete a la cola para un rescate del FMI! Al 24 de marzo, 80 países estaban en esta cola, esperando recibir una parte de su capacidad de préstamo de $1 billón. Esto suena como mucho dinero, y de hecho lo es, pero, como Martin Wolf, corresponsal económico en jefe del Financial Times, señala, «las brechas financieras externas agregadas de los países emergentes y en desarrollo probablemente sean mucho mayores que la capacidad de préstamo del FMI» (Martin Wolf, 2020, “Esta pandemia es un desafío ético”, Financial Times, marzo 24, 2020).

Además, como sugiere Wolf, el propósito de los préstamos del FMI es ayudar con las «brechas de financiamiento externo», en otras palabras, rescatar a los acreedores imperialistas, no a los pueblos de las naciones deudoras; e invariablemente vienen con condiciones duras y humillantes que se suman a la carga aplastante que ya está presionando a los pueblos de esos países. En este sentido, son como los grandes rescates gubernamentales de capital privado en los países ricos, pero sin agregar nada para financiar los pagos de asistencia social o reemplazar parcialmente los salarios. El objetivo de estas últimas medidas es comprar la docilidad de la clase trabajadora en las naciones imperialistas, ¡pero no tienen intención de hacerlo en África, Asia y América Latina!

El 24 de marzo, las Naciones Unidas emitieron un llamamiento por $2 mil millones para combatir la pandemia de coronavirus en África, Asia y América Latina. Este dinero, que la ONU espera recaudar en los próximos nueve meses, es 1/80 del presupuesto anual del Sistema Nacional de Salud del Reino Unido (NHS), y menos de 1/2000 de los $4.5 billones que planean gastar para mantener vivas sus propias economías capitalistas. También es menos de 1/40 del dinero que los inversionistas imperialistas han sacado de los «mercados emergentes» durante las primeras tres semanas de marzo, «la mayor salida de capital jamás registrada», según la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva.

El máximo alcance del alivio de los efectos colaterales de la epidemia de coronavirus en los pueblos de los países pobres de África, Asia y América Latina fue señalado por el presidente del Banco Mundial, David Malpass, quien después de que terminó la cumbre del G20 dijo que su junta está preparando un paquete de rescate valorado en «hasta $160 mil millones» repartidos en los próximos 15 meses, una fracción minúscula de las pérdidas económicas que la próxima depresión mundial impondrá a los pueblos de los absurdamente llamados «mercados emergentes».

“Tenemos un deber revolucionario que cumplir”:

Leonardo Fernández, médico cubano en Italia

¿Entonces, qué debe hacerse? En lugar de aplaudir el rescate de las grandes corporaciones, deberíamos expropiarlas. En lugar de respaldar una moratoria temporal sobre los desalojos y la acumulación de atrasos en el alquiler, debemos confiscar bienes inmuebles para proteger a los trabajadores y las pequeñas empresas. Éstas y muchas otras luchas para afirmar nuestro derecho a la vida sobre los derechos de los capitalistas a su propiedad, son para el futuro cercano.

En este momento, la prioridad es hacer lo que sea necesario para salvar vidas y derrotar al coronavirus. Esto implica extender la solidaridad a aquellos que son más vulnerables a la pandemia (personas sin hogar, prisioneros, solicitantes de asilo que soportan «ambientes hostiles») y a los desposeídos y víctimas del imperialismo en los barrios marginales y campos de refugiados del Sur global. Raghuram Rajan, ex-gobernador del Banco de la India, señala que «a la espera de una cura o una vacuna confiable, el mundo necesita combatir el virus en todas las partes en que se presente a fin de relajar las medidas en cualquier lugar». ( Raghuram Rajan, 2020, “Los países ricos no pueden ganar la guerra contra el coronavirus solo”, Financial Times, marzo 20, 2020). The Economist está de acuerdo: «Si se deja que covid-19 asole el mundo emergente, pronto se extenderá de nuevo al rico» (The Economist, 2020, “Covid-19 podría devastar a países pobres”, The Economist, marzo 26, 2020, https://ww.economist.com). 

La pandemia de coronavirus es solo la prueba más reciente de que no necesitamos tanto Servicios Nacionales de Salud, sino un Servicio Global de Salud. El único país que está actuando según este imperativo es la Cuba revolucionaria. Ya tienen más de 28,000 médicos que brindan atención médica gratuita en 61 países pobres -más que los países del G7 combinados- y 52 en Italia, 120 más en Jamaica, y está ayudando a muchos otros países a prepararse para la pandemia. Incluso el gobierno de extrema derecha de Bolsonaro en Brasil, que el año pasado expulsó a 10,000 médicos cubanos, calificándolos de terroristas, ahora les ruega que regresen (Ben Norton, 2020, “En medio de una pandemia de coronavirus, Brasil de Bolsonaro suplica por los médicos cubanos, luego de expulsarlos” https://thegrayzone.com/2020/03/17/coronavirus-brazil-cuban-doctors-bolsonaro/.

