ELECCIONES PRESIDENCIALES EN CHILE 20201: ENTRE EL PASADO DE PINOCHET Y LOS CAMBIOS DEMOCRÁTICOS

                                                                                               Paula Vidal Molina* 

Los resultados de las elecciones presidenciales y parlamentarias en Chile, del domingo 21 de Noviembre, presentan un escenario muy dramático para las posibilidades de transformación que se abrieron el 18 de octubre de 2019, a partir del “estallido” social. Como es sabido, pasaron a segunda vuelta Gabriel Boric y José Antonio Kast, para definir el 19 de diciembre quien alcanza la presidencia de Chile. Al observar los datos de la elección vemos que la posición del candidato de la extrema derecha conservadora, José Antonio Kast, no solo superó a la de las fuerzas progresistas por el cambio que expresa Gabriel Boric, sino que también lo hizo con Sichel, su contrincante de la derecha liberal. Por otro lado, los datos muestran que desapareció el centro político o las fuerzas que administraron los gobiernos desde 1990 hasta 2014 de la mano de la coalición de la Democracia Cristiana, el Partido por la Democracia y el Partido Socialista, que representaba en esta elección Yasna Provoste. Lo cual marca un nuevo ciclo histórico.

Ahora bien, otros dos datos son relevantes: a) la alta abstención, que es parte de la tendencia desde el 2012, en que dejaron de ser obligatorias las votaciones en las elecciones; las cifras no llegan al 50% de la población que puede votar, lo cual da cuenta de que para más de la mitad del padrón electoral, el mecanismo de las elecciones no le son significativas, cuestión que no se entregan razones / se toma en cuenta en los estudios existentes; y b) dentro de los que sí votaron, llama la atención la alta votación del candidato Franco Parisi (quien no estuvo en Chile durante la campaña y tampoco pudo sufragar) con la tercera mayoría y que con un discurso anti-establischment y el uso de redes sociales pudo sumar un importante electorado. Este candidato, rápidamente después de obtenidos los resultados, comenzó a dar gestos a favor de la candidatura de Kast.

Un resumen de los porcentajes que alcanzaron los candidatos se observa en el siguiente cuadro:

CandidatosPadrón 2021:  15.030.963 Votantes 2021: 7.115.590 (47,34%)
José Antonio Kast  (Partido Republicano)  27,91% con 1.961.122 sufragios
Gabriel Boric (Convergencia Social – Apruebo Dignidad)25,83 % con 1.814.809 sufragios
Franco Parisi (Partido de la Gente)  12,80 % con 899.403 sufragios
Sebastián Sichel (Independiente – Chile Vamos)  12,79 % con 898.510 sufragios
Yasna Provoste (Democracia Cristiana – Nuevo Pacto Social)11,61% con 815.558 sufragios
Marco Enríquez-Ominami (Partido Progresista)  7,61% con 534.485 sufragios
Eduardo Artés (Unión Patriótica)  1,47 % con 103.181sufragios

Teniendo esto en consideración, el escenario es muy dramático, no solo porque se posiciona con fuerza una ultra-derecha que hasta ahora no había tenido gran presencia en los gobiernos de Piñera y en el parlamento. Una derecha que reposiciona el legado e imagen de Pinochet, el orden y las fuerzas armadas, plantea profundizar el neoliberalismo, por ejemplo, abriéndose a la privatización de Codelco, la empresa del cobre del Estado, bajar impuestos a los empresarios, flexibilizar aún más el trabajo y subir la edad de jubilación. Al mismo tiempo, es absolutamente conservadora pues no solo niega el derecho al aborto de las mujeres, pone la imagen de Dios y los valores de la familia tradicional y las mujeres casadas en el centro, excluyendo a diversos tipos de familias que existen en el país, sino que también pretende abolir el ministerio de la mujer y género y el Instituto de derechos humanos, entre muchos otros retrocesos civilizatorios.  Esta candidatura enfrenta a la sociedad chilena a elegir entre dos proyectos: 1.- mantener y profundizar el neoliberalismo heredado de Pinochet versus los cambios necesarios para realizar la democracia planteada por Boric, 2.- rechazar el cambio constitucional versus la mayoría de la ciudadanía que votó por Aprobar el cambio constitucional y 3.- mantener los privilegios de los super ricos y poderosos versus mejorar las condiciones de vida de los de abajo. 

Ahora bien, el escenario igualmente se torna muy complejo para las fuerzas del cambio representada por Boric, porque los resultados de las elecciones parlamentarias en ambas cámaras no son alentadores, debido a que la derecha alcanzó casi el 50% de los cupos. En el caso en que gane Boric el 19 de diciembre, el parlamento podrá obstaculizar los procesos de cambio que puede traer el programa, en un contexto económico de crisis y pandemia aún. Pero no solo eso, porque en lo que tiene que ver con el proceso constituyente, frente a una nueva Constitución, este Congreso podría buscar mecanismos para atenuar, obstaculizar o retrasar los cambios.

Mas allá de ello, hoy el desafío es ganar la presidencia, y para ello, Boric y los sectores de las izquierdas progresistas deben salir a las calles, explicar y politizar a los sectores que no votaron y a quienes indecisos no votaron por él. No pueden contentarse con el número de votantes –insuficientes– de los partidos representados por Yasna Provoste, Meo y Artés.

Sin embargo, el mayor desafío es volver a vincularse con la clase trabajadora, sus demandas sin hipotecar los pilares de un programa que apunta a sentar bases que permitan salir de la lógica neoliberal. En este momento, se están organizando comandos en todo Chile para defender lo que hemos conquistado y que costó la vida y ojos de muchxs chilenxs, la consigna es: evitar un desastre mayor con Kast y la ultra derecha en el gobierno y ganar con Boric, algunos de los cambios que se levantaron con la rebelión del pueblo el 18 de octubre de 2019.


* Chile, GT Crisis y economía mundial, Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Chile.

Chile: elecciones y una nueva Constitución

Chile y las constituyentes en América Latina | Fundación Libertad y  Desarrollo
Fuente: https://www.fundacionlibertad.com/articulo/chile-y-las-constituyentes-en-america-latina

Paula Vidal Molina*

El 18 de octubre de 2019 es un hito histórico que nadie lo esperaba, las calles se llenaron de colores y pancartas con diversidad de demandas que en términos generales daban cuenta de una necesidad profunda del pueblo por realizar los principios de justicia, igualdad social y dignidad, lo cual exigía el cambio de la constitución de Pinochet. Producto de esa presión popular y de trabajadoras/es en las calles (no podemos dejar de mencionar que las consecuencias de la movilización social dejaron torturados, muertos, mutilados y presos políticos que hoy siguen sin reparación ni justicia), el plebiscito y la última elección del 15 y16 de mayo de 2021, muestran que la derecha ha sufrido un gran golpe, del cual es incierto que pueda volver a recuperarse en el corto plazo.

Elecciones y necesidad de cambiar el orden neoliberal en Chile

El 18 de octubre de 2019 nadie imaginó que marcaría un antes y un después en la historia político-social chilena, millones de personas en las calles clamaron por dignidad y justicia social, clamor que fue conducido por la casta política y de espaldas al pueblo -después de la firma del 25 de noviembre de 2019- por la vía electoral para aprobar o no el cambio de la constitución (mediante plebiscito del 25 octubre de 2020) y posteriormente, la elección de convencionales que redactarán la nueva constitución, a la que se sumó la elección de gobernadores, alcaldes y concejales (15 y 16 de mayo de 2021).

El consenso de las clases dominantes respecto del acuerdo fue un mecanismo de control porque:1) anuló la alternativa de cambiar la constitución a través del mecanismo de la asamblea constituyente, como expresión de la soberanía y autodeterminación del pueblo; 2) fijó el marco para la aprobación de sus mociones con un quorum supramayoriatrio de 2/3 de sus integrantes y 3) incorporó la cláusula de que hay materias que no deberán ser tocadas como los tratados internacionales (30 firmados por Chile).