Para vencer al coronavirus debemos emular el internacionalismo médico de Cuba. Si queremos derrotar esta pandemia, debemos unirnos con sus médicos revolucionarios y su pueblo revolucionario y debemos prepararnos para hacer lo que hizo Cuba para hacer posible este internacionalismo; en otras palabras, debemos reemplazar la dictadura del capital con el poder del pueblo trabajador.

La supernova del coronavirus convierte la revolución socialista en los países imperialistas y en todo el mundo en una necesidad, una tarea práctica urgente, una cuestión de vida o muerte si la civilización humana va a sobrevivir y si la destrucción capitalista de la naturaleza, de la cual la epidemia de coronavirus es simplemente el último síntoma, debe ser finalizada.

Los Estados Unidos en la lona


James Martín Cypher

Supuestamente, en las doctrinas cristianas, hay siete pecados “mortíferos”: el peor de ellos el pecado de la vanidad.  Nos dicen que la soberbia aparece antes de la caída.  Además, los teólogos declaran que podemos entender el engreimiento, la arrogancia, el  ensoberbecimiento, como indicadores del pecado más mortífero. Siendo así o no, es cosa notable e indiscutible en ambos  que la llamada cultura estadounidense está anclada en la vanidad nacionalista —las vastas innstituciones del aparato militar son las más elevadas en la opinión pública ciudadana.

De hecho, el militarismo, cosa omnipresentemente tangible para definir el ámbito de la política exterior de los EE.UU. está en este mismo momento, ausente —mejor dicho borrado— en la percepción de la nación entre sus súbditos.  Es decir, el propósito de la política exterior de los EE.UU. es “proyectar poder” por medio de su arsenal naval, aéreo y espacial; pero, siendo así, la ciudadanía es convencida de todo lo contrario —la “misión” de las fuerzas armadas es el mantenimiento de la paz y la “defensa” de la nación frente las fuerzas malvadas.  Ser parte del sistema que ostenta tal poder por encima de cualquier enemigo es cosa del gran orgullo que proporciona el Pentágono para los contribuyentes. Ser poblador del país que ostenta su superpotencia unipolar es el métrico común para medir a los otros 180 países de mundo y declarar —sin duda alguna— que los EE.UU. es, por mucho, el mejor país del mundo, siendo así la principal esperanza y la mejor oportunidad para todas las edades. Es decir, el espíritu del triunfalismo inmerecido es, a fin de cuentas, lo que define algo que, comúnmente, es entendido por el concepto del “carácter nacional”.

La vanidad nacionalista está tan enraizada que cualquier hecho que va a indicar lo contrario —es decir, un hecho fácilmente aceptado a lo largo del mundo— no entra en la concepción de la elite de poder y mucho menos entre la población  de los de abajo. Sin parar, los norteamericanos gritan a los cuatro vientos que son habitantes del “país más rico del mundo” mientras que no cuentan para nada los indicadores que niegan su “éxito” material —como la mortalidad de infantes (ocupando el lugar número 55 vs. Corea con el lugar número 11) o como la esperanza de vida (ocupando el lugar número 43 vs. Corea con el lugar número 11). Sin duda alguna, los EE.UU,  es el país número uno al respecto de la tasa de inequidad entre sus pares de la OCDE (Brian Keeley, 2015, Income Inequality, Paris: OECD: 34).  

El  muy extraño concepto del “excepcionalísimo norteamericano” prevalece: es “la única nación indispensable”,  como  reivindicó H. Clinton en un discurso frente a los veteranos de la Legión Americana (con dos millones de miembros) el 31 de agosto de 2016 —eco de las palabras exactas del Presidente Obama  en la Academia de la Fuerza Área (23 de mayo de 2012).  El concepto está tan enraizado en el entorno mental de sus pobladores que todo que indica que los EE.UU. estén en una fase de decadencia creciente no lo pueden aceptar. Esto exhibe el gran calado de la soberbia para cimentar el orden establecido.

¿Ahora un Nocaut?

Ahora mismo el Tío Sam, y no por primera vez,  ha caído sobre la lona. El devastador golpe de la Gran Depresión le dejaba así. Esta vez ha sido aplastado por una herida que se ha infligido él mismo. Ahora quedó postrado por una situación que ni pudiera imaginar ni resolver dadas su autoestima y su autoimagen insuperable autoconstruidas por su ideología de grandeza.