Las votaciones fueron postergadas debido a las erráticas y fracasadas medidas impulsadas por el Gobierno de Sebastián Piñera para controlar las consecuencias económico-sociales y de salud de la población en pandemia, por lo que se generó una incertidumbre acerca de los resultados y la legitimidad de las votaciones, una vez realizadas las elecciones. Sin embargo, los resultados del plebiscito fueron claros: terminar con la Constitución de Pinochet. No solo el histórico nivel de participación de la población bajo el sistema de votación voluntaria, 50.7% (7.569.082); el padrón electoral nacional es de 14.900.190, sino también por la mayoritaria aprobación que tuvo -78,28%- cambiar la Constitución de Pinochet, lo demuestran.

Las elecciones del 15 y 16 de mayo -donde además de convencionales, se eligieron gobernadores, alcaldes y concejales- mostraron tres grandes fenómenos: a) una baja en el nivel de participación respecto del plebiscito (tendencia que se observa desde 2012); b) un desplome de los sectores de la derecha y el centro político, y c) una votación que se corre hacia la izquierda con victorias de municipios emblemáticos de la derecha junto a una entrada a la convención constitucional de representantes que no militan en los partidos tradicionales de la izquierda, pero que surgen de la revuelta o rebelión del 18 de octubre de 2019.

Respecto de la baja en el nivel de participación al compararse con los datos del plebiscito, los datos muestran que solo votó el 43,41%, (https://www.servelelecciones.cl/) del electorado, es decir, 6.468.750 de personas y un equivalente al 38,3% de los votos válidamente (5.711.254), para elegir los convencionales. Por lo tanto, la abstención alcanzó casi un 57% y la baja respecto de la elección del plebiscito fue en más de un 10% para los convencionales. Las razones que pueden explicar dicho nivel de abstención, no se han estudiado, algunos sectores de izquierda señalan que se debe a que se fue gestando una decepción del proceso en los sectores populares que no se sienten llamados por las formas tradicionales de representación (ejemplo de ello es el análisis de Rafael Agacino en https://www.youtube.com/watch?v=i7ZRFfhGERM ); una hipótesis importante de tener en consideración para los análisis futuros acerca de la movilización social.

Por otro lado, las elecciones de los convencionales dieron cuenta que la derecha es la más golpeada porque no alcanzó a manejar el tercio que esperaba, ya que, del total de los 155 elegidos, la lista Vamos por Chile (de la derecha) obtuvo 37 cupos. Un segundo golpe lo recibió la lista del Apruebo (alianza de la centro-izquierda de la ex concertación), donde la Democracia Cristiana obtuvo solo 2 cupos y el Partido Por la Democracia (PPD) 3 cupos. A diferencia de 77 cupos que provienen del pacto –del Frente Amplio y el Partido Comunista (con 28), de la Lista del Pueblo (27 cupos, principalmente activistas y dirigentes sociales), de listas locales (con 7) y de pueblos originarios (con15).

Otra consecuencia de las elecciones, son las votaciones que recibieron alcaldes y concejales. Si bien, en términos absolutos, la derecha a nivel nacional se mantuvo como primera fuerza en las elecciones de alcaldes, fue el gran perdedor en términos relativos porque la UDI tuvo una baja de 21 municipios y Renovación Nacional de 15 menos alcaldías que las obtenidas el 2016 (Emol.com, https://www.emol.com, 2021/05/17). El gran golpe que tuvieron fue haber perdido la Municipalidad de Santiago, la más importante del país, a manos de una joven economista, feminista y militante del Partido Comunista. En este sentido, sectores de la izquierda como el Partido Comunista y el Frente Amplio mostraron una tendencia al aumento en alcaldías y concejales a nivel nacional, aunque los grandes ganadores fueron los candidatos independientes, lo cual da cuenta de la crisis de los partidos políticos como ámbitos de representación de la ciudadanía.

Se abrirán las grandes Alamedas…

Aún con los problemas de abstención, los resultados de las elecciones, especialmente las vinculadas a los convencionales, abren un escenario impensado y favorable para las demandas del pueblo respecto de cambiar el marco normativo-jurídico que sostiene el neoliberalismo chileno. Reconocer estas condiciones favorables en la correlación de fuerzas a favor de las demandas y necesidades del pueblo y la clase trabajadora es fundamental, pero sería un error creer que estos cambios están garantizados –como señala Goicovic (2021)- solo por contar con una mayor cantidad de convencionales. No se debe desconocer que la derecha política y económica ligada a la antigua oligarquía y a la alta burguesía vinculada al sistema financiero y la gran industria nacional e internacional, no está dispuesta a perder sus privilegios, por ello no debe extrañarnos que, en este contexto de lucha de clases, intente permanentemente impulsar procesos de restauración. Sin embargo, no les será fácil porque las elecciones presidenciales de noviembre próximo van a ser disputadas por la izquierda antineoliberal que elegirá su candidato único en las elecciones primarias de julio, entre el Partido Comunista con Daniel Jadue y el Frente Amplio con Gabriel Boric.

En síntesis, el desafío es enorme para la elaboración de una nueva constitución con un claro sello popular, plurinacional, antipatriarcal, democrática y de protección de la naturaleza, por ello, la presión desde la calle y la movilización social organizada deberá extenderse desde la elaboración hasta la ratificación de la nueva constitución, para evitar que este proceso constitucional avance hacia un modelo neoliberal legitimado por una nueva constitución construida por un acuerdo nacional.

Sabemos que la lucha por concretar la dignidad, la justicia social y la igualdad exige ir más allá del capitalismo y su lógica y ese proceso implica una permanente discusión sobre la crisis estructural del capitalismo, pero sobre todo imaginar y construir las salidas que necesitamos con urgencia como sociedad.

*Chile, GT Crisis y Economía Mundial, docente de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile.

Mujeres, pandemia y ollas comunes en Chile: hasta que la dignidad se haga costumbre

Paula Vidal Molina*

Fuente: Memoriachilena

El neoliberalismo chileno durante el 2019 y 2020 mostró sus contradicciones de modo dramático. La crisis político-social y económica que vive el país —desencadenada a partir de octubre de 2019— se profundizó y las consecuencias en lo económico y social, se expresaron claramente en los altos niveles de desempleo, de pobreza y hambre que impactó —hasta hoy— a la sociedad en su conjunto. Las cifras son elocuentes, incluso para el banco central, quien señaló que la tasa de desempleo superó los dos dígitos desde mayo a diciembre de 2020, alcanzando el punto más alto —de 13.1%- en el mes de julio (Banco Central, 2021, Base de datos estadísticos, https://si3.bcentral.cl/bdemovil/BDE/Series/MOV_SC_ML3). Por su lado, la pobreza también superó los dos dígitos (Cepal, 2020. El desafío social en tiempos del covid-19. Eclac, Mayo, https://www.cepal.or.es), lo que se suma a más del 1.600.000 de trabajadores informales y por cuenta propia que perdieron o redujeron sus niveles de ingresos (Reyes, Sebastián, 2020, “Estudio revela que hay 600 mil trabajadores del comercio despedidos o suspendidos debido a la pandemia”, https://www.eldesconcierto,2020/09/09).

frente a las erráticas e incapaces medidas del gobierno de Piñera, el pueblo buscó las formas de enfrentar el hambre y la pobreza, a través de la autorganización y solidaridad como parte de la memoria popular chilena, de la mano de las mujeres como protagonistas