En el curso de unos cuantas semanas ha sido revelado al mundo entero que este esplendor es cosa desvencijada: su supuesto “sistema” de salud no funciona, no está ni cerca del de Corea —país que, apenas, fue uno de los más subdesarrollos. Es decir, a fines de abril de 2020 en Corea del Sur los muertos por causa del coronavirus fueron registrados como  menos que uno por cada 100,000 personas, mientras que —para la única superpotencia— la cifra fue de once. Ahora en los EE.UU. ser el número uno es mostrar más de 55,000 cadáveres y alrededor de 1,000,000 casos de enfermos (datos del 26 de abril de 2020).  A pesar de su torpeza y descuido, en  cuanto al bien público de salud, todavía —en términos relativos— EE.UU. está aún lejos del desastre italiano (con 40 por cada 100,000)  o del español (con 45), para no hablar de Francia (con 30); pero el de  EE.UU. es muy inferior al de Alemania (con 5) o China  (“Coronavirus Map,” New York Times 20 de abril de 2020, https://www.nytimes.com/interactive/2020/world/coronavirus-maps.html.)  Para colmo de males, hay 90 países que tienen menos muertos por cada cien mil personas  que los EEUU  (Joshua Cohen, “How Accurate is Trump’s Claim?”, https:// www.forbes.com, 4 de abril).  

Pero, como nos dicen en el Pentágono: “no contamos a los enemigos caídos” (ni a los civiles eliminados por ser “daños colaterales”).  Ahora bien, no hay prisa para determinar la causa de la muerte de miles y miles de ciudadanos que han  perecido en sus departamentos rancios y/o los que han mordido el polvo en sus casas descompuestas —algunos son incluidos en las cifras arriba, per la mayor parte no se incluyen porque no se hacen pruebas a los muertos.

En este caso nos enfocamos en los que diariamente viven al margen de la sociedad —los millones que permanecen en los ubicuos tráileres descompuestos en las quebradas del campo o en las sórdidas pensiones en los tugurios urbanos. Alrededor de 76 millones de personas no tienen seguro médico o tienen un seguro que no cubre gran cosa; claro, son de la clase trabajadora —una clase que no existe ni conceptualmente en un país oficialmente sin clases. Oficialmente no son, para nada, “enemigos” (por lo menos si no son gente sin papeles desde América Latina). Pero, los hechos hablan.

Los caídos son los que viven en la precariedad creciente —incluyendo los que tienen pensiones miserables gracias al programa de Ingreso Seguro Suplementario (SSI) o los ingresados en  SSDI (programa para los obreros  deshabilitados). Gran número de estos seres son ancianos y/o gente con condiciones médicas “pre-existentes” —totalmente vulnerables al virus. Pero, incluimos en esta categoría los sin techo (unos 568,000 en 2019), los desempleados y los que viven en la economía informal. Otro grupo sumamente vulnerable son los prisioneros: otra vez los EE.UU. lleva el codiciado galardón dado que es el país número uno en presos (con 2.3 millones encarcelados). Todos estos seres son vulnerables y están cayendo —pero no hay cifras confiables para medir el horror

Lo poco que podemos afirmar es que la situación es mucho peor de la que nos indican las cifras difundidas. Al mismo tiempo, la crisis es una oportunidad: en este caso los neoliberales que han luchado por décadas para destruir los sindicados industriales ya están enfocados en los asalariados del Estado —con 33% sindicalizado vs. 6% en el sector privadoA pesar del hecho de que la pandemia ha puesto a la sociedad en un proceso de caída, el Senado se negó a ayudar a los gobiernos estatales y municipales. La esperanza de la mayoría ultraderecha de la Cámara Alta es forzarlos a la quiebra.  En tal caso un solo juez derechista tendría el poder de suspender los contratos colectivos y romper lo poco que queda de la columna vertebral obrera.    

Los efectos económicos 

Es probable que el país bajo la batuta del Tío Sam sea el país número uno, entre sus pares, en la ruina total. En Europa hay muchos programas ya establecidos y unos nuevos para proteger a los desempleados por la pandemia. Pero en los EE.UU., desde hace mucho, el afán de las elites del poder —incluyendo el gobierno neoliberal del Presidente Obama— ha estado enfocada como un láser a las tácticas designadas para destruir a la clase trabajadora organizada. (James Martín Cypher, 2012, “Las burbujas del siglo XXI ¿El fin del sueño americano,” Estados Unidos más allá de la Crisis, México, CLACSO-Siglo XXI: 316-338). Con esto y con el hecho de que las políticas neoliberales en Europa nunca han llegado a las forzadas por la rabia derechista estadunidense, hay que reconocer que en 2020  queda muy poco  del Nuevo Trato del Presidente Roosevelt.  