En este contexto, frente a las erráticas e incapaces medidas del gobierno de Piñera, el pueblo buscó las formas de enfrentar el hambre y la pobreza, a través de la autorganización y solidaridad como parte de la memoria popular chilena, de la mano de las mujeres como protagonistas. Es así que en mayo de 2020, en una comuna periférica del gran Santiago, resurgieron las experiencias de las “Ollas comunes”, las cuales fueron importantes espacios de subsistencia y resistencia en períodos difíciles vividos por el pueblo, la dictadura cívico militar, pero las Ollas también son herederas de una larga tradición de iniciativas organizadas por la clase trabajadora y pobladores, para enfrentar las consecuencia de las huelgas o las tomas de terrenos realizadas durante el siglo XX.
A continuación, brevemente, queremos dar cuenta no solo de algunas características de las Ollas Comunes, sino también de cómo se constituyen en experiencias donde la memoria, el protagonismo de las mujeres, la solidaridad y autogestión, confluyen para dignificar las condiciones de existencia y acciones del pueblo.

Las Ollas Comunes en la dictadura cívico militar

En 1981, plena dictadura y crisis económica, las ollas comunes comenzaron su auge, fueron caracterizadas como una organización popular que surge en un territorio, cuyo objetivo de subsistencia, descansa en trabajo humano y recursos aportados colectivamente (Hardy, Clarisa, 1985. Hambre + Dignidad=Ollas Comunes. PET. Santiago. Chile). Es una organización poblacional en la que se agrupan familias con lazos de vecindad, o problemas comunes en busca de la subsistencia desde el lugar donde se habita. En otro sentido, la olla común también permite la organización del trabajo, donde cada integrante cumple una función operativa y especializada para lograr los objetivos de la organización, donde claramente las mujeres tuvieron un protagonismo y altísimo nivel de participación.
Durante la dictadura, las ollas fueron apoyadas materialmente por la iglesia católica, pero también los y las integrantes de ellas, fueron capaces de generar sus propios recursos a través de aportes económicos de las familias y actividades económicas grupales. Las asambleas, se constituyeron en el mecanismo de aprendizaje democrático, en tanto “escuela de convivencia y valores grupales, de participación y toma de decisiones, de control, evaluación y crítica” (Hardy, op. cit., p. 138), de solidaridad y reciprocidad.
Las asambleas eran la instancia de reunión e intercambio de las y los integrantes del barrio, donde se conversaba y reflexionaba, lo cual aportaba en la configuración de una identidad colectiva de la olla, a partir de la toma de conciencia de las condiciones materiales y emocionales comunes que vivían los integrantes de las familias y los problemas que atravesaba el país. La vida cotidiana y sus restricciones –como el hambre– en la esfera de lo “privado” se respondía desde lo colectivo y lo público, proyectando también la reflexión y necesidad del cambio social, desde el ámbito local al nacional.

Mujeres, Pandemia y Ollas Comunes

La situación de las mujeres en Latinoamérica ha empeorado con los efectos de la crisis y la pandemia. La Cepal señala que ha habido un retroceso de 10 años en la inserción laboral de las mujeres, ya que durante el 2020, la tasa de participación laboral de las mujeres se situó en 46% y la de los hombres en 69%, y la tasa de desocupación de las mujeres llegó al 22,2%. (Cepal 2021. La autonomía económica de las mujeres en la recuperación sostenible y con igualdad, https://www.cepal.org.).
La salida de mujeres de la fuerza laboral se debió no solo al impacto de la crisis en los sectores económicos donde más se concentran las mujeres, sino también a que muchas de ellas debieron atender las demandas de cuidados en sus hogares. La tendencia en Chile no es distinta, las mujeres además, han sostenido los cuidados en los hogares, y buscado y organizado las alternativas colectivas para enfrentar el hambre de sus familias y vecinos, desde la solidaridad y la autogestión, durante el 2020. Este año se han registrado el funcionamiento solo en la Región Metropolitana, de 1.336 ollas comunes, las cuales se han focalizado principalmente en las comunas periféricas y populares, pero también en las de ingresos medios, sin embargo, estas se han extendido a varias ciudades y regiones en todo el país, donde se suman a la cifra anterior, más de 80 de estas iniciativas colectivas (Vértice Urbano, 2020. Mapa Interactivo de Ollas Comunes e Iniciativas de Cooperación. https://www.verticechile.org/proyectos).

las ollas comunes en pandemia expresan varias ideas y experiencias a contrapelo del Chile neoliberal


Las actuales formas de financiamiento de las ollas, han sido a partir de donaciones de privados (desapareciendo la fuerza que tuvo la Iglesia católica durante la dictadura), además de aportes económicos de las propias familias que participan, de los vecinos y trabajos de los voluntarios. Una diferencia importante respecto del período de la dictadura, producto de la pandemia, es que la asamblea y las reuniones como mecanismos de conversación y reflexión político-colectiva, se han debido restringir, por lo que la dimensión política, de concientización y la crítica social, la conformación de la identidad colectiva y la reconfiguración del tejido social se puede ver afectado en el mediano plazo.
No obstante, podemos decir que las ollas comunes en pandemia expresan varias ideas y experiencias a contrapelo del Chile neoliberal. En primer lugar, esta respuesta colectiva da cuenta de la existencia, la revitalización y la visibilización de las organizaciones de base y de las redes vecinales, de la existencia de los huertos urbanos y las redes de autogestión y cooperativismo.
Asimismo, se expresa la puesta en común del conocimiento local de habitantes antiguos y la (re)construcción de la memoria popular. Por otro lado, el trabajo de las mujeres en las ollas es leído en clave de protagonismo, participación, incidencia política y autodeterminación de ellas en la esfera pública. Además, se expresa la importancia de la subsistencia entendida no desde el gesto de la caridad y bajo una lógica paternalista, sino como un derecho de todas y todes les ciudadanes donde las mujeres, el pueblo y les trabajadores organizades, promueven y fortalecen las iniciativas que dignifican al propio pueblo.
En definitiva, las mujeres organizadas colectiva y comunitariamente, una vez más en la historia de Chile, han sido capaces de enfrentar las crisis y mostrar la urgencia de luchar por avanzar hacia una sociedad anticapitalista, antipatriarcal, antirracista y profundamente igualitaria y democrática.

* Chile, GT Crisis y Economía Mundial, Profesora Asociada, Depto. de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

Crisis capitalista y pandemia: Algunas notas sobre Chile

exactamente 7 meses después del estallido social) surgieron protestas en comunas populares en Santiago, que mostraban las contradicciones profundas que cruzan nuestra sociedad

Paula Vidal Molina

Al momento de escribir estas líneas, finales de mayo, las muertes asociadas al Covid-19 en Chile alcanzaban más de 760 personas de un total de casi 74.000 contagiados y seguramente, cuando el lector esté leyendo este comentario, habrán subido significativamente estas cifras, tanto en Chile como en otros países, con casos dramáticos en países como Brasil, EE.UU. y otros de Latinoamérica. En este contexto, el 18 de mayo (exactamente 7 meses después del estallido social) surgieron protestas en comunas populares en Santiago, que mostraban las contradicciones profundas que cruzan nuestra sociedad, y que no se resolverán con canastas de alimentos, más médicos, bonos ni endeudamiento.
¿Qué está detrás de estas muertes y las protestas en el Chile del siglo XXI? La idea que me interesa plantear aquí es que estamos inmersos en la crisis estructural del capital o lo que otros han llamado una crisis civilizatoria; y que en el caso Chileno, confluyen también la crisis sanitaria, la económico-social y la político-institucional. Pero ¿Cómo entender las crisis?.
Enrique Dussel habla de la crisis del proyecto de la Modernidad, como fundamento de la crisis mundial de hoy, porque la racionalidad moderna se apoya no solo en la idea de la «centralidad» europea, esto es económica, social y cultural, sino también en su racionalidad o irracionalidad, violencia y dominación en su relación con el mundo colonial y la naturaleza, ambas serían características fundamentales de la modernidad concebida desde una perspectiva no eurocéntrica.