Todavía, sin embargo, aún existe el programa social más central: Medicare (Seguro Social) cuenta con más de 69 millones de participantes. Hay otros como: (1) el programa limitado y corto para unos desempleados; (2) el programa para mantener al sector de agribusiness, conocido como SNAP, cuyo proposito es facilitar la compra de comestibles para los más pobres; este programa beneficia a 40.6 millones; (3) el programa para familias muy pobres con niños, que se llama TANF, es recibido por alrededor de 1% de la población; y (4) el programa de póliza médica pública, conocido como Medicaid que da apoyo a 70.6 millones.

Entonces, podemos decir —palabras más, palabras menos— que alrededor de una tercera parte de la población estaba recibiendo un apoyo (o más) desde el Estado, siempre a regañadientes, en enero de 2020. A veces, unos receptores de los programas limitados a los más afligidos son empleados de unas de las empresas más grandes del mundo —como Walmart.  Es decir, en ciertas ocasiones los programas de préstamos públicos han sido usados para complementar a los salarios, abultando así la tasa de ganancia,  mientras que las empresas pueden pagar migajas a sus miles y miles de trabajadores. 

Llegando a algunos de los peores días de la pandemia, por forma, se venían gestando nuevos subsidios para los fondos de cobertura, los bancos transnacionales y una gama amplia de agiotistas a lo largo del país. Es decir, una repetición de los programas de rescate que fueron usados por el Presidente Obama en la crisis de 2008-2010, ahora gastando $2.75 billones (a fines de abril 2020) vs. $700 mil millones en inyecciones en la crisis anterior. 

Pero, por encima de los billones tirados a los que menos lo necesitan, se ha registrado un giro sorpresivo: el dedicado neoliberal Presidente Trump con su equipo de fanáticos en el Senado, han emprendido políticas fiscales de ayuda directa para la clase trabajadora —sobre todo, hay un pago de $1,200 a la mayoría de los adultos  y quinientos dólares para los niños (dejando en alto y en seco a los alumnos de las universidades). Es realmente muy poco pero, por el lado de la política, es buena táctica frente a la elección presidencial. Pero no solo eso: por primera vez en condiciones de crisis económica se han extendido las políticas de desempleo —ahora con condiciones flexibles hasta que algunos en la economía informal pudieran recibir un estipendio semanal hasta el 31 de julio de 2020.  Los de la economía formal pueden recibir su póliza de desempleo por 26 semanas más un pago extraordinario de $600 dólares semanales hasta fines de julio, gracias al programa novedoso creado por el gobierno federal.  A veces los obreros afectados (más de 26.5 millones en la calles hasta fines de abril) pueden recibir un apoyo total por encima de su salario normal —cosa inconcebible y odiado entre los senadores derechistas.

Los efectos neoliberales han estado tan presentes que los 50 estados ya no puedan procesar los pedidos inesperados de los que tienen derecho a estos fondos: los responsables para difundir los fondos públicos del desempleo son los Estados. Después de un mes del anuncio del programa “Apoyo Pandémico de Desempleo” en el Estado de Florida, por ejemplo, no han procesado más de 14% de los pedidos de los 850,000 obreros calificados para el programa (P. Mazzei y S. Tavernise, “Where Unemployment is Hard to File” New York Times, April 24, 2020: A10). 

El Presidente Trump, presentándose  cómo un “amigo” de  la clase trabajadora, ha intentado  blindarse con estas políticas baratas de apoyo popular.  Si no fuera poco, aún los afectados pueden renegociar o demorar su renta o hipoteca porque los Republicanos han presionado a los dueños y bancos de aceptar tal trato.

Es un mundo, entonces, en donde todas las cosas parecen estar invertidas. Pero, en el mismo momento, no lo es: de la plata emitida desde Washington en marzo y abril de 2020, parece que casi 80% se destina a los acaudalados. Es decir, de los $2.75 billones en apoyos federales directos solamente $552 mil millones son dirigidos a los obreros: en paralelo, los préstamos del Banco Central son estimados en $2.8 billones (cantidad que puede hincharse fácilmente hasta $4.8 billones).  Debemos recordar que las grandes empresas nacionales —después del crac de 2008 hasta 2020— dedicaron 90% de sus ganancias acumuladas  (en total $7.8 billones) para recompras de acciones y repartos de dividendos  (en vez de invertir en maquinaria y entrenamiento de obreros  y/o en I+D).  Ahora tenderán la mano al Tío Sam. Llegando a 2021, después de la elección, ¿quién va a pagar por los platos rotos?  No se requiere mucha imaginación para contestar.

* Estados Unidos, Profesor Emérito de Economía. Centro de Estudios del Desarrollo, Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), México.