la crisis estructural del sistema capitalista posee como contradicción básica el que no puede separar el Avance de la Destrucción, el progreso del Desperdicio, la muerte por sobre la Vida, la destrucción por sobre la creación, como tendencia del sistema de metabolismo del Capital


István Mészáros, dirá que a diferencia de la crisis coyuntural del sistema capitalista (que se desenvuelve y soluciona relativamente con éxito dentro de la estructura establecida, incluso siendo de una severidad importante como la crisis del 29), la crisis estructural, que estalló desde los años 70 después de la expansión en la postguerra, se define por afectar la propia estructura en su totalidad.
Esto significa poner atención en la crisis del sistema del capital en su integralidad y sus rasgos son: 1.- posee un carácter universal en vez de restringirse a una esfera particular (como por ejemplo financiera o comercial, o un rubro particular de la producción), 2.- alcanza un objetivo global, en vez de orientarse en uno o algunos países, 3.- su escala de tiempo es continua y el modo de desenvolvimiento es reptante, en contraste con las erupciones y colapsos espectaculares y dramáticos del pasado como la crisis del 29. Nos dirá Mészáros, que la crisis estructural afecta a la totalidad del complejo social y en las relaciones entre sus partes constituyentes. Al estar todo el sistema en juego, aun bajo una aparente normalidad, sin embargo, es capaz de sustentarse solo de un modo destructivo o autodestructivo. Por ello, la crisis estructural del sistema capitalista posee como contradicción básica el que no puede separar el Avance de la Destrucción, el progreso del Desperdicio, la muerte por sobre la Vida, la destrucción por sobre la creación, como tendencia del sistema de metabolismo del Capital, que en ningún caso es emancipatorio.

En el caso chileno, la crisis sanitaria confluye también con una crisis económico-social y político institucional


Esto se expresa -por ejemplo- en las políticas militares y represivas, de austeridad y de pobreza, también en las políticas que promueven la devastación ecológica donde la gravedad del cambio climático, la extinción de especies, la deforestación, la destrucción de la capa de ozono, o la contaminación socio ambiental a escala planetaria, solo se comprende por la economía capitalista que está detrás de ella. Otro ámbito en que se expresa es en el desempleo estructural.
Este y otros aspectos de la crisis estructural están vigentes debido a que -hasta antes de Enero del 2020- algunos indicadores a nivel global, daban cuenta de que la tendencia de la concentración de la riqueza se mantenía pues, según OXFAM, el 82% de la riqueza mundial generada el 2017 fue a parar a manos del 1% más rico de la población mundial. La OIT planteaba que la tasa de desempleo casi no descendió entre el 2017 y 2018, ubicándose en un 5,5, estando más de 192 millones de personas en esta situación, y de aquellos que poseían trabajo, 1.400 millones, es decir un 42%, se encontraba en un empleo vulnerable y precariedad. La pobreza laboral también es generalizada, lo que implica que el consumo per cápita de los hogares de más de 300 millones de trabajadores de países emergentes y en desarrollo es inferior a 1,9 dólares al día. En todo caso, el fenómeno empeora cuando se analiza el impacto en el grupo de mujeres, jóvenes y adultos mayores.
Las consecuencias de la crisis de la pandemia están estrechamente relacionadas con las relaciones sociales capitalistas y la implantación de las políticas neoliberales. En ese sentido, la pandemia, en particular, pone de relieve las desigualdades, opresiones, explotaciones, marginaciones de cada sociedad, pero sobretodo, el fracaso del neoliberalismo porque la agudización y prolongación de la emergencia sanitaria está relacionada con las políticas de austeridad neoliberal que han destruido los sistemas públicos de salud que se derivan del desmantelamiento del Estado respecto a garantizar condiciones de vida para toda la población, pero sí un Estado robusto para traspasar sumas enormes a la elite empresarial para evitar la parálisis en los circuitos económicos.
En el caso chileno, la crisis sanitaria confluye también con una crisis económico-social y político institucional, esta última se pone al descubierto a partir del estallido social del 18 de octubre del 2019 que toma rasgos de una rebelión popular producto del malestar de la población acumulado durante décadas. La incapacidad del sistema político para procesar y conducir el descontento a través de la institucionalidad, tuvo como consecuencias la violación de los derechos humanos, por parte del Estado, que dejó a miles de heridos, decenas de muertos, mutilados y presos políticos, al recurrir a la estrategia de la guerra interna y la criminalización de la protesta social.
En un intento desesperado por darle salida institucional a la crisis, la clase política, no solo creó una agenda social, sino que llamó a un acuerdo por la paz y la nueva Constitución del que ya sabemos su deriva al día de hoy. La crisis político institucional se conjugó con la crisis económico social, que ya mostraba signos claros de desaceleración desde el 2013 en adelante no volviendo a alcanzar niveles de crecimiento del 5% anterior, y que desde la rebelión de octubre empeoró mostrando un escaso crecimiento del 1,2%, también mayor inflación, aumento del desempleo y empleo informal, del endeudamiento de las familias populares y aumento de la pobreza, gestándose un panorama económico social sumamente complejo.
Se mantuvo el descontento popular, la organización popular y la presión diaria en la calle desde octubre pasado hasta la llegada de la crisis sanitaria derivada del Covid-19, la cual dio una oportunidad única para que el gobierno rápidamente aplicara medidas de shock, con las fuerzas armadas, a través del miedo, la represión en las calles y confinamiento de la población, lo que permitió desmovilizar la presión social del 18 octubre y también aprobar decretos y medidas para enfrentar la crisis económica, con acciones que favorecen los intereses del capital y las empresas, en vez de a la clase trabajadora.
Ejemplo son las políticas con un enfoque individual, focalizado, de mínimo vital y que transmite el costo a las y los trabajadores, como es el Bono Covid (destinado al 60% de la población más pobre) de 70 dólares aproximadamente; la ley de protección del empleo que permite a las empresas suspender las relaciones laborales sin haber despidos de los trabajadores con contrato, mientras continúan pagando una parte de las imposiciones y los trabajadores acceden al fondo de cesantía, por lo tanto, las empresas externalizan el costo de la crisis hacia los trabajadores y el ahorro que estos tienen para tiempos de cesantía.
Asimismo, las medidas orientadas a nivel de las empresas, también van en desmedro de los y las trabajadores y un ejemplo de ello es la ley de teletrabajo que puede intensificar el trabajo, pues se ha demostrado que se suele extender las horas totales y en el caso chileno, se puede ampliar tácitamente la jornada legal, sin reconocer las horas extraordinarias. Con todo, las consecuencias que se derivan de esta crisis es que se instalan las tendencias que ya estaban en curso como son el aumento del desempleo, del empleo informal y de las formas de trabajo remoto y plataformización del trabajo, con un reforzamiento de las modalidades de explotación del trabajo precario en los sectores profesionales y no profesionales –como son los trabajadores delivery– y que impactará en el aumento de trabajadores precarizados y la desigualdad.
En este escenario de crisis económica, sanitaria y político institucional vemos el fracaso del neoliberalismo y la crisis estructural del capital. Por ello, Chile se enfrenta a una coyuntura histórica que desde el 18 de octubre de 2019 permitió abrir un camino que lleve hacia otro proyecto societario, en el sentido que siente las bases y afirme la Vida por sobre el capital, el colonialismo y el patriarcado, es decir, con un sentido postneoliberal y postcapitalista. Creo que este fue el sueño –hace 50 años– de Salvador Allende cuando llegó al gobierno en 1970 de la mano del pueblo y un Programa de justicia e igualdad social.

Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